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En su "Discurso del método", Descartes sugirió que no todas las personas están dispuesta a cuestionar las ideas que aprendieron o heredaron

De las varias cualidades que son propias al ser humano, quizá ninguna como la razón. Hasta donde sabemos, nuestra especie es la única capaz de realizar razonamientos complejos a propósito de la realidad: entender la situación espacial de un objeto, por ejemplo, su cambio en el tiempo, o concebir la relación de causa-efecto o acción-reacción entre dos fenómenos son tareas que ahora ejecutamos cotidianamente pero que, en términos evolutivos, tomó millones de años desarrollar.

Con todo, aun cuando es admirable en sus operaciones y sus resultados, la razón es imperfecta. Con ciertos ecos aristotélicos podemos decir que es imperfecta porque la razón es siempre incompleta en el ser humano. Justamente a causa de nuestra evolución como especie, la razón se disputa siempre en el individuo con el componente irracional que también nos integra y que en términos muy generales podemos identificar con la vida en sí, el pulso vital que recorre nuestro cuerpo y que en ello nos hermana con todos los otros seres vivientes de este planeta.

Esa división elemental ha sido, desde hace muchos siglos, el motor de las disciplinas más diversas, de la filosofía a la medicina, y del pensamiento religioso a las ciencias de la mente. A lo largo de la historia ha habido quienes se han abocado a intentar conciliar dicho conflicto favoreciendo particularmente a la razón, bajo la premisa de que si la razón nos constituye como humanos (y, por ello, nos distingue de otros animales), entonces se trata de una cualidad que es necesario conocer, cultivar y ejercitar, hasta volverla el eje mismo de la existencia. Otra suposición subyacente es que una vida racional, de entendimiento, es mejor o más deseable que una vida dominada únicamente por las pulsiones, los instintos, los deseos inmediatos, los temores irracionales, la ignorancia, el olvido y demás manifestaciones del entendimiento del mundo en un estado de ausencia de razón.

En ese sentido, uno de los exponentes más notables de las implicaciones del cultivo de la razón como herramienta primordial de la existencia fue René Descartes, quien por ello es conocido como “padre” del racionalismo. Entre otras obras, Descartes fue autor de un opúsculo que quizá él concibió con sencillez pero que tuvo un gran impacto en la historia de la filosofía: su célebre Discurso del método, publicado anónimamente en 1637 para acompañar un par de tratados de geometría y de óptica.

La influencia de dicho ensayo bien puede atribuirse a la claridad de su exposición, misma que se corresponde con el tema que trata. A medio camino entre la autobiografía y la argumentación, Descartes ofrece su punto de vista respecto de una tarea que sin duda en ese momento de su vida le pareció evidente para cualquier ser humano y que, no obstante, como él mismo reconoció, muy pocos emprenden: usar la razón propia. 

No sin modestia e incluso humildad, Descartes escribió ese breve discurso para enseñar a conducir el entendimiento de tal modo que nos permita llegar a la verdad. Aunque no se trata del tema de esta nota, nos permitiremos citar brevemente los cuatro procedimientos básicos que, según su propia experiencia y razonamiento, permiten hacer de la razón el faro que guía la comprensión de la realidad, a saber:

El primero: no admitir nada como verdadero hasta no tener evidencia de que lo es; es decir, evitar cuidadosamente la precipitación y la prevención, y no admitir en el juicio nada más que lo que se presentase clara y distintamente, sin ninguna ocasión de ponerlo en duda.

El segundo: dividir cada una de las dificultades examinadas en cuantas partes sea posible y en cuantas requiera su mejor solución.

El tercero: conducir ordenadamente los pensamientos, empezando por los objetos más simples y más fáciles de conocer, para ir ascendiendo poco a poco, gradualmente, hasta el conocimiento de los más compuestos, e incluso suponiendo un orden entre los que no se preceden naturalmente. 

Y el último: realizar en cada pensamiento los recuentos integrales y las revisiones generales necesarias, hasta estar seguro de no omitir nada. 

Sin embargo, como señala Descartes en la primera parte de su Discurso, no es muy común que una persona emprenda el esfuerzo de conducir racionalmente su vida, lo cual indudablemente es una de las contradicciones de la condición humana: que siendo animales de inteligencia y entendimiento, sean éstas cualidades que no se presentan naturalmente, sino que es necesario redescubrir y ejercer conscientemente.

Pero la tarea no es sencilla, y quizá por eso no muchas personas la emprenden. Para algunos parece mucho más cómodo ejercer su razón pero sólo en determinados ámbitos o para ciertas tareas, y en todo lo demás que también atañe a su vida dejarse gobernar por otros, sean sus instintos, las circunstancias, sus urgencias o el simple caudal de la realidad. También, como intuyó Descartes, porque tomar las riendas de la razón requiere un proceso amplio de puesta en duda de todo aquello que se aprendió en otros momentos de la vida, particularmente la niñez y la juventud, y no muchas personas están dispuestas a enfrentar dicho cuestionamiento. 

