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La atracción o el misterio de la muerte parecen ser más poderosos que el miedo que podemos tenerle

La muerte ha ejercido, desde siempre, un interés profundo en el ser humano. Si de por sí la vida se nos presenta como un misterio, en cierto modo un corolario que se deriva de ella es la pregunta simple de por qué tiene que llegar a su fin. No sabemos por qué surgió la vida o cuál es su propósito pero, en contraparte, tenemos una certeza: eventualmente, la vida terminará.

Acaso como expresión de ese misterio que rodea a la muerte, los lugares que presentamos a continuación comparten la característica un tanto incomprensible de ser visitados por miles o millones de personas cada año, a pesar de que en sí mismos son una evocación de la muerte. 

Si bien se ha dicho que el ser humano, a lo largo de su vida, hace todo para intentar evadir la certeza de la muerte, que estos lugares se hayan convertido en atractivos turísticos parece, por el contrario, probar que después de todo, la atracción o la curiosidad son más poderosas.

Bosque de Aokigahara, Japón

En las faldas del emblemático monte Fuji se encuentra este bosque cuyo nombre significa, literalmente, “mar de árboles”. El sitio es especialmente hermoso porque cubre los vestigios de la última gran erupción del monte Fuji, ocurrida en el año 864 de nuestra era, que también dio origen a un lago aledaño. Cuando la lava volcánica se solidifica, se convierte en suelo y rocas particularmente porosos, una cualidad que facilita la absorción del sonido. El bosque de Aokigahara es un lugar especialmente silencioso por esta razón. 

Quizá por eso mismo o por otras características, Aokigahara ha sido desde mediados del siglo XX uno de los puntos preferidos por los suicidas en Japón, quienes al parecer deciden acabar su vida en medio de la soledad y la quietud que provee este bosque.

 

Cementerio de Montparnasse, París

Este es sin duda uno de los cementerios más visitados del mundo, no sólo porque se encuentra en la ciudad turística por antonomasia, sino también por cualidades propias: además de la belleza de su disposición arquitectónica, sus mausoleos y en general sus monumentos mortuorios, Montparnasse destaca por la enorme cantidad de personas célebres que ahí fueron inhumadas. Las tumbas que más atención reciben son las de Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir, Serge Gainsbourg y Guy de Maupassant. Los restos de Cioran y de André Citroën también descansan ahí, además de los de Julio Cortázar y Porfirio Díaz.

 

Catacumbas de París

También en París es posible visitar un lugar insólito no sólo por estar asociado con la muerte, sino sobre todo porque es una estructura inesperada para una ciudad como la capital francesa. Se trata de las llamadas “Catacumbas de París”, que toman su nombre de los recintos subterráneos que se utilizaron en Roma para inhumar a los difuntos y que a su vez recibieron a las primeras comunidades de cristianos, cuando el ejercicio de su religión estaba prohibido en el Imperio.

En el caso de las Catacumbas de París, su origen es muy distinto, aunque no por ello menos sorprendente. Inicialmente, su antigüedad data del siglo XVIII, cuando el gobierno local decidió transferir los restos óseos de casi 6 millones de personas de los panteones de la ciudad a otra parte, por motivos de salud pública. Después de examinar el problema, las autoridades decidieron aprovechar los corredores dejados por la explotación minera que había tenido lugar desde la Antigüedad y convertir al menos una zona en un osario. 

Por este aspecto, las de París son catacumbas como las romanas pero, hasta donde se sabe, nunca albergaron algún tipo de culto o ritual.

 

Museo de las momias de Guanajuato, México

Como en el caso anterior, aquí no se trata de “momias” en el sentido estricto del término. A diferencia de las egipcias, las momias de este museo no son ni antiguas ni, de hecho, resultado de un proceso de conservación del cuerpo inerte de una persona. En realidad se trata de los restos de poco más de 100 personas, que fueron exhumados de un panteón local luego de que nadie pagara los derechos requeridos para mantener intactas sus correspondientes tumbas. 

Cuando las autoridades abrieron los sepulcros, a mediados del siglo XIX, encontraron que los cuerpos se habían “momificado” naturalmente, como resultado de las condiciones del suelo de dicha región del centro de México.

 

Taj Mahal, India

Muchos reconocemos de inmediato el Taj Mahal, uno de los iconos turísticos de la India. Y sea por su majestuosidad o por el exotismo que asociamos con este país, quizá pensemos de inmediato que se trata de un palacio, como aquellos donde transcurren las historias de Las mil y una noches.

