*

X
Como hecho histórico y como representación artística, la muerte de Sócrates es una gran lección filosófica de cara a la vida

Sin duda, uno de los episodios más conocidos de la historia de la filosofía es la muerte de Sócrates. En general, la filosofía occidental está llena de anécdotas y sucesos en los que suele combinarse la vida corriente de los filósofos con su manera de entender el mundo, como mostrando que la reflexión filosófica auténtica siempre está en relación con la existencia.

En el caso de la muerte de Sócrates, sin embargo, el suceso va más allá de la mera anécdota, pues en buena medida fue por sí mismo una última lección que el maestro dio no sólo a sus alumnos de entonces, sino incluso a las generaciones venideras, tanto que hoy mismo seguimos comentándola y aprendiendo de ella.

Grosso modo, la muerte de Sócrates puede contarse de esta manera: acusado de corromper a la juventud de Atenas y de no creer en los dioses de la polis, el filósofo fue condenado a beber la cicuta, un brebaje preparado con la planta del mismo nombre, sumamente venenosa, que paralizó su cuerpo poco a poco, comenzando por las piernas y llegando hasta el corazón, según cuenta Platón en el Fedón

Por otra parte, en la Apología de Sócrates el mismo Platón refiere otra anécdota que le da un tinte trágico a la muerte de su maestro. Un día, Querefón, amigo del filosofo desde la infancia y también discípulo suyo después, se acercó al oráculo de Apolo en Delfos para preguntar al dios si había en el mundo un hombre más sabio que Sócrates, a lo cual el oráculo respondió que no, que nadie superaba a Sócrates en sabiduría. Querefón volvió con su amigo y le transmitió la respuesta del oráculo, que él, sorprendido, se negó a creer.

“¿Qué quiere decir el dios? ¿Qué sentido ocultan estas palabras? Porque yo sé de sobra que en mí no existe semejante sabiduría, ni pequeña, ni grande”, pensó Sócrates para sí. Para saber la verdad, el filósofo acudió entonces con políticos, poetas, artistas y otras personas notables de Atenas, y también algunos extranjeros, que tenían la reputación de ser los más grandes sabios de su época. No obstante, al hablar con ellos, el filósofo se dio cuenta de que si bien todos destacaban en tal o cual habilidad, ninguno era verdaderamente sabio. Los políticos manejaban los asuntos del Estado sin saber qué era el Bien, los poetas escribían sin saber qué era la Verdad y los artistas nunca se habían preguntado cómo acercarse a la Belleza. Con todo, políticos, poetas y artistas estaban convencidos de que eran sabios y actuaban como tal.

Esa fue la diferencia que Sócrates encontró entre él mismo y los sabios de su época. Que él no se tenía por sabio, sino más bien por ignorante, y a partir de esa conciencia de su propia ignorancia avanzaba sobre el camino de la investigación, la reflexión y el conocimiento, mientras que los sabios de su época, creyéndose tales, ya no buscaban saber más y actuaban únicamente animados por un instinto o “ciertos movimientos de la naturaleza”, sin comprender sus propios actos ni sus motivos. 

Sócrates quiso entonces mostrarle a esos personajes eminentes la ignorancia en la que vivían, pero dicha resolución le valió la enemistad y el odio de éstos; eventualmente también precipitó su condena, en la medida en que comenzó a volverse peligroso para el orden social de Atenas: ¿cómo podría un político seguir gobernando luego de que alguien ha demostrado públicamente su ignorancia? 

En la historia del arte, el cuadro más célebre que retrata la muerte de Sócrates es aquel que, con ese título, pintó el francés Jacques-Louis David en 1787. El óleo es una clara muestra de la escuela neoclásica surgida en Francia en los días de la Ilustración y el racionalismo. Con elocuencia y dramatismo, el pintor retrató a Sócrates en su lecho de muerte y en medio de sus discípulos: aunque para éstos es un momento de dolor, el filósofo se muestra en cambio valeroso, dueño de un vigor tanto de cuerpo como de espíritu que quizá no se esperaría de alguien que está a punto de morir. Con su mano derecha está a punto de tomar la copa de cicuta que con pena le ofrece uno de sus alumnos; con la izquierda señala al cielo, con el mismo gesto que tiene en otra pintura: La escuela de Atenas, de Rafael, gesto que ha sido interpretado como una síntesis de su método filosófico, que apunta siempre hacia lo alto.

La muerte de Sócrates, Jacques-Louis David (1787)

 

La escuela de Atenas, Rafael (1511; detalle)

Al retratarlo en esa postura, Jacques-Louis David evoca la última lección que dio Sócrates antes de morir, sirviéndose de su propia muerte: si el filósofo la enfrentó con tranquilidad y aun con cierta determinación, fue porque justamente el ejercicio de la filosofía lo había preparado para ello. La filosofía es también una preparación para la muerte, según se dice en el Fedón, pero no por la muerte en sí, sino porque la reflexión filosófica nos hace entender la vida y, en ese hallazgo, nos hace entender que la muerte forma parte de estar vivos; quien teme a la muerte y se angustia frente a ella no ha hecho consciente el enorme privilegio que significa estar vivo y, por ello, no ha aprovechado tanto como es posible su propia vida. Frente a esa frustración, ¿cómo no tener miedo a la muerte?, ¿cómo no querer extender aún más la vida?

En el cuadro de David hay otro elemento significativo, porque en cierto modo parece fuera de lugar: el anciano sentado al pie del lecho de Sócrates, pero de espaldas a éste y en general a toda la escena. Ahí donde la mayoría sufre y llora, él simplemente está, sentado en su taburete, un poco encorvado sobre sí, como si dormitara o reflexionara, pero también como si recién hubiera dejado de escribir, pues a un lado suyo, dejados con cierta displicencia, se observan un pliego y un cálamo con su frasco de tinta. Por este último indicio sabemos que el personaje no es otro más que Platón, de todos los alumnos de Sócrates, el único que perpetuó su filosofía a través de la escritura.

¿Pero por qué si Platón fue uno de los discípulos más destacados de Sócrates y alguien que quiso tanto al filósofo, el pintor lo retrató tan ajeno al dolor frente a la muerte de su maestro? Y no sólo eso: ¿por qué Jacques-Louis David nos muestra a Platón como un anciano si en el momento de la muerte de Sócrates era más bien joven y es posible que ni siquiera hubiera estado ahí, al lado de su maestro?

Esa representación de Platón no es casual. De hecho, el cuadro tiene un cambio notable cuando modificamos la perspectiva a la cual nos invita la figura predominante de Sócrates y lo miramos desde el punto de vista del anciano Platón. Si lo tomamos a él como punto de partida, la pintura comienza a desarrollarse frente a nuestros ojos con un dinamismo casi cinematográfico. La escena se nos muestra entonces como una proyección extraída de la memoria misma de Platón, quien está representado como un anciano porque no es que estemos asistiendo a la muerte de Sócrates, sino más bien al recuerdo que Platón se formó del acontecimiento. 

Montaje: Nerdwiter1 (YouTube)

Como en efecto es: de Sócrates no nos queda nada más que los recuerdos de Platón, sólo que en este caso la muestra de genialidad creativa fue que Jacques-Louis David encontró la forma de representar pictóricamente dicha circunstancia.

En cierta forma, Sócrates puede mirarse como el primero en una larga cadena de pensadores, hombres de acción, líderes espirituales y políticos, etc., que han intentado hacer ver al género humano las posibilidades de actuar en conciencia, de dar un sentido o un propósito más allá de la mera supervivencia a ese azar de la evolución que nos dio una inteligencia superior, pero que fracasan, ahogados por la misma corriente contra la cual nadan y quisieran hacer nadar a otros.

 

Del mismo autor en Pijama Surf: Según Platón, con cada cambio en nuestra vida experimentamos un poco de inmortalidad

Twitter del autor: @juanpablocahz

Te podría interesar:

Mirar hasta que brote la luz: Simone Weil sobre el enorme potencial de la atención

Filosofía

Por: pijamasurf - 08/29/2018

La atención es la cualidad fundamental del ser humano: si la ejerciera conscientemente, podría alcanzar cualquier objetivo

En Pijama Surf hemos hablado antes sobre la importancia de la atención. Si consideramos el tema desde una perspectiva histórica, la época en que vivimos parece especialmente adversa para dicha cualidad, pues de todos lados nos llegan estímulos cuyo objetivo es justamente atraer nuestra atención pero que, por presentarse en una cantidad excesiva y siempre compitiendo entre sí, terminan por fragmentar nuestra conciencia, llevándonos así a un estado de distracción constante en donde pareciera que somos ya incapaces de enfocar verdaderamente nuestra atención en algo. 

