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En 1619, René Descartes fue visitado en sueños por lo que llamaría "el espíritu de la verdad", un espíritu o genio que sería la inspiración para desarrollar su famoso "método"

La noche del 10 de noviembre de 1619 ocurrió uno de los episodios decisivos en la historia de la ciencia moderna; no pocos lo han descrito como su episodio fundacional. Algo así como el famoso momento fundacional del Renacimiento cuando Petrarca escaló el monte Ventoso, movido por la admiración de la naturaleza, y en la cima abrió las Confesiones de San Agustín, sólo para encontrar su estado interno de asombro reflejado en el espejo del texto. Esta vez ocurriría en un sueño (o en tres sueños), y habría también un texto.

En 1619, René Descartes tenía 23 años y, por lo que sabemos de sus cartas a Beeckman y de su biógrafo Baillet (Vie de Mr. Descartes, 1691), se encontraba desilusionado por una educación solamente libresca y decidió viajar por Europa para conocer el mundo. En esos momentos ya le había nacido el deseo, no poco grandioso, de crear "una nueva ciencia, a través de la cual todos los problemas que puedan ser postulados, en lo relativo a cualquier cantidad, continua o discreta, puedan ser resueltos". El filósofo se encontraba estacionado en Ulm, curiosamente la ciudad donde nacería Albert Einstein, unos 250 años después. En los días anteriores su mente había sufrido una cierta agitación e incluso un "entusiasmo" (palabra que significa llevar a Dios a dentro, una manía divina). Antes de dormirse, la noche del 10 de noviembre, según Baillet, "el genio que lo estaba excitando" le había predicho los sueños que iba a tener. Este genio que Descartes llamara el "espíritu de la verdad", y que algunos luego llamarían el "ángel de la verdad", merece recalcarlo, le había advertido que sus sueños habrían de ser reveladores.

En el primer sueño de una noche tan memorable como agitada su "imaginación se vio perturbada por la representación de unos fantasmas" que lo asustaron tanto que le hicieron, en la lógica del sueño, salir a la calle, orillándolo a caminar hacia el lado izquierdo, porque sentía una gran debilidad en su lado derecho (detalles que luego serían extensamente escudriñados por psicoanalistas). Cuando intentaba rectificar su penoso paso, fue sacudido por un torbellino que lo hizo girar, como un huracán, varias veces sobre su pie izquierdo. Sacudido, avistó una iglesia y fue hacia ella, con la idea de ir a rezar. Entonces un hombre se acercó a él y lo interpeló de manera formal, diciéndole que Monsieur N tenía algo que darle. Era un melón de un país extranjero (otro enigmático detalle, alimento mental para psicólogos). La intensidad del viento disminuyó y se despertó pensando que tal vez un genio maligno lo quería seducir.

En el ínterin, Descartes rezó y le pidió a Dios que lo absolviera. Luego, según cuenta Baillet, volvió a dormirse. El segundo sueño es bastante extraño y puede que ni siquiera sea un sueño, sino tal vez un fenómeno hipnagógico o un estado liminal de sueños dentro de sueños. En su sueño un sonido explosivo, como un relámpago, lo estremeció. Esto hizo que se "despertara". Abrió los ojos y notó numerosas centellas de fuego dispersas por toda su habitación. Baillet dice: "esto le había pasado en otras ocasiones", pero en esta ocasión observó con detenimiento este fenómeno, y lo hizo a la luz de su "razonamiento extraído de la Filosofía". No sabemos bien qué quiere decir esto, pero sugiere una cierta cualidad contemplativa y una cierta "psiconáutica" analítica, de quien sería el padre del racionalismo. El terror se disipó y volvió a dormir.

El tercer sueño no fue una pesadilla. En él, Descartes encontró un libro en su mesa y lo abrió, notando que era un diccionario. Al mismo tiempo observó un segundo libro, una antología de poesía latina, Corpus Poetarum. Lo abrió en un verso que decía "Quod vitae sectabor iter?" ("¿Qué camino de vida debo seguir?"). En ese instante apareció un hombre desconocido que le mostró un verso que empezaba "Est & Non" ("Sí o No"). Era un idyllis de Ausonius. Se lo intentó enseñar al hombre pero, para su vergüenza, no lo encontró en el libro. Le dijo al hombre que conocía otro poema, del mismo poeta, que empezaba "Quod vitae sectabor iter?". Sin lograrlo, finalmente el libro y el hombre desaparecieron. Sin embargo, Descartes no despertó sino que se dispuso a interpretar su sueño mientras soñaba, algo que Baillet califica como una cosa extraña (pues ciertamente no conocía los ahora llamados "sueños lúcidos"). Descartes consideró que "el Diccionario significaba nada menos que todas las ciencias juntas" y que los poemas indicaban "la Filosofía y la Sabiduría unidas" y por último, que la frase "Quod vitae sectabor iter" "era un buen consejo de una persona sabia, o incluso Teología Moral".

Al despertar, nuestro incansable filósofo siguió interpretando el sueño y notó que el Sí y el No, "que era el sí y el no de Pitágoras, debía entenderse como la verdad y la falsedad en el conocimiento humano y en las ciencias seculares". ¿Un esbozo de su método? Descartes se convenció a sí mismo, según Baillet, de que "era el Espíritu de la Verdad el que había querido abrirle los tesoros en su sueño". Durante el sueño había visto unos retratos en unas placas de cobre que permanecieron sin resolución, pero sólo hasta el día siguiente, cuando un pintor italiano lo visitó, lo cual Descartes conectó de alguna manera con su sueño. El melón lo interpretó como "los encantos de la soledad, pero presentados por las puras solicitudes humanas". El viento como un genio maligno, "que lo quería llevar forzosamente hacia un lugar (a la Iglesia) donde planeaba ir voluntariamente". El relámpago, como una "señal del Espíritu de la Verdad que descendía en él para poseerlo". El padre de la duda metódica no dudaría del origen divino del sueño y de su categórica revelación.

En su interpretación del tercer sueño diría que "los poetas han escrito por entusiasmo y por el poder de la imaginación" y obtenido las "semillas del conocimiento, como en una centella", algo que los filósofos extraen "a través de la razón", pero el conocimiento de los poetas "brilla más". Quizá una referencia a las centellas del Espíritu que se esparcieron en su habitación, una forma de inspiración. Sorprende, sin embargo, que Descartes considerara en cierta forma superior a la poesía -con sus aspectos irracionales- por sobre la filosofía (y con filosofía, a la ciencia, pues en ese entonces la ciencia no era más que la filosofía natural).

Al día siguiente Descartes le rezó a la Virgen María y le prometió hacer una peregrinación a Loreto, la cual cumplió 5 años después, