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¿Cuál es el secreto del orgasmo femenino, esa ave fulgurante que a veces se oculta cuando las condiciones de calidez emocional no abren el jardín?

El orgasmo femenino es uno de los temas más analizados, compartidos, añorados y a la vez descuidados por nuestra cultura. Mientras que el orgasmo masculino suele ser algo mucho más conspicuo y común —dentro de una construcción sexual colectiva que por siglos fue determinada por el placer masculino—, el orgasmo femenino por momentos parece hermético y elusivo (lo es incluso en su fisiología al no exteriorizarse de manera patente). En los años recientes, con la proliferación de la sexualidad como parte importante del cultura del bienestar, han surgido numerosos estudios que intentan entender por qué algunas mujeres tienen problemas para obtener orgasmos —especialmente a través de la penetración vaginal— y qué es lo que las hace conseguirlos.

Una investigación encabezada por el Dr. Justin Lehmiller de la Universidad de Harvard con más de 13 mil mujeres heterosexuales universitarias reveló que sólo 32 % de las mujeres tienen un orgasmo en la primera relación, mientras que el porcentaje va ascendiendo según el número de veces que se ha tenido sexo, tal que cuando se han tenido 6 o más veces relaciones sexuales el porcentaje de orgasmos sube a 51%. Paralelamente las probabilidades de tener un orgasmo aumentan cuando la mujer tiene interés de tener una relación estable con su pareja sexual. Otros factores que incrementan la posibilidad de un orgasmo vaginal son: la estimulación genital durante el coito (más con sus propias manos que con las manos de él), el sexo anal y haber recibido sexo oral antes (en ese orden).

 

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Por supuesto, evidentemente existen otros factores que pueden influir en la consecución del orgasmo en una mujer. Por ejemplo, algunos estudios sugieren que las mujeres suelen tener mayores orgasmos con hombres de rostros simétricos —la simetría facial suele ser un indicador de un sistema inmune más apto, por lo que podría tener una función evolutiva que las mujeres tuvieran más orgasmos con hombres más sanos y por ende los buscarán más para ser padres de sus hijos.  Asimismo resulta lógico que la forma, el desempeño, la experiencia y en general el ars amatoria (incluso hasta la misma compatibilidad anatómica) de la pareja influyen en el placer femenino —pero quizás  el factor cualitativo del performance pueda también vincularse con el nivel de intimidad proporcionado por la repetición del coito. Es decir, parejas que han tenido sexo más de una vez se van encontrando, van conociendo sus secretos, sus zonas erógenas particulares, van entrando en un ritmo, van generando empatía por el otro y la transferencia ocurre con mayor frecuencia: el éxtasis como construcción progresiva. La repetición, la práctica en la mujer se potencia cuando ella cree que las cosas se encaminan a una relación relativamente seria, emocionalmente profunda  y sincera; esto a su vez podría ser parte de una programación evolutiva, ya que sería útil en este sentido que las mujeres tuvieran orgasmos con aquellas personas que de alguna manera envían señales de que podrían embarazarlas y convertirse en padres.

En el caso del hombre,  podría o no ocurrir el caso de que la reiteración del acto sexual con la misma pareja le fuera proporcionando un mayor índice de placer: por una parte existe la fantasía difundida de que una vez que se tiene sexo con una mujer se pierde el misterio (la misma fantasía pierde su fuerza), por otro lado las sutilezas del acto amoroso y los matices de los cuerpos entrelazándose podrían proveer para un hombre sensible una región igualmente misteriosa aunque transparente y casi infinita de placer.

De cualquier forma queda claro que al menos para la mujer su capacidad de goce sexual está relacionada con la intimidad emocional que pueda tejer: la unidad y la compenetración no es sólo física, añade una dimensión (llena de miel de oxitocina). Lo fundamental de toda relación íntima, la misma juntura de la conexión, es la comunicación: a mayor capacidad de comunicación, mayor intensidad de intimidad. En este sentido podemos concluir que lo más importante para que una mujer tenga orgasmos no es sólo que haya tenido sexo antes con una persona, ni siquiera que esa persona parezca querer tener una relación formal o duradera con ella, sino que esa persona establezca una comunicación abierta que permita a la mujer relajarse y ahondar en el placer con confianza.

