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Esta animación refleja el lugar que la muerte tiene en nuestra vida (VIDEO)

Filosofía

Por: pijamasurf - 07/27/2018

El artista visual Justin Leduc ha realizado una representación precisa de cómo la muerte "acompaña" la existencia, a cada instante

Como todo ser vivo, el ser humano teme naturalmente a la muerte. No puede ser de otra manera; toda la historia de eso que llamamos vida es una secuencia constante de afirmación, perseverancia y lucha, siempre en contra de un solo enemigo: la muerte, la desaparición, el inevitable regreso a la nada.

Sin embargo, la diferencia del ser humano está en su conciencia. Borges dice en alguna de sus páginas que salvo el ser humano, todos los animales son inmortales, pues ninguno sabe que va a morir. Nosotros, en ese sentido, somos mortales, a veces dolorosamente mortales. O lúcidamente mortales, pues la conciencia también es una ventaja. 

Fue Platón quien afirmó que la filosofía es una preparación para la muerte, lo cual fue una manera de decir que cuando el ser humano se dio cuenta de que el momento de su muerte llegaría (“neto, puntual, exacto”, como dice Gorostiza en Muerte sin fin), aunque quizá de inicio sufrió y se resistió, eventualmente entendió que lo mejor que podía hacer era tomar conciencia de ese hecho, comprenderlo, entender por fin que la muerte es parte de la vida.

El video que compartimos a continuación es una representación elocuente e ingeniosa de la presencia constante que la muerte tiene en la existencia. Nuestro miedo atávico nos inclina a no mirarla, a creer que no está ahí, pero lo cierto es que no hay momento de nuestra vida en que no esté al acecho. La animación corrió a cargo de Justin Leduc.

¿Y qué ganancia puede tener tomar conciencia de la muerte? ¿De qué sirve, se dirán algunos, enfrentar algo que inspira temor y que nos evoca ideas de dolor y sufrimiento? Estas preguntan son hasta cierto punto justificadas y sus respuestas no son ni muy obvias ni muy sencillas de ofrecer sintéticamente, pero quien piense así quizá podría reflexionar sobre algunos puntos muy específicos:

En el budismo, por ejemplo, se enseña que cuando aceptamos que la muerte es parte de la vida, justamente sufrimos menos o, mejor dicho, enfrentamos de otra manera las pérdidas que inevitablemente ocurren. Cuántas personas no hay que cuando terminan una relación, cuando muere alguno de sus padres, quizá incluso cuando pierden una mascota, dicha muerte, real o simbólica, los devasta, parece que acaba con sus vidas. ¿Sería así si se hubieran tomado el tiempo de comprender el significado de la muerte?

Otra situación: observando el efecto inconsciente que la angustia frente a la muerte desencadena en el ser humano (particularmente en los años en los que, por un lado, no comprendemos aún la vida y, por el otro, dependemos de alguien más para nuestra sobrevivencia), Sigmund Freud se dio cuenta de cómo la pulsión de muerte impide al ser humano “pasar a otra cosa” en su existencia o, dicho de otra manera, lo mantiene en la repetición de ciertos patrones que aprendió para eludir dicha angustia por la muerte. 

En este sentido, la oralidad es uno de los ejemplos más fáciles de comprobar personalmente. En los primeros años de vida, el bebé llora porque siente hambre pero también porque siente que morirá si no come, si alguien más no lo alimenta. En el hambre y el llanto está la angustia por la muerte, y en el alimento que recibe se encuentra aquello que por un momento mantuvo a raya dicha angustia y a la muerte misma. 

Ese patrón se instala en lo profundo de nuestro comportamiento y se queda ahí, operando inconscientemente. Con los años, aunque racionalmente sabemos que no vamos a morir en el instante mismo en que sentimos hambre, aunque podemos postergar el momento de la comida sin mayores consecuencias, la relación entre la oralidad y la angustia permanece y, si no la hemos hecho consciente, se repite. 

De ahí que muchas personas coman por “ansiedad”, o fumen en situaciones en que se sienten especialmente tensas. Las adicciones suelen estar relacionadas con la oralidad, porque el elemento de la adicción le permite al sujeto sostenerse en su angustia.

¿Qué pasaría, sin embargo, si esa persona que come, fuma, bebe o pasa horas y horas frente a una pantalla mirando series o en las redes sociales, tomara conciencia de ese efecto que la angustia frente a la muerte tuvo en su formación subjetiva? ¿Quizá se daría cuenta de que es posible ir más allá, pasar a otra cosa, emplear de mejor manera su tiempo y su vida?

