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Así es como el lugar que ocupas entre tus hermanos determina tu personalidad

Ciencia

Por: pijamasurf - 11/26/2018

Un elemento crucial (pero enigmático) para el desarrollo de la personalidad

Una de las grandes contradicciones de la naturaleza humana es la división inherente en la que vivimos, a lo largo de toda nuestra vida, entre nuestro origen animal y la evolución de nuestra inteligencia. Ambos elementos nos constituyen como seres vivos, pero el desarrollo de la inteligencia nos llevó a formar conceptos elevados sobre nosotros mismos, de tal modo que nos habituamos a perder de vista aquello elemental que también determina lo que somos.

En este sentido, la crianza es posiblemente el período de la vida más crucial de todos por los que pasa el ser humano. Todo aquello que está implícito en el nacimiento de un nuevo individuo de la especie humana hace de este un hecho asombroso, improbable: la inmadurez con la que nacemos, la vulnerabilidad, la necesidad de terminar nuestro desarrollo fuera del vientre materno, la dependencia que establecemos con respecto a otros individuos de nuestra especie (padre, familia, comunidad, etc.). En cierta forma la cría de la especie humana lo tiene todo en contra, y sin embargo, evolucionamos para sobrevivir.

No es para nada casual, entonces, que la infancia y las condiciones en las que ésta se desarrolla marquen la pauta del tipo de existencia que tendrá una persona. Sigmund Freud fue sin duda uno de los pensadores que con mayor lucidez estudiaron este fenómeno amplio, pero ciertamente no ha sido el único. De hecho, no podría ser el único, pues entre la multitud de factores presentes en la crianza de un ser humano, ¿cómo esperar que un solo observador sea capaz de ponderar el efecto que cada uno tiene en la formación de una personalidad?

En ese sentido, uno de los elementos que más han llamado la atención a lo largo de la historia de la ciencia y la cultura ha sido el lugar que ocupa un individuo en el orden de nacimiento de los hijos de una familia. La civilización humana ha dado una importancia capital al primogénito, por ejemplo, o al hijo varón. También, desde un punto de vista muy elemental, podemos suponer que un hijo no será criado de la misma manera cuando es único que cuando es el último entre seis o siete hermanos. Si las condiciones cambian, los resultados también, necesariamente.

Justamente un contemporáneo de Freud, Alfred Adler (conocido sobre todo por su idea del “complejo de inferioridad”), estudió las consecuencias en la personalidad que se derivan de dicho orden de nacimiento. Según sus observaciones, el hijo mayor es proclive a la neurosis y el autoritarismo, sobre todo en familias donde haya varios hermanos, pues el nacimiento de cada uno de éstos significó para el primogénito un desplazamiento de su posición prioritaria, acompañado de una entrega de responsabilidades por parte de los padres. En contraste, para Adler el hijo menor (o “benjamín”, como también puede decirse en español, en alusión al último hijo del patriarca bíblico Jacob, fundador de las “12 tribus”) se caracteriza por su carencia de empatía, mientras que los hijos intermedios suelen tener un carácter más equilibrado y una personalidad exitosa, rebelde e independiente. Cabe decir que Adler mismo fue el segundo de siete hijos.

En tiempos más recientes, Catherine Salmon, investigadora en la Universidad de Redlands, en Estados Unidos, llegó a la conclusión, luego de diversos estudios, de que el lugar en que una persona nace dentro de una familia incide en al menos un aspecto: la prioridad con que establece sus relaciones. Según ella, el hijo primogénito y el benjamín suelen tener relaciones más estrechas con sus padres o con su familia en general, mientras que los hijos intermedios presentan una mayor facilidad e interés para establecer vínculos fuera del círculo familiar.

Que los hijos mayores sean más cautelosos quizá se explique por la primera experiencia de paternidad y maternidad que su nacimiento supone para sus progenitores. No hay una forma correcta de criar a un hijo, menos aún en el caso del ser humano, y es del todo comprensible que los padres cometan mil y un errores en la educación de sus hijos. En ese sentido, ¿cómo no esperar un exceso de celo y precaución en la primera experiencia de crianza? ¿Cómo no entender a dos individuos primerizos que tienen frente a sí una criatura a todas luces frágil y dependiente?

Es posible que ese cuidado vertido en el primogénito también los haga más altos y más proclives a la obesidad. Sobre la estatura existen numerosas investigaciones que respaldan la relación entre la condición de hijo mayor (o único); por ejemplo, la que realizó Wayne Cutfield, de la Universidad de Auckland en Nueva Zelanda, en la cual encontró una diferencia promedio de 2.5cm en la estatura en comparación con sus hermanos.

Sobre la relación con la obesidad, Darren Dahly, epidemiólgo de la Universidad de Leeds, ha sugerido un efecto del estado prematuro del útero en el caso del primogénito en la calidad de nutrición que éste recibe durante el tiempo de gestación, menor en comparación a gestaciones posteriores. En este contexto, el bebé que al nacer experimenta la sensación de estar satisfecho, queda prendido de ésta, al grado de que se inscribe profundamente en su inconsciente, convirtiéndose después en una tendencia a la obesidad.