Como señala David J. Ley en Psychology Today: "La mayoría del porno transmite la fantasía de que un sexo estremecedor puede ocurrir sin comunicación". Como si se pudiera llegar ahí nada más a colocar los genitales en posición, en el trance del cuerpo sin palabras, y experimentar el éxtasis más profundo. El sexo parece ser indisociable de todo un proceso, de una continuidad de comunicación y empatía, de compartir y conocer —y sin estos factores es difícil que entregue su fruto de paraíso prometido.

 

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La meditación y el psicoanálisis son disciplinas que, a pesar de las diferencias diametrales en su origen, se abocan a un mismo asunto: la mente y sus derivaciones, de ahí que también sea posible pensarlas como ejercicios que, parecidos entre sí, se complementan en algunos aspectos.

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Es posible que ciertos textos únicamente puedan escribirse desde la experiencia. Por ejemplo, uno que trate de meditación y psicoanálisis. Hasta cierto punto tanto de meditación como de psicoanálisis es posible “hablar sin saber”, hablar desde la teoría, desde los libros que se leen y las palabras que se escuchan, desde las experiencias de otros (o, mejor, desde los relatos de esas experiencias), pero sólo hasta cierto punto. Llega un momento en que tanto la meditación como el psicoanálisis exigen la praxis para poder hablar sobre ellos, para poder nombrar o bordear con el lenguaje compartido eso que sucede durante la meditación o al interior del consultorio.

La caracterización parece misteriosa, lo cual no es gratuito ni casual: en ambos casos el sujeto que describe se enfrenta al reto de poner en palabras una experiencia que en cierto modo ocurre fuera de éstas, en esa frontera donde la significación existe aún, pero reducida al mínimo en su relación con el significado, sostenida apenas en un punto tangencial que sin embargo es importantísimo, pues es ahí donde se funda la enseñanza en el caso de la meditación y el vínculo analista-analizado en el caso del psicoanálisis. Sin ese contacto, aventuro, el sujeto caería en el encierro de la locura, preso para siempre en el delirio del yo. Eso que sucede durante la meditación o el análisis tiene sentido para el sujeto, pero en cierta forma sólo como hecho en sí, como un hallazgo que se consuma en sí mismo porque se inscribe en su curso vital, en aquello que es en ese momento y que por ello mismo se ancla casi naturalmente en su definición subjetiva. ¿Cómo nombrar eso que en primera instancia parece tener sentido sólo para mí?

Si se pregunta a alguien que medita o que acude a terapia qué pasa cuando medita o cuando acude a terapia, lo más probable es que dicha persona titubee al responder o que responda con generalidades o trivialidades, con metáforas en el mejor de los casos. Y aun si ofreciera una bitácora pormenorizada del hecho, de poco nos serviría: serían los pensamientos del sujeto, su flujo de conciencia (a la manera de Joyce, Woolf o Faulkner), descifrable únicamente para él, banal para los demás. ¿Qué pasa por la mente de quien medita o de quien se encuentra en terapia? Lo mismo que por la de todos, neuróticos e histéricos, sólo que singularizado. No la Añoranza, sino el dolor quedo que se siente al recordar a alguien que quisimos pero que se fue de nuestra vida y cuya memoria incide aún en ciertos actos, en ciertas circunstancias. Y eso con nombre y rostro, fecha y lugar, con la sombra de ciertos árboles proyectándose todavía en nuestra mente.

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Pienso que es un asunto de observación, de los varios planos desde donde algo puede mirarse y la manera en que ese algo cambia dependiendo del lugar donde se encuentre el observador. En Ciudad Gótica o Metrópolis, por ejemplo, una de las premisas elementales es que nadie sabe quiénes son Batman o Superman, pero el lector del cómic o el espectador de la película o la caricatura conoce su identidad desde un principio. En meditación o psicoanálisis pasa que el sujeto es simultáneamente habitante de Ciudad Gótica y lector del cómic, personaje y narrador que se cuenta una historia que está viviendo en ese mismo momento. Si en el transcurso descubre que Bruce Wayne es Batman, no importa, porque ya lo sabía. Es más: todos sabemos que Bruce Wayne es Batman. Quizá ese sujeto estaba viviendo demasiado como habitante de Ciudad Gótica, enfrascado en una sola línea narrativa tanto como para dejar de ver lo obvio.