Leer un libro, mirar una puesta de sol, escuchar a una persona, realizar nuestras tareas cotidianas, esperar tranquilamente a llegue alguien con quien nos citamos. Nada de eso suele ya transcurrir en el puro acontecimiento. Por el contrario, cada una de nuestras acciones está casi siempre interrumpida por la distracción a la que nos hemos habituado. El smartphone es el objeto por antonomasia en el que dicho hábito cobra realidad: ¿cuántas veces, en medio de una acción cualquiera, miramos instintivamente nuestro teléfono aunque en realidad no tengamos nada que revisar?

Sin embargo, eso que hacemos con el teléfono portátil es sólo un gesto de un patrón de pensamiento y de conducta más bien estructural, que se ha fijado en la manera en que nos instalamos en la realidad en la que vivimos. Y dicho patrón no es otro más que la dificultad de ejercer conscientemente nuestra capacidad de atención, de dirigirla como dirigimos el movimiento de nuestras manos o el de nuestros ojos. En vez de proceder de esa manera, dejamos que nuestra atención se conduzca inconscientemente, llevada de un lado a otro por las circunstancias, pero casi nunca por nuestra propia voluntad.

¿Y por qué es tan importante dirigir conscientemente la atención? En breve, porque de ese modo el ser humano podría hacer prácticamente cualquier cosa que se propusiera. De la India de los Vedas al psicólogo William James, numerosas personas han insistido desde distintas perspectivas en la trascendencia que tiene la atención en la existencia humana. La meditación, el yoga, la idea de “el aquí y el ahora”, la insistencia en vivir en el presente, las teorías sobre el aprendizaje, el misterio que envuelve a los grandes genios (de Leonardo da Vinci a Nikola Tesla), la admiración que le damos a las personas que han acometido grandes empresas: todo ello tiene un único eje sobre el cual gira, y no es otro más que el ejercicio consciente de la atención.

Una de las personas que también se dio cuenta del enorme potencial de la atención fue la filósofa Simone Weil, quien no dudó en calificar la atención como “la más rara y pura forma de generosidad”. El elogio no es exagerado, proviniendo de una persona que aun cuando vivió tan sólo 34 años, a sus 20 era ya una filósofa reconocida en Francia y hasta su muerte había escrito tanto como para que sus obras completas comprendan a la fecha 16 tomos. 

La gravedad y la gracia es un libro en el que se editaron apuntes de Weil que guardan cierta coherencia temática, aun cuando nunca fueron pensados como textos relacionados entre sí. Se trata más bien de anotaciones que la filósofa hizo en sus cuadernos, siguiendo el curso de su reflexión y sus intereses. 

Ahí se encuentran también varios párrafos que Weil dedicó a vaciar sus ideas al respecto de la atención, agrupados en el apartado “La atención y la voluntad”. Compartimos a continuación algunos de estos fragmentos y después, un comentario final sobre el contenido.

 

***

Tratar de enmendar los errores por medio de la atención, y no por medio de la voluntad.

 

La voluntad sólo influye en unos cuantos movimientos de algunos músculos que están asociados a la representación del desplazamiento de los objetos cercanos. Yo puedo querer poner la mano extendida en la mesa. Si, dentro del pensamiento, la pureza interior, la inspiración o la verdad estuvieran asociadas necesariamente a determinadas actitudes de este género, podrían ser materia de la voluntad. Como no es así en absoluto, no nos queda más que implorarlas. Implorarlas significa creer que tenemos un Padre en los cielos. O dejar de desearlas. ¿Hay algo peor que eso? Sólo la súplica interior resulta racional, puesto que evita tensar músculos que nada tienen que ver en el asunto. ¿Hay cosa más estúpida que tensar los músculos o apretar los dientes cuando de lo que se trata es de la virtud, de la poesía, o de la solución de un problema? ¿No es la atención algo muy distinto? El orgullo es un envaramiento parecido. En el orgulloso se da una falta de gracia (en el doble sentido del término). Por efecto de un error. En su grado más alto, la atención es lo mismo que la oración. Presupone la fe y el amor.

 

Es buena la acción que se puede realizar manteniendo la atención y la intención dirigidas al bien puro e imposible, sin dejar que ninguna mentira oculte ni la atracción ni la imposibilidad del bien puro. De ese modo, la virtud es totalmente análoga a la inspiración artística. Es hermoso el poema que se escribe manteniendo la atención dirigida a la inspiración inexpresable en cuanto inexpresable.

 

La atención extrema es lo que constituye la facultad creadora del hombre, y no existe más atención extrema que la religiosa. La magnitud del genio de una época es rigurosamente proporcional a la magnitud de atención extrema, es decir, de religión auténtica, en dicha época.

