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Cómo el estado de enamoramiento transforma la realidad que percibimos

AlterCultura

Por: pijamasurf - 01/15/2018

El amor convierte en oro a su objeto de deseo, y luego el desamor hace mierda lo que fue oro. Pero la cosa en sí -lo que es oro y luego mierda- no tiene una realidad intrínseca

Mucho se ha dicho que el amor es como una droga y bajo sus efectos percibimos una realidad distinta, acaso más brillante y acogedora. Químicamente, el amor romántico ha sido comparado en diversos estudios con la cocaína o un poderoso analgésico; el amor nos da energía y hace que no nos molesten cosas que en otro estado sí lo harían.

Otro efecto, que ha sido notado por numerosos filósofos y artistas a lo largo del tiempo, es que el amor transfigura a la persona amada y hace de ella una especie de deidad, haciendo que la veamos como superior a lo que realmente es. Como notó Proust en su Recherche..., la otra persona no es realmente responsable de nuestro amor, nuestro amor está en nuestra imaginación y en la proyección que hace nuestra mente de esa persona, dotándola de una cierta aura. O como dijera Borges, en el amor creamos una religión cuyo dios es falible: el amado o amada es una divinidad endeble, puesto que depende de que la sigamos alimentando y divinizando con nuestro deseo e imaginación.

Spinoza notó esto mismo cuando dijo: "No nos esforzamos por algo, ni lo anhelamos, ni lo queremos, ni lo deseamos porque lo juzgamos bueno; por el contrario, lo juzgamos bueno porque nos esforzamos por ello, porque lo anhelamos, porque lo queremos, porque lo deseamos". Es decir, no deseamos a alguien porque es atractivo, sino que creemos que es atractivo porque lo deseamos. El deseo opera una suerte de alquimia en nosotros; el enamoramiento o la infatuación transfiguran el rostro y las cualidades de la persona que es su objeto. El amor hace que el sapo se convierta en un príncipe.

El psicólogo James Hillman nota que lo opuesto ocurre cuando el amor se vuelve una traición o una decepción. Ocurre un proceso de alquimia inversa en la que el oro que el amor había hecho del objeto del deseo, ahora se vuelve mierda: 

Una confesión, un poema, una carta de amor, una fantasía, una invención... que sostenían los valores más profundos... en el momento de la traición, estas delicadas y sensibles perlas o semillas se convierten en meros granos de polvo, en basura. La carta de amor se convierte en tonterías sentimentales y el poema... el sueño, la ambición, todo se ve reducido a algo ridículo, digno de la burla, explicado en el lenguaje de arrabal como mierda, puras estupideces. El proceso alquímico es revertido: el oro se torna en heces.

Ahora bien, lo anterior podría hacernos pensar que el amor es una ilusión, un engaño. Ciertamente puede serlo, especialmente cuando se deposita toda esperanza, toda posible felicidad en una única persona, como si ésta fuera una especie de mesías o redentor del alma. Pero por otro lado, como señala Platón en El banquete, el amor hacia un individuo puede ser la escalera hacia el amor a todas las personas, un paso de lo individual a lo universal, hacia el arquetipo mismo, donde uno ya no interactúa con la belleza de alguien o el amor hacia algo sino con la belleza universal, uno es el amor que brilla en todos los amores. El amor hacia un individuo es una religión falible, puesto que ese individuo está sujeto al cambio, a la muerte, a la disolución -y así entonces, nuestro amor-. Pero el amor a la totalidad, el amor en sí mismo, sin necesidad de un objeto único, es una religión infalible, cuyo dios está en todas partes. 

Por otra parte, también se puede argumentar que en sí misma la percepción es una alucinación, pues no percibimos las cosas en sí mismas sino una interpretación de las mismas que es filtrada por nuestra memoria, creencias, prejuicios y demás. En cierta forma, sólo percibimos lo que ya somos. Así entonces, el amor es la mejor de las alucinaciones posibles. Y si sólo percibimos lo que ya somos, si vemos amor en el mundo es porque de alguna manera somos ese amor que vemos. Y un amor que nace de nosotros mismos tiende a ser más duradero que un amor que depende de un objeto externo. Así entonces, si encontramos un amor en nosotros que luego vemos en el mundo, quizás estamos acercándonos a la posibilidad de encontrar un amor que no cambia, que no está sujeto a la muerte y demás. Un amor así sería real en tanto que no depende de los demás y por lo tanto no es meramente relativo, si bien es el vínculo que nos relaciona con todo.

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Tenemos más acceso a información, pero nos estamos volviendo más distraídos, lo cual anula completamente sus beneficios

Tim Wu es profesor de leyes de la Universidad de Columbia, pero su especialidad son las telecomunicaciones. Wu acuñó el término “net neutrality” y se ha convertido en uno de los más lúcidos analistas de los efectos que tiene la tecnología en nuestra sociedad.

En su reciente libro The Attention Merchants, Wu traza la historia de la industria de la atención, es decir, de las empresas y negocios que se dedican a captar la atención humana para vender anuncios o, más recientemente, para extraer datos. Esto tiene sus orígenes por lo menos en la década de 1830 en las publicaciones sensacionalistas de ciertos diarios y alcanza su maduración, por supuesto, en Internet y la economía de la atención.

Wu se basa en la observación del Premio Nobel de Economía, Herbert Simon:

En un mundo rico en información, la riqueza de información significa carencia de otras cosas: una escasez de aquello que esa información consume. Lo que la información consume es un tanto obvio: consume la atención de sus receptores. De aquí que la información crea una pobreza de atención que necesita ubicar esa atención eficientemente entre la sobreabundancia de fuentes de información que pueden consumirla.

Esto recuerda lo que ha dicho Alan Wallace, maestro de meditación budista, de que un diagnóstico general de la sociedad moderna muestra que todos tenemos déficit de atención, esta es la consecuencia de la hiperestimulación a la que estamos sujetos. Nunca antes había habido tantos estímulos.

Merece reflexionarse —y quizás no sin preocupación— en torno a esta idea de que existe una relación bidireccional entre la información (especialmente cuando es presentada en estímulos agresivos) y la atención, siendo ambos recursos finitos. La información demanda nuestra atención y cuando somos cautos y no se la damos, desarrolla técnicas sutiles y burdas para pescarnos. Hasta hace poco se creía popularmente que más información siempre era equivalente a un beneficio —hoy cada vez es más claro que la información debe saberse filtrar y desechar para liberar espacio—. Para poder movernos con dominio en esta pecera digital debemos aprende a cultivar y controlar nuestra atención, lo cual significa, en parte, renunciar al exceso de información.