Aunque parezca un contrasentido, los problemas en realidad son simples. Los motivos por los que una persona se inicia en la meditación o acude con el psicoanalista son elementales: tristeza, duelo, soledad, sufrimiento. El  propósito: conocerme mejor para entender qué está pasando conmigo. En el budismo se dice que no hay que hacer cosas que nos dañen a nosotros mismos o dañen a otros, y la meditación es una forma de frenar ese impulso destructivo, de abrazarlo para entenderlo y atestiguar cómo se marchita solo. El psicoanálisis es otro camino, quizá más accidentado, que el sujeto tiene que abrir y desbrozar a punta de machete. En ambos casos, para re-conocerse y detener la “rueda del sufrimiento”, el sufrimiento que padecemos y el que causamos a otros, el sufrimiento inútil que nos mantiene en la rotación absurda en torno a lo mismo.

Los problemas son simples, las complicaciones son nuestras. Somos nosotros quienes apilamos presunciones y malentendidos, falacias, ilusiones, preguntas que temimos hacer y respuestas que preferimos callar. Es el sujeto quien opta por la mentira, el fingimiento, la máscara de quien pretende ser sólo para complacer a otros. Es el sujeto quien por justificaciones enrevesadas deja de escuchar y atender a su deseo, quien lo posterga a cambio de expectativas desmesuradas e irreales en las que por distintas razones cree encontrar mayor satisfacción. Quien cede y renuncia. La meditación y el psicoanálisis coinciden en el trabajo de desandar ese camino, desenredar la madeja para liberarla de los nudos que le impiden correr sencillamente.

En meditación es común escuchar la metáfora de la montaña y las nubes: la montaña está ahí y las nubes pasan cerca, pero no la perturban, no pueden perturbarla, porque la montaña no puede irse con las nubes. Así también quien medita: su atención está puesta en la respiración, que todo lo renueva, pero la mente es inquieta e incansable y hace surgir pensamientos, y quien medita no puede dejar de notarlos, pero también tiene que dejarlos pasar, permitir que continúen su curso, no a través de la contención o del autodominio, de dedicar un esfuerzo suplementario para ignorar las nubes, sino del reconocimiento sereno: esto es lo que soy, esto es lo que pienso.

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El método del psicoanálisis, me parece, es un tanto opuesto: un pensamiento surge por un motivo específico, en el mejor de los casos inconsciente, y si fue capaz de perturbar al analizado, entonces se presenta como una especie de rastro, un hilo suelto en la madeja que, si el sujeto así lo considera, es posible seguir, saber por qué pensó eso en ese momento, qué relación guarda con el relato que hacía. Entonces es mejor no ignorar ese pensamiento, no dejarlo pasar. Es preciso tomar esa nube de tan inquietante aspecto para intentar saber por qué tiene esa forma.

Vías distintas que convergen en un estado parecido: ambas inician al sujeto en la observación constante de sí. La práctica de la meditación y la terapia se suman a la visión de mundo, un componente del ser y el estar que modifica la relación con la realidad. Curiosamente, ambas provocan que el sujeto tenga una mejor conciencia de su presente. Sólo aquí, sólo ahora, sólo esto. Quien medita de pronto puede descubrirse saboreando su desayuno como si fuera el primero que probara en su vida ―porque, en efecto, es el primero: “la creación del mundo sucede todos los días”, escribió Proust. Quien acude al consultorio del psicoanalista se da cuenta de que la historia de un amor malogrado es eso, una historia de su pasado, un fragmento de sí, pero no el guión que se escenificará una y otra vez con todas sus relaciones amorosas, no con esa relación que ahora vive.

Es curioso porque, comparado con la meditación, el psicoanálisis es una disciplina más bien nueva. Los budistas (y antes, los hindúes) llegaron hace siglos a conclusiones similares que Freud y Lacan, y acaso de manera más asequible: que el reconocimiento de sí es el fundamento del conocimiento y la vida en el mundo.

Twitter del autor: @juanpablocahz