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La influencia de la alquimia en la obra de Blake

William Blake tempranamente experimentó una serie de visiones místicas que serían seminales en su obra, la cual estaría siempre marcada por el daemon de la imaginación. Blake, por otra parte, aunque en gran medida autodidacta, tuvo acceso a la obra de otros místicos y alquimistas que fueron también importantes en la conformación de su particular visión.

Kathleen Raine, una de las grandes expertas en la obra de Blake, traza la influencia de la alquimia en la obra de Blake en su libro Blake and Tradition. Una influencia que no podemos descartar además por la conexión que existe entre la alquimia y el gnosticismo, como ha sido demostrado por Carl Jung. Y por supuesto, el cristianismo de Blake es un cristianismo gnóstico. Hacemos aquí una glosa de lo que expone esta gran crítica literaria que se caracteriza por una gran sensibilidad a la imaginación poética. 

Para los alquimistas el espíritu y la materia, activo y pasivo, luz y oscuridad, arriba y abajo, son, como el yin yang de los chinos, principios complementarios, ambos igualmente enraizados en lo divino. El deus absconditus está oculto y operando en la materia, en igual medida que se encuentra en el orden espiritual. Las palabras de Blake sintetizan la filosofía alquímica: "Dios está en los efectos más bajos al igual que en las causas más altas". El matrimonio del cielo y el infierno está escrito bajo la influencia directa de esta filosofía -explícitamente, puesto que Blake reconoce su deuda a Böhme y a Paracelso-.  

La cita completa de Blake, que emula la Tabla Esmeralda de Hermes Trismegisto, es:

Dios está en los efectos más bajos al igual que en las causas más altas, y así Él se ha convertido en un gusano para nutrir a los débiles. Puesto que debemos recordar que la creación es Dios descendiendo en correspondencia a la debilidad del hombre, ya que nuestro Señor es la palabra de Dios y todas las cosas en la Tierra son la palabra de Dios y en su esencia son Dios.

Y en otra parte, Blake parece explicar el motivo de su hierosgamos entre el cielo y el infierno: "Dios está adentro y afuera: incluso en las profundidades del infierno".

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Raine sugiere que Blake concibió su matrimonio entre lo superior (lo celeste, el águila) y lo inferior (lo infernal, la serpiente) con base en la tradición alquímica, específicamente la Tabla Esmeralda que ha servido como plantilla para innumerables alquimistas, describiendo las correspondencias entre el cielo y la tierra y la "operación del Sol" o el restablecimiento de la materia a su condición original. Blake seguramente había leído al alquimista Thomas Vaughan, hermano del poeta laureado Henry Vaughan, quien parafrasea a Hermes Trismegisto, sosteniendo que en una estela de Menfis estaba escrito: 

Heaven above, Heaven beneath;

Starres above, Starres beneath;

All that is above, is also beneath;

Understand this, and be happy.

[Cielo arriba, cielo abajo;

estrellas arriba, estrellas abajo;

todo lo que está arriba, también está abajo;

entiende esto, y sé feliz].

Esta es la idea central del hermetismo, que sería recogida por Paracelso con su concepto del firmamento interno, afirmando que en la constitución del hombre están las estrellas: "¿que otra cosa es la imaginación sino una estrella en el hombre que actúa a través de su círculo?". En su diccionario de alquimia, Martin Ruland hace eco de ello: "La Imaginación es la estrella en el hombre, el cuerpo celestial y supracelestial". Esta misma noción de la imaginación es central en Blake:

El mundo de la imaginación es el mundo de la eternidad, el seno divino al que todos iremos al morir el cuerpo vegetativo. En ese mundo eterno existen las realidades permanentes de cada cosa que están reflejadas en el cristal vegetal de la naturaleza. Todas las cosas están comprendidas en el cuerpo divino del Salvador, la verdadera viña de la eternidad, la imaginación humana.

La mente humana es luz celestial y la imaginación es un espejo en el cual se proyectan los rayos de la divinidad.

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Raine cree que la importante noción de la conjunción de los opuestos, que sería tan importante en Jung, pero que es también central en Blake, le viene también de la alquimia, la cual es la ciencia del matrimonio del espíritu y la materia, del fuego y el agua. "Lo que suele considerarse su aportación más original al pensamiento es justamente este concepto de un solo principio que opera en contrarios", dice Raine. Y ve en estos versos de las Visiones de las hijas de Albion una respuesta alquímica: "La materia-serpiente que se renueva a sí misma en la bóveda de la decadencia".

¿Acaso el águila no desprecia la tierra y desecha los tesoros que cubre?

Pero el topo sabe lo que allí hay y el gusano ya te lo dirá:

¿no erige él una columna en los cementerios putrefactos

y un palacio eterno en las fauces de la tumba voraz?

Tenemos aquí claramente la imagen de la renovación de la naturaleza en la muerte y una evocación del primer estadio de la alquimia, el llamado nigredo, en el cual la putrefacción es usada como una simiente para iniciar la obra, que culminará con la construcción de "un palacio eterno" (un cuerpo de luz). Blake personifica este estado de la materia asociado con Saturno, con la tierra negra, con el frío y con el invierno (el renacimiento del Sol en el solsticio) en Matron Clay, uno de los personajes de su poema The Book of Thel (el nombre Matrona arcilla es seguramente una alusión también a la arcilla adánica y a la prima materia de los alquimistas). "La Madre Tierra, la más baja y humilde materia, es la esposa del Padre, le dice la matrona Clay a Thel", explica Raine. La Tierra es el vaso hermético del espíritu, el Santo Grial, el vientre que es fecundado por la luz. En el poema de Blake, Clay le dice a Thel:

Me ves a mí, una cosa ruin, y en verdad lo soy,

Mi vientre en sí mismo es frío, y muy oscuro,  

Pero aquel que ama lo bajo, derrama su aceite sobre mi cabeza,

Y me besa a mí, y enlaza sus listones nupciales sobre mi seno,

Y dice "Tú, madre de mis hijos, te he amado a ti

Y te he dado una corona que nadie puede quitarte". 

Esto recuerda los numerosos dichos de los alquimistas que hacen referencia a que su materia prima será encontrada en lo más vil y desapercibido, como reza el dictum: in stercore invenitur, será encontrada en la tierra inmunda. De aquí se produce el cuerpo glorificado, que en el poema es representado por la corona que sella el matrimonio alquímico, la corona del espíritu que transfigura la "prisión de la materia" en un jardín de luz, el tálamo donde se opera "el milagro de la única cosa". La polarización entre lo espiritual y lo material es sólo una ilusión, un juego, una seducción y un sacramento. En famosos versos en los que se le da voz al "demonio del cuerpo" (el demonio -Pan, Dioniso- como la energía divina del cuerpo que no puede ser reprimida), Blake dice:

1.-El hombre no tiene un cuerpo distinto de su alma.
Aquello que llamamos cuerpo es una porción de alma
percibida por los cinco sentidos, pasajes principales del
alma en esta edad.
2.-La energía es la única vida, y procede del cuerpo;
y la razón es el límite o circunferencia externa de la energía.
3.-La energía es delicia eterna. 

Delicia eterna es el juego de los contrarios, la danza de los opuestos, la eterna escena que se repite cada año cuando la luz muere en la tierra negra, sólo para volver a renacer, como la serpiente que muda de piel. La delicia eterna que se repite en cada uno que repite esta operación solar, en el amor, en la alquimia.

 

Twitter del autor: @alepholo

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'Amor es cuando sé que soy todo; sabiduría cuando sé que no soy nada'

AlterCultura

Por: pijamasurf - 11/27/2018

Un comentario a una de las frases más profundas y hermosas del gran santo indio Nisargadatta Maharaj

El jnani Nisargadatta Maharaj fue uno de los grandes maestros espirituales en la India del siglo XX. Maharaj es conocido por su método de la autoindagación, hacerse la pregunta básica dentro de la práctica del advaita vedanta: "¿Quién soy yo?". Según el maestro, que recibía visitas todo los días en su casa de Bombay, está claro que "soy", pero no que "soy esto" o esto otro. La enseñanza consiste en un camino negativo o apofático en el cual el practicante investiga todo lo que no es hasta llegar, en un proceso eliminativo, al "Yo soy eso... eso por lo cual sé que soy". Lo cual parafrasea una Upanishad: uno no es lo que piensa o ve sino aquello por lo cual las cosas son pensadas o vistas. O como diría el maestro budista Chögyam Trungpa, uno es el cielo y todo lo demás es el clima -las nubes, la lluvia, el frío, etcétera-.

Nisargadatta no escribió nada, pero sus alumnos grabaron sus conversaciones con las personas que lo venían a visitar solicitando enseñanzas. Una de sus frases memorables -y son realmente muchas- es la siguiente: "El amor dice 'Yo soy todo'. La sabiduría dice 'Yo soy nada'. Entre estas dos mi vida se mueve". Este es el aspecto paradójico del conocimiento místico más alto. La frase merece comentarse a fondo. Antes, veamos el contexto de la misma:

Me doy cuenta de que, al cambiar el foco de mi atención, me convierto en aquello que observo, y experimento el tipo de conciencia que tiene; me convierto en el testigo interno de la cosa. Llamo a esta capacidad de entrar en diferentes puntos focales de conciencia, amor; aunque puedes darle el nombre que quieras. El amor dice "Yo soy todo". La sabiduría dice "Yo soy nada". Entre estas dos mi vida se mueve. Ya que en cualquier punto del espacio y el tiempo puedo ser tanto el sujeto como el objeto de la experiencia, expreso esto diciendo que soy ambos, y ninguno, y más allá de los dos.