No olvidemos, sin embargo, que el Taj Mahal es un mausoleo, es decir, el monumento mortuorio erigido para ser la última morada de los restos de una persona, en este caso, Arjumand Banu Begum (o Mumtaz Mahal), cuarta esposa del Shah Jahan, emperador de la India en tiempos del imperio mongol.

Se calcula que entre 7 y 8 millones de personas visitan el Taj Mahal cada año.

 

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También en Pijama Surf: ¿Cómo enfrentar la muerte? 3 grandes ejemplos de Rilke, Octavio Paz y Seamus Heaney

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Schopenhauer explica la importante diferencia entre el mero talento y el auténtico genio

AlterCultura

Por: pijamasurf - 10/12/2018

La tersa definición del genio de Schopenhauer hace evidente que la genialidad es algo sumamente raro y maravilloso

Arthur Schopenhauer murió un día como hoy en 1860, lo cual es un buen pretexto para recodar a este genial filósofo. Schopenhauer escribió su obra maestra, El mundo como voluntad y representación, antes de cumplir 30 años. Este libro sería central en la maduración intelectual de filósofos como Nietzsche y Wittgenstein y admirado por escritores como Borges o el psicólogo Carl Jung. Aunque Schopenhauer es recordado como el gran pesimista, escribió con exaltación sobre el arte, particularmente la música, donde encontró significado, o al menos sosiego, frente a un mundo de fuerzas brutales que tienden a la aniquilación. En su obra maestra encontramos ciertos pasajes de gran claridad en los que el filósofo describe la genialidad, esa que podemos encontrar en un Mozart o en un pensador como el mismo Schopenhauer, y que se distingue del simple talento:

Sólo a través de la contemplación pura... pueden las Ideas comprenderse; y la naturaleza del genio consiste en la capacidad preeminente para dicha contemplación... El genio es la facultad de continuar en un estado de percepción pura, de perder el yo en esa percepción, y de enlistarse en el servicio del conocimiento que originalmente sólo existía para el servicio de la voluntad; eso es decir, el genio es el poder de hacer a un lado los propios intereses, deseos, y objetivos, y por lo tanto renunciar a la propia personalidad por un tiempo, para permanecer puro sujeto cognitivo, visión clara del mundo; y esto no sólo a ratos, sino por un período suficientemente largo, con suficiente conciencia, para permitir que uno reproduzca de manera deliberada lo que ha sido aprehendido.

En cierta forma, este poder de la genialidad nos recuerda la noción de atención que aparece en William James y en Simone Weil: absorberse en la contemplación, trascendiendo las distracciones egoístas. La filosofía de Schopenhauer surge en el milieu del idealismo alemán, y algo de esto persiste en él, si bien con ciertas diferncias. Podemos notarlo en su consideración de que la genialidad consiste en la contemplación de "las ideas eternas", por lo cual la imaginación es esencial para la genialidad. Atención e imaginación hacen al genio:

La imaginación, entonces, extiende el horizonte intelectual del hombre de genio más allá de los objetos que se le presentan en actualidad, tanto en relación a la cantidad como a la cualidad. Por lo tanto, una fuerza de imaginación extraordinaria acompaña, y de hecho es necesaria, para la condición de la genialidad.

Schopenhauer aclara que si bien la genialidad requiere de imaginación, una persona imaginativa no es necesariamente genial, pues puede ser simplemente fantasiosa. Por último, Schopenhauer marca la diferencia entre un hombre de talento y uno de genio en el hecho de que el hombre de talento se aboca meramente a los acontecimientos propios del "espíritu de su tiempo", dedicándose a las necesidades circunstanciales, contribuyendo al avance de disciplinas especializadas. Pero su trabajo es contingente a una época, y reemplazable. El hombre de genio, por otro lado, "ilumina su era como un cometa en los trayectos planetarios". No va en orden "con el curso regular de la cultura de su tiempo". El genio "trasciende no sólo la capacidad de lograr algo de los demás, sino también su capacidad de aprehensión". Es decir, mientras que el hombre de talento es sólo alguien que puede hacer algo mejor que los demás, el hombre de genio hace algo que los demás ni siquiera pueden aprehender o concebir del todo. El hombre de genio es como el arquero que "da en un blanco... que otros ni siquiera pueden ver". Esto, obviamente, explica por qué la mayoría de los genios no son entendidos y celebrados en vida, algo que le ocurrió al mismo Schopenhauer, quien sólo fue apreciado como filósofo en los últimos años de su vida.