Curiosamente, aunque más cuidados, los hijos primogénitos o únicos también son más proclives a las alergias y enfermedades respiratorias como el asma, esto según un estudio dirigido por Matthew Perzanowski, de la Universidad de Columbia en Nueva York.

En el caso de las familias con varios hijos, el menor de todos suele desarrollar una personalidad inclinada a la aventura, el riesgo y la exploración. Al menos a eso apunta un estudio hecho por dos investigadores de la Universidad de California en Berkeley, Frank Sulloway y Richard Zweigenhaft, quienes encontraron que existe una probabilidad elevada de encontrar a hijos menores entre los practicantes de deportes extremos y, por otro lado, que entre dos hermanos que participan en un partido de béisbol, el hermano menor intentará robar una base 10 veces más que el hermano mayor.

En un campo afín, pareciera que dicha tendencia al riesgo de los hermanos menores también puede convertirse en una forma muy peculiar de liderazgo. Un estudio realizado en la Universidad de Leiden, en los Países Bajos, sobre los políticos del país, encontró una relación significativa entre el lugar que éstos ocupan en sus respectivas familias, siendo que el 36% de ellos eran hijos primogénitos contra 19% de benjamines. Curiosamente, cuando se trata de liderazgos revolucionarios, que buscan cambiar verdaderamente las cosas, los hijos menores toman la delantera: otro estudio del profesor Sulloway encontró que mientras que Charles Darwin fue el quinto hijo en su familia, la mayoría de los opositores en su época a la teoría de la evolución eran hijos primogénitos.

¿Será que el orden en el que nacemos nos hace más o menos inteligentes? De acuerdo con una investigación dirigida por Petter Kristensen, de la Universidad de Oslo, los hijos mayores superan en 2.3 puntos (en promedio) a sus hermanos en pruebas de coeficiente intelectual. 

Sin embargo, las conclusiones de esa investigación cambiaron cuando Kristensen analizó el caso de hombres de familias cuyo primogénito había muerto y, por consecuencia, ellos adquirían de facto el estatus de “hermano mayor”; en ese caso, las pruebas de inteligencia arrojaban resultados similares, por lo cual el investigador concluyó que más que el orden en que se nace, lo que importa es el lugar cultural que se ocupa en el marco de una familia, una comunidad o una sociedad.

En ese sentido, es claro que todas estas son perspectivas que pueden ponerse a debate. En el caso del ser humano, la influencia del factor cultural nunca puede subestimarse, pues su peso es tanto y ha demorado tantos siglos en formarse, que el medio cultural en el cual nacemos se convierte en una segunda naturaleza para nosotros, y acaso cabría decir que es nuestra naturaleza definitiva, la más auténtica, aun si en el fondo todo surgió como una impostura.

 

Con información de New Scientist

 

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Aunque el ser humano es un ser social, el contacto corporal no le agrada a todo el mundo

Puede parecer o no increíble, pero lo cierto es que el contacto corporal no es recibido de la misma manera por todas las personas. En algunos casos, esta diferencia se origina en la cultura: como es sabido, algunas sociedades son más reservadas que otras, mientras que en algunas el cuerpo es un protagonista de todo tipo de intercambio social. 

Sin embargo, el contexto cultural podría no ser la única causa que explique las formas tan variadas en que una persona se expresa a través del cuerpo y, más particularmente, la dificultad o franca molestia que un individuo puede sentir al ser tocado espontáneamente por alguien más, incluso cuando se trata de un contacto afectuoso o amistoso. Hay quienes experimentan cierta incomodidad cuando reciben un abrazo, incluso si viene de alguien en quien confían y a quien quieren.

Este peculiar fenómeno ha sido explicado por un estudio realizado por los investigadores suecos Lena M. Forsell y Jan A. Åström, quienes analizaron el fenómeno del abrazo según se expresa en distintas culturas, así como la historia del gesto y sus efectos en términos psicológicos e incluso bioquímicos, para entender desde esa perspectiva todas las circunstancias implícitas en algo aparentemente tan sencillo como la acción de abrazar a alguien.

En ese análisis, los investigadores notaron que la reacción que una persona tiene frente a los abrazos está relacionada directamente con el entorno familiar donde creció. 

De entrada, los niños que crecen en familias que no suelen practicar las demostraciones de afecto mediante el cuerpo repiten ese mismo patrón con otros niños y aun con los adultos con quienes tienen trato, al menos en los primeros años de infancia. 

Sin embargo, al crecer puede ocurrir un fenómeno peculiar. Como señala Suzanne Degges-White, profesora de pedagogía en la Universidad del Norte de Illinois, en vez de preservar dicha conducta de reticencia frente al contacto corporal, los niños que crecieron en dicho contexto experimentan cierta “sed” y entonces se vuelven hacia el extremo opuesto, esto es, desarrollan la necesidad de acompañar toda muestra de afecto de algún gesto, desde un abrazo hasta una palmada en el hombro o algún otro ademán de ese tipo.

Con todo, es necesario tomar en cuenta que el ser humano, en tanto primate, es un animal social. Nuestros antepasados sobrevivieron gracias a la capacidad de formar comunidades y evolucionaron también por la fortaleza que encontraron en esa comunión. Sin duda, ese elemento también explica la necesidad de contacto corporal que experimentamos a lo largo de nuestra vida.

 

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