Al respecto, Descartes encontró que existen al menos dos tipos de personas que, frente a la necesidad de cuestionar lo aprendido, reaccionan de manera muy distinta; dice el filósofo:

Ya la mera resolución de deshacerse de todas las opiniones recibidas anteriormente no es un ejemplo que todos deban seguir. Y el mundo se compone casi sólo de dos especies de espíritus a quienes este ejemplo no conviene en modo alguno, y son, a saber: de los que, creyéndose más hábiles de lo que son, no pueden contener la precipitación de sus juicios ni conservar la bastante paciencia para conducir ordenadamente todos sus pensamientos; por donde sucede que, si una vez se hubiesen tomado la libertad de dudar de los principios que han recibido y de apartarse del camino común, nunca podrán mantenerse en la senda que hay que seguir para ir más en derechura, y permanecerán extraviados toda su vida; y de otros que, poseyendo bastante razón o modestia para juzgar que son menos capaces de distinguir lo verdadero de lo falso que otras personas, de quienes pueden recibir instrucción, deben más bien contentarse con seguir las opiniones de esas personas que buscar por sí mismos otras mejores.

En opinión de Descartes, no basta con cuestionar las ideas recibidas, heredadas o aprendidas, sino que además es necesario hacer el esfuerzo, ser constantes e incluso ser valientes respecto de nuestro propio entendimiento y la necesidad de pensar por nosotros mismos. Quien no acompaña su razón de esas tres cualidades, se pierde entre una y mil alternativas (y termina por no construir nada) o permanece en un estado de tutelaje a lo largo de su vida.

Es importante tener esto en cuenta porque si bien, cuando se habla de Descartes, usualmente se elogia la razón y se considera a ésta una herramienta casi omnipotente, en realidad, como decíamos, no está nunca completa, sino que es necesaria acompañarla de otros recursos, entre los cuales, paradójicamente, también se encuentra la irracionalidad.

"¡Atrévete a saber!", dirá Kant casi 1 siglo después del Discurso del método, y qué es el atrevimiento sino la toma de un riesgo contra el cual la razón nos previene pero que, no obstante, es necesario encarar para crecer y pasar a algo más en la vida, a algo diferente y posiblemente, a algo mejor.

 

Los fragmentos citados corresponden a la traducción del Discurso del método de Manuel García Morente, publicada, entre otros, por la editorial Gredos. Realizamos ciertas modificaciones en la misma para volverla más actual.

 

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Muere Paul Virilio, gran teórico de los percances de la aceleración y la distopía de la tecnología

Filosofía

Por: pijamasurf - 10/24/2018

Uno de los grandes filósofos y teóricos de medios ha muerto. Recordamos sus ideas

Paul Virilio, uno de los grandes filósofos y críticos culturales de nuestra época, murió el 10 de septiembre, según informó ayer su familia. Virilio fue un influyente urbanista y filósofo del espacio y la velocidad, pero sobre todo se le recuerda por su crítica a la tecnología y a los medios, en líneas por momentos similares a las de McLuhan y las de otro pensador francés, Jean Baudrillard. Como pocos antes que él, Virilio se anticipó al grave "accidente" que lo que él llamó la cibercultura propiciaría inevitablemente.

Uno de los conceptos centrales de Virilio era el de la "aceleración": vivimos en una "dromocracia", no en una democracia; en el reino de la velocidad, el imperativo de ir más rápido, el mito del progreso y el crecimiento infinito. La guerra, sugirió Virilio, realmente nunca termina; continúa acelerándose, sólo que se expande del campo de batalla a otros frentes, y en nuestra época, principalmente al terreno de la información. Otro concepto central es la "bomba de la información", la cual reemplaza a la bomba nuclear y transforma el escenario de la batalla, llevándolo del espacio al tiempo, a un tiempo global sincronizado en el que la política y el poder mismo se vuelven virtuales e invisibles.

Al mismo tiempo, en cualquier parte del planeta, todos pueden sentir el mismo terror, la misma preocupación por el futuro o experimentar el mismo pánico. ¡Todavía es increíble! Pasamos de la estandarización de las opiniones -fue posible gracias a la libertad de prensa- a la sincronización de las emociones (...) Nuestras sociedades vivían en una comunidad de interés, ahora viven un comunismo de afectos.

Virilio notó la estrecha relación entre las tecnologías militares y el espectáculo y el entretenimiento; la guerra se sirve también de crear un espectáculo mágico que produce miedo previo a la llegada de la muerte, una mistificación o desorientación psicológica. Lo que culturas como los aztecas hacían con máscaras y rituales, los modernos lo hacen con propaganda y transmisiones en directo.

Como McLuhan, Virilio entendió que toda tecnología traía consigo efectos secundarios, generalmente no percibidos. Cada tecnología conlleva un potencial de accidentes. Por ejemplo, la locomotora contiene el potencial del descarrilamiento, y la televisión implica la separación del televidente del espacio inmediato, la pérdida del horizonte de los eventos reales. Se trata de una cadena fractal de numerosos accidentes que pueden tener innumerables efectos sociales que pasan desapercibidos en un principio debido a nuestra confianza en el progreso tecnocientífico.

Por momentos, el pensador francés describe escenarios distópicos en los que las personas se vuelven completamente sedentarias y desaparece el espacio físico: los vecindarios, las comunidades y la vida en las ciudades. El amor y los afectos ocurren a distancia. Las personas se convierten en parte del mecanismo de retroalimentación cibernético y sus identidades se subsumen en ello. El cibersexo y la virtualidad, pensó Virilio, devendrían en el desuso y atrofiamiento del cuerpo. Al vivir en la tiranía del tiempo presente, empieza a desaparecer la historia, la continuidad del pasado en común.

Hay que decir que Virilio empezó a hablar de esto en los asño 90 del siglo pasado e incluso antes, por lo cual, en muchos aspectos es uno de los grandes profetas de lo que habría que llamar la distopía de la tecnología de la información. No nos hemos dado cuenta, pero hemos liberado una bomba nuclear global, un "meteorito fractal", que oculta innumerables nuevas colisiones que son inevitables.