Nisargadatta aquí parece combinar los dos aspectos fundamentales del conocimiento, el camino positivo o catafático que se caracteriza por el amor, y el camino negativo o apofático, que en este caso se caracteriza por la sabiduría. Hay que notar que para el advaita vedanta la percepción convencional de un mundo material separado e independiente de la propia conciencia es una ilusión. La propia luz de la conciencia es el ser del universo, todas las cosas son una en esencia, esto es, Dios o Brahman. El mundo, se podría decir, no existe, sólo la conciencia (Dios) existe. El alma que encuentra la liberación, un jivanmukti, como Nisargadatta, experimenta la realidad de manera no dual. En cierta forma él no es nada, la persona individual, el ego, el nombre y el cuerpo adherido a una identidad, dejan de existir. Pero a la vez, él es todo, pues experimenta todas las cosas como la unidad de la conciencia divina (eso es el amor), un eterno sujeto que goza de todas las sensaciones de todos los seres sin verse afectado por ninguno. 

El amor y la sabiduría son también dos de los caminos principales del yoga o, en general, del misticismo de la India; el bhakti yoga y el jnana yoga son dos vías que llegan al mismo sitio, como las dos alas de un mismo pájaro -de un ave fénix o de un Garuda que cruza el universo en un único aletazo-. En términos del absoluto, son en realidad exactamente lo mismo, no hay diferencia: uno enfatiza más el carácter de lo manifiesto, el otro de lo inmanifiesto. Si bien es cierto que Shankara, el gran fundador del advaita, considera el jnana yoga, el camino de la contemplación, superior a la devoción y a la adoración, pues para él la realidad absoluta no tiene forma, el Brahman es impersonal, y el mismo Nisargadatta enseña un sendero similar, también debe mencionarse que Nisargadatta considera la devoción al gurú y a la deidad personal como esencial para alcanzar el conocimiento más alto. Él mismo practicaba bhakti antes de alanzar la liberación y esto mismo fue lo que le llevó a postrarse ante su maestro, y como tantas veces narra, a creer en sus palabras cuando le dijo que él era la conciencia absoluta e inmortal que había tomado un cuerpo a causa del maya.

Por último, tal vez no sea infecundo voltear hacia Pseudo Dionisio Areopagita, quien es el gran referente del misticismo apofático en el cristianismo pero además fue enormemente influenciado por el neoplatonismo -hasta el punto de que algunos, como Lutero, lo consideraron un pensador más platónico que cristiano-. Como Nisargadatta, Dionisio enseñó un camino apofático para llegar a esa divinidad supraesencial que está más allá de todas las cosas, trascendente a todo ser e incognosible (en el sentido dual de un sujeto que conoce un objeto). Pero a la vez, el Areopagita notó que esa divinidad trascendente era todas las cosas, no era ninguna cosa sino el ser de toda las cosas, y todas las cosas no eran más que ella y por sí solas no eran nada. Dionisio sostiene que, por ello, "los teólogos lo alaban con todos los nombres y como el Uno Innombrable". Todas las cosas y todos los títulos lo invocan: la luz, la vida, la verdad, la belleza, la sabiduría... "dicen que él está adentro de nuestra mente y nuestra alma, en el cielo y en la tierra", y al mismo tiempo "por encima del cielo y de todo ser... él es todo, y él es nada". Dios, el Uno, el Bien, es "todo en todas las cosas y nada en ninguna". Esta descripción, que aparece en Los nombres divinos, recuerda notablemente algunas de las descripciones que se hacen del Atman en las Upanishad, si bien está aún más cargada al lenguaje negativo y paradójico. El todo que es Dios en todas las cosas es el deseo -el eros- de cada cosa de ser Dios, de regresar al Uno, al Bien supraesencial que les ha dado su ser y su intelección. Así podemos entender de nuevo esta frase: el amor es saber que el Uno es todo y la sabiduría es saber que uno es nada. Esta intuición mística también ha sido experimentada, acaso más como un atisbo que como una realización, por algunos poetas. Emerson escribió: "Desde adentro o desde afuera, una luz brilla a través de nosotros hacia las cosas, y nos hace conscientes de que no somos nada, pero esa luz es todo". Y la poeta chilena Teresa Wilms Montt, dijo: "Amo la Nada, porque la Nada es Todo, y el Todo soy yo cuando pienso y amo".