Como vemos, el tema no es trivial. De hecho, justo lo contrario: la meditación sobre la muerte es potencialmente decisiva para la existencia humana.

 

También en Pijama Surf: La vida nos parecerá breve si no hacemos lo que realmente deseamos (sobre un fragmento de Séneca)

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Filosofía

Por: pijamasurf - 07/27/2018

Una poderosa idea que atraviesa la metafísica occidental y que es expresada sobre todo por Hegel, Whitehead y Jung

La idea de que el universo es la forma dinámica en la que Dios o el espíritu universal se realiza a sí mismo, toma conciencia absoluta o integra y sintetiza en sí todas las partes es una de las ideas filosóficas más poderosas en la historia de la filosofía occidental, particularmente en la modernidad. Si bien podemos encontrar ciertas similitudes en el pensamiento oriental, en muchos casos se asume que Dios tiene previamente conciencia absoluta y si bien el universo puede pensarse como un medio empleado por Dios para experimentarse a sí mismo en toda su diversidad y gloria -como su pasatiempo, su lila-, se cree que durante todo este proceso Dios ya tiene completa realización, omnisciencia, libertad, independencia, etc. En otras palabras, precisamente porque es un juego no se está jugando nada (nada cambia realmente), y el destino no es distinto al origen. La idea de que el universo es algo así como la evolución de la divinidad o su proceso de autoconciencia es especialmente atractiva para la mente moderna occidental, ya que mezcla de alguna manera lo religioso con lo científico y mantiene la centralidad del hombre y de la realidad. En el hinduismo, el universo puede considerarse real en tanto que es el pasatiempo de una deidad que está completamente libre de los estragos de la existencia; pero a fin de cuentas, la existencia humana y la realidad del mundo creado son relativas y no afectan en ninguna medida a la deidad. Se nos presenta la idea de que el universo es algo así como un sueño lúcido divino, donde la deidad sabe que está soñando y controla sus sueños. O, por otra parte, en el vedanta, simplemente se dice que la existencia humana, que se percibe a sí misma como separada y real en sí misma, es una ilusión. El mundo esta bajo el hechizo de Maya; lo único que existe es una conciencia absoluta eterna e inmutable (Brahman). Sin embargo, en las religiones hindúes, cuando el ser humano se conoce a sí mismo, ello es igual a Dios conociéndose a sí mismo. Algo en lo que coinciden pensadores occidentales como Hegel, Whitehead y Jung.

A diferencia de la noción cristiana de que el mundo es creado por Dios por la sobreabundancia de su benevolencia -por su amor efervescente-, Hegel considera que el mundo es creado por Dios para tomar conciencia de sí a través de él. La mente de Dios sólo se actualiza a través de sus criaturas, sólo encuentra su perfección y su sentido en su obra. Dios necesita de un opuesto, el mundo (la naturaleza), para realizar su síntesis: el Espíritu Absoluto. Esta idea, sin embargo, no es completamente original, si bien encuentra su planteamiento más definido y claro en Hegel. Aunque no se usa el término inconsciente como tal, éste fue anticipado por Schelling y los poetas románticos alemanes y antes por la teología mística de Böhme y de Eckhart e incluso antes por Pseudo Dionisio, pensadores místicos que hablaron de Dios como algo que probablemente hoy llamaríamos inconsciente. La experiencia mística fue descrita como un des-conocimiento, como una oscuridad brillante, como algo más allá de la dualidad sujeto-objeto. El estado de la divinidad no podía ser como nuestra conciencia, la cual es equiparada desde siempre con la luz, y por lo tanto debía de ser una oscuridad, una tiniebla, algo insondable, algo paradójico, algo inconsciente. Dios no podía ser consciente de algo (de un objeto), pues esto implica un otro -algo que no es Dios-, no podía conocer de la misma manera que el hombre y, por lo tanto, debía de ser inconsciente. 

