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Las 7 razones por las cuales los españoles están por convertirse en los más longevos del mundo

Buena Vida

Por: pijamasurf - 11/06/2018

Los españoles vivirán 85.8 años en 2040, lo cual asombra a los ingleses, pues los ibéricos beben y fuman más

España será el país con más esperanza de vida en el año 2040, superando a países escandinavos y a Japón (el país que actualmente encabeza la lista). Un estudio publicado en The Lancet muestra que en 2 décadas, los españoles vivirán en promedio 85.8 años. Mientras tanto, se proyecta que los británicos vivan 83.3 años, ocupando el puesto 23 de las 195 naciones analizadas. 

Por eso el Times de Londres ha publicado una lista (bajo paywall) en la que intenta explicar qué hace que los españoles tengan tanta esperanza de vida, por qué pese a que beben y fuman más que los británicos vivirán más. Esta lista es rescatada por El País, y, aunque es especulativa, da una buena impresión de por qué la salud es más que sólo comer bien y ejercitarse -si bien, eso es importante-; tiene que ver, de manera fundamental, con las relaciones humanas.

 

1. El paseo 

Los españoles van menos al gimnasio que los británicos, pero hacen paseos. ¿Será que hacer agradables paseos en la naturaleza o en las calles, acompañados y disfrutando del escenario, es más sano que ir al gimnasio para estar fit?

 

2. La dieta mediterránea

La conocida dieta mediterránea de vino, aceite de oliva y otras bondades y secretos (como el romero) ha sido documentada como una de las más sanas del mundo. Supera, sin duda, al fish & chips.

 

3. La siesta 

España es famosa por sus siestas. Hace hace algunos años esto era más común, hasta el punto de que a la hora de la siesta todo estaba cerrado, pero de cualquier manera los españoles lo practican mucho más que los británicos, aunque ya sólo sea el 18%. Y la siesta tiene notables beneficios para el cerebro.  

 

4. Horario laboral más largo, pero con más descanso 

En España se trabaja más horas pero se lleva el día más relajadamente, con más descansos.

 

5. Hacer más y mejor el amor 

Un estudio de OnePoll en el que participaron 15 mil mujeres determinó que los españoles son los mejores amantes del mundo (después de todo, allí se originó la leyenda de Don Juan, aunque éste era más bien lo que hoy llamaríamos un patán). Y las mujeres españolas tienen sexo 2.1 veces por semana; más que las británicas, que sólo lo hacen 1.7 veces.

 

6. Palabras más felices   

Como notó Wittgenstein, el lenguaje determina el mundo en que vivimos. Al respecto, en un análisis de textos en 10 lenguas se encontró que el español tiende a ser el idioma en el que se usan más palabras alegres (si bien, para el estudio no se hizo distinción entre los diferentes países de habla hispana). 

 

7. Tapas por la noche

En teoría, la idea de "tapas por la noche" supone que los españoles cenan en cantidades menores. Como dice el refrán: "De grandes cenas están las sepulturas llenas". Pero más allá de esto, quizá la razón esté en que salir con amigos en la noche es una de las claves de una larga y buena vida, pues las relaciones íntimas son el factor más importante de la longevidad, como se demostró en un famoso estudio de Harvard.

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El arte del hosting: curaduría de sensaciones, generosidad y exquisitez

Buena Vida

Por: pijamasurf - 11/06/2018

El arte de ser un gran host requiere de exquisitez y generosidad que no suelen ser apreciadas

El arte -y es que realmente es un arte- de ser host o anfitrión es uno de los menos apreciados, y por ello también, uno de los más generosos. A diferencia de otros "artistas", el host no produce obras duraderas, que puedan ser revisitadas y analizadas a posteriori; trafica en el arte de los instantes y las sensaciones, en el calor y el placer del momento.

Algunos podrían desestimar el hosting como algo efímero y superfluo, pues aparentemente no se ocupa de los grandes temas y las profundidades artísticas. Pero esto sería un error de apreciación, pues el host es el artista que permite que el arte suceda: el arte de la vida, que es siempre una especie de ágape o banquete. El host trabaja al servicio de la belleza y del placer; de los momentos memorables en los que se estrechan los lazos entre las personas y se logran las grandes epifanías, esos clics del espíritu. Pues, como contestó el gran etnobotánico Terence McKenna cuando le preguntaron cuál era el sentido de la evolución humana, "crear una buena fiesta" es la cumbre de la existencia terrenal. Una buena fiesta debe incorporar todos los ámbitos y aspectos de la existencia, todas las bellas artes, tanto lo apolíneo como lo dionisíaco (el orden y el caos energéticos), tanto el drama como la comedia de la vida y, en ocasiones, por lo menos permitir la posibilidad de lo trágico -la tragedia que logra encontrar cierta catarsis o, al menos, alguna poesía crepuscular-.

El buen host es un curador de sensaciones, de momentos, de atmósferas, de happenings. Se trata de que una cierta experiencia colectiva, de que algo que fue imaginado -pero que no se puede realizar más que en la conjunción y confluencia de innumerables factores contingentes- suceda. Y debe suceder como gratuitamente, con desenfado, como si nada. Ese es el arte de la elegancia: ante el más extremo apremio y presión, la ligereza. Para lograr todo esto, el host debe ser a la vez invisible y omnipresente. Debe crear el espacio para que los otros puedan ser y a la vez siempre estar disponible, listo para reconducir el evento o mantener el delicado equilibrio de la obra a flote.

El buen host debe tener sensibilidad estética y tacto humano; debe haber leído, pero sobre todo, saber leer a las personas. Más que saber hacer cócteles, debe saber cómo se mezclan ciertas personas, debe entender de reacciones químicas humanas. Debe haber cultivado el gusto, tanto de su paladar como de su mirada. Un buen host debe pensar en la obra como conjunto, en la realización de la idea general, y a la vez tener la más minuciosa atención al detalle. Debe tener una filosofía de la buena vida, una alegría, un amor a la abundancia, a la infinita circulación de la vida. Más que evitar el dolor, debe de afirmar el placer; no es estoico, es epicúreo. Debe creer en que todo se puede hacer en el nombre del deleite (de hecho, su religión es el deleite). Y debe ser magnánimo, capaz de donar su tiempo y su atención -a veces invirtiendo horas, e incluso días, para que sea posible un único momento-. Como los monjes budistas que construyen elaborados mandalas de arena durante días, sólo para luego contemplarlos y destruirlos, el buen host debe apreciar la belleza de lo impermanente, la poesía de lo inasible.  

Especialmente, el buen host debe ser generoso, pues esta es la esencia de la hospitalidad. Un host es quien abre un lugar, y para realmente abrirlo, debe abrir también su corazón. Que los que disfrutan de un buen anfitrión se regocijen y agradezcan. 

 

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