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El día que Jim Morrison y el hijo del presidente Díaz Ordaz fumaron marihuana en Los Pinos

Sociedad

Por: pijamasurf - 10/03/2018

La mítica visita de The Doors a México dejó legendarias historias

En 1969, The Doors se presentó cuatro veces en un club en la colonia del Valle conocido como el Forum. A menos de 1 año de la mascare de Tlatelolco, el gobierno de México tenía prohibidas las congregaciones masivas de jóvenes, por lo cual esta fue la única manera de traer a la emblemática banda de rock, la cual originalmente se iba a presentar en la Plaza México.

La visita de Jim Morrison a México está llena de leyendas, en parte porque ocurrió en un clima enrarecido y porque sus presentaciones estuvieron limitadas a la clase alta de la Ciudad de México. El lugar donde se presentaron en esa época exigía corbata para entrar y el cover para los conciertos era impagable para la mayoría de las personas. Abundan las leyendas de personas que dicen haber pasado el tiempo con el Rey Lagarto, disfrutado de su magnética compañía y en algunos casos haber brindado y fumado porros con el cantante famoso por su veta dionisíaca.

La más famosa anécdota que se tiene es aquella que dio a conocer Manuel Ávila Camacho López, hijo del gobernador de Puebla, Maximino, y sobrino del presidente Manuel,  quien fuera un escritor menor, y sobre todo un socialité (esta misma anécdota luego fue relatada por Fernando Rivera Calderón). Según Manuel, él conoció a Jim Morrison en California antes de que fuera famoso y en algún momento éste incluso lo visitó en Acapulco, donde tenía una casa y realizaba legendarias fiestas. De acuerdo con Ávila Camacho, cuando The Doors vino a México él le presentó a Jim Morrison, en una de sus fiestas en Acapulco, a Alfredo Díaz Ordaz, hijo menor del entonces presidente y quien era fanático del rock.

Según la historia, cuando la banda vino a México para sus conciertos -lo cual fue toda una hazaña de gestión- se organizó una fiesta en Los Pinos donde "Alfredito" y Morrison fumaron marihuana y se divirtieron hasta que el presidente Gustavo Díaz Ordaz bajó a terminar la fiesta y corrió a todos los "hippies". Se sabe también que Alfredo fue uno de los que llevó a The Doors a Teotihuacán, a La Lagunilla y a demás sitios turísticos. En ese entonces, pocas cosas podían tener más caché que enfiestarse con Jim Morrison.

40 años después The Doors, sin Morrison, finalmente se presentó en la Plaza México.

 

Aquí puedes leer más sobre la visita de The Doors a México

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Después de leer este libro nunca verás la pornografía con los mismos ojos

Sociedad

Por: pijamasurf - 10/03/2018

El porno podría no ser una mera cuestión de libertad de expresión, sino una cuestión de salud e incluso algo criminal, según muestra el libro "Pornography: Men Possessing Women"

El porno es un tema controversial. Hay muchas personas que creen que es simplemente una cuestión de libertad de expresión y que incluso puede cumplir una función social al permitir que las personas se desfoguen, que satisfagan, aunque sea vicariamente, sus deseos sexuales. Por otro lado, es evidente que muchos individuos se vuelven adictos al porno y la pornografía llega a trastornar su manera de relacionarse con las otras personas; esto ocurre especialmente con los hombres que ven mucho porno y que introyectan la imagen del sexo que produce el porno.

En su libro Pornography: Men Possessing Women, Andrea Dworkin deconstruye la imagen pornográfica y sugiere que en realidad el porno es una cuestión política, y como señala el escritor Will Self, incluso criminal, pues directa o indirectamente produce agresiones. Más allá de que la lectura de Dworkin es radicalmente feminista -y uno puede estar o no de acuerdo con su visión de que todo es un reflejo del heteropatriarcado-, lo que sí parece evidente es que en el lugar donde más claramente están presentes los vicios que se adscriben a esta dinámica del poder masculino y la explotación u objetificación del cuerpo femenino es en el porno común y corriente.

Dworkin sugiere que el porno retrata al hombre de siete formas principales: en la "afirmación metafísica de su yo", en su "poder físico", en su "capacidad de aterrorizar", en su poder de nombrar, en su poder de poseer, en el poder del dinero y en el poder del sexo. Todo estos comportamientos de poder, algunos más naturales que otros, son idolatrados por la cultura. Asimismo, como documenta Dworkin, muchas mujeres trabajan en la industria del porno no voluntariamente, sino que son son obligadas o convencidas por personas que se aprovechan de su vulnerabilidad.

Aunque el tema es complejo y Dwokin sataniza demasiado en ocasiones, no hay duda de que la cultura y la sociedad en general no se benefician mucho de promover estos valores. Incluso porque -y justamente en contra de lo que postula el análisis posmoderno al respecto- el porno lo reduce casi todo al poder, al poder del falo, a la lucha de poderes, a la búsqueda de autoafirmación. Por más que se quiera decir que el porno puede evitar producir violadores, no hay paz en el porno; el porno ocurre esencialmente bajo una cierta lógica de violencia explícita y, sobre todo, implícita. Y por supuesto, tampoco hay lugar para el amor. Como dijo Jung, donde impera la voluntad de poder no hay cabida para el amor. 

Por supuesto no todo el porno es así. Es posible que haya personas que gozan libre y sinceramente de participar en la pornografía y de verla de vez en cuando. Es difícil pensar que se deba regular la fantasía, pero si vemos actualmente en línea una especie de regulación en contra del hate speech y las fake news, es concebible situar al menos cierto tipo de videos pornográficos como hate speech, como contenido que promueve la violencia, lo cual genera importantes preguntas, como por ejemplo, si estos contenidos deberían aparecer en Google o no. Aunque esto nos recuerda que en sus inicios la empresa de Mountain View generaba buena parte de sus ingresos a partir de la pornografía, lo cual, de nuevo, muestra la dinámica de poder que está de por medio en el porno.