 

Una mala manera de buscar. Con la atención fija en un problema. Un fenómeno más de horror al vacío. No se quiere ver perdido el trabajo. Obstinación en proseguir la caza. No es preciso querer encontrar: porque, como en el caso de la dedicación excesiva, se vuelve uno dependiente del objeto del esfuerzo. Se hace necesaria una recompensa externa, algo que el azar proporciona a veces, y que uno está dispuesto a recibir al precio de una deformación de la verdad. El esfuerzo sin deseo (no vinculado a un objeto) es el único que encierra de manera inequívoca una recompensa. Retroceder ante el objeto que se persigue. Solamente lo indirecto resulta eficaz. No se consigue nada si antes no se ha retrocedido. Al tirar del racimo caen las uvas al suelo.

 

Hay esfuerzos que tienen un efecto contrario al del objetivo que persiguen (ejemplos: devotas amargadas, falso ascetismo, determinados sacrificios, etc.). Otros resultan siempre útiles, aunque no logren su objetivo. ¿Cómo distinguirlos? Tal vez: unos van acompañados de la negación (mentirosa) de la miseria interior. Y otros de la atención continuamente concentrada en la distancia que hay entre lo que se es y aquello que se ama.

 

El amor instruye a los dioses y a los hombres, porque nadie aprende sin desear aprender. Se busca la verdad no en cuanto verdad, sino en cuanto bien. La atención se halla ligada al deseo. No a la voluntad, sino al deseo. O, más exactamente, al consentimiento.

 

Liberamos energía en nosotros. Pero de nuevo se nos agrega sin cesar. ¿Cómo llegar a liberarla toda? Es preciso desear que eso se produzca en nosotros. Desearlo de verdad. Simplemente desearlo, y no tratar de realizarlo. Pues toda tentativa en ese sentido resulta vana, y se paga cara. En una empresa así, todo aquello que yo denomino «yo» debe ser pasivo. De mí sólo se requiere la atención, esa atención que es tan plena que hace que el «yo» desaparezca. Privar de la luz de la atención a todo aquello que yo denomino «yo», y dirigirla a lo inconcebible.

 

La capacidad de expulsar de una vez por todas un pensamiento es la puerta de la eternidad. El infinito en un instante.

 

Debemos ser indiferentes al bien y al mal, pues al ser indiferentes, es decir, al proyectar en igual medida sobre uno y otro la luz de la atención, es el bien el que prevalece en virtud de cierto fenómeno automático. Esa es la gracia esencial. Y la definición, el criterio del bien. Toda inspiración divina obra de un modo infalible, de un modo irresistible, siempre que no se desvíe la atención de ella, siempre que no se la rechace. No existe una opción a su favor; basta con no negarse a reconocer que existe.

 

Los valores auténticos y puros de lo verdadero, lo bello y lo bueno en la actividad de un ser humano se originan a partir de un único y mismo acto, por una determinada aplicación de la plenitud de la atención al objeto.

 

La enseñanza no debería tener otro fin que el de hacer posible la existencia de un acto como ése mediante el ejercicio de la atención. Todos los demás beneficios de la instrucción carecen de interés.

 

Nuestros deseos son infinitos en sus pretensiones, pero limitados por la energía de la que emanan. Por esa razón, es posible, con el concurso de la gracia, dominarlos y erosionarlos hasta destruirlos. Una vez que se comprende claramente esto, se les deja virtualmente vencidos siempre que se mantenga la atención en contacto con esa verdad.

***

 

Como vemos, varios de estos apuntes reflexionan sobre la relación entre la atención, la religiosidad, la gracia, Dios y otros aspectos del misticismo, tema que fue particularmente interesante para la filósofa. Más allá de las connotaciones sociales que solemos imputarle a la religión vale la pena, por un momento, apartar nuestros prejuicios y simplemente leer a Weil, acaso como ella misma propone, proyectando “la luz de la atención” sobre aquello que recibimos con la indiferencia necesaria para que sea el bien lo que prevalezca. 

Cuando somos capaces de “observar sin juzgar” (la capacidad más elevada de la inteligencia, según Jiddu Krishnamurti), la realidad se nos revela en su esencia más íntima y por un momento nos contemplamos en el éxtasis continuo de la existencia presente. 

Esa es la luz que nos aguarda una vez que seamos capaces de dominar nuestra atención.

 

También en Pijama Surf: Amar es adorar la distancia con lo que se ama: los apuntes de Simone Weil sobre el amor, la verdad y la libertad

 

En español, La gravedad y la gracia de Simon Weil ha sido publicado por la editorial Trotta.