Whitehead y la teología procesal desarrollarían ya en el siglo XX la idea de la interdependencia entre Dios y el mundo utilizando un lenguaje más cercano a la ciencia -esta idea del universo como proceso interdependiente la encontramos en el budismo en la noción de la originación dependiente y en el concepto de vacuidad (shunyata), aunque Dios es reemplazado por el Buda (una diferencia que no podemos explicar en este ensayo, sólo diremos que en el budismo el universo no tiene creador, es un infinito despliegue de la mente)-. El maestro zen Hakuin escribió en un famoso poema: "De la misma manera que sin agua no hay hielo, sin los seres no hay Buda". Aunque en el budismo mahayana la budeidad es el estado original de los seres, ésta necesita de los seres para actualizarse. La budeidad existe desde siempre y para siempre, pero esta esencia necesita de la existencia para poder hacer(se) buda(s). Por su parte, Whitehead concibe a Dios como el fondo (ground) del universo y como inconsciente: el universo es el proceso de su toma de conciencia, de su aprehensión de todos  los objetos (de su sentirse en todo). En la filosofía de Whitehead, Dios tiene un apetito de sentir y esto lo hace manifestar el mundo y volcarse en él para experimentarse a sí mismo. No tienen una relación pasiva e inmutable: Dios es modificado por el mundo y las criaturas temporales alcanzan su deseo en Dios, que se hace consciente en ellos: "Dios es completado por el individuo, en fluidas satisfacciones de hechos finitos, y las ocasiones temporales son completadas por la unión eterna con sus seres transformados, purgados hacia la conformidad con el orden eterno que es la 'sabiduría' absoluta final". 

Desde su propia perspectiva psicológica basada en el estudio de casos y, en última instancia, desde su propia experiencia personal, Jung expresa ideas similares. En su autobiografía, en la que confiesa haber vivido una vida llena de experiencia místicas a través de las cuales se le reveló estar cumpliendo la voluntad divina, escribe:

Las necesarias contradicciones internas en la imagen de un Dios creador pueden reconciliarse en la unidad y totalidad de la persona como coniunctio oppositorum de los alquimistas o como unio mystica. En la experiencia de la persona ya no se prescinde, como antes, de la oposición "Dios y Hombre", sino que la oposición se sitúa ya en la misma imagen de Dios. Tal es el sentido del "culto divino", es decir, del culto que el hombre puede prestar a Dios para que la luz surja de las tinieblas, para que el Creador se haga consciente de su creación y el hombre de sí mismo.

Este es el máximo testamento del pensamiento de Jung y la culminación de esta idea que hemos trazado aquí, de la función divina del hombre, de realizar lo que Whitehead llama la "apoteosis del mundo", la cual ocurre cuando "la Creación alcanza la reconciliación del flujo y la permanencia". Jung habla de la coniunctio oppositorum de los alquimistas, que en su caso es la unión de opuestos como lo masculino y lo femenino, la luz y la oscuridad, la conciencia y la inconciencia, etc. Prosigue Jung:

El hombre, en virtud de su espíritu reflexivo, se ha destacado del mundo de los animales y demuestra, por medio de su espíritu, que la naturaleza ha puesto en él un elevado premio, y precisamente a la evolución de la conciencia. A través de ella se adueña de la naturaleza, al reconocer la presencia del mundo y confirmar en cierto modo al Creador. De este modo el mundo se convierte en fenómeno, pues sin reflexión consciente no lo sería. Si el Creador fuera consciente de sí mismo, no necesitaría ninguna criatura consciente...

La visión de Jung coloca al ser humano, como vanguardia de la conciencia, con la máxima responsabilidad de llevar la Creación a su fruición, de encender "una luz en las tinieblas" del ser. Algo que, por otro lado, no está dado en el solo hecho de que seamos conscientes, en esa "segunda cosmogonía", sino que requiere de que seamos completamente conscientes del inconsciente. Es decir, que nos conozcamos enteramente a nosotros mismos y dejemos que irrumpa la profundidad en la luz. Esto, aclara Jung, es una hipótesis, ya que el inconsciente mismo es, por definición, inconsciente, y por lo tanto, no podemos realmente definirlo y decir cuál es su naturaleza última. De cualquier manera la idea es fascinante, apela a lo más magnánimo del ser humano y se establece en oposición a esa otra poderosa idea de la metafísica india, la cual nos dice que el universo es una ilusión, que no existe la separación, que no existen nuestras vidas individuales, que la perfección, la dicha y la conciencia absoluta son las condiciones eternas de la divinidad inmutable. Y algún día despertaremos de esta penosa ilusión; es más, ya hemos despertado, la dicha radiante del infinito es la única realidad. Es sólo cuestión de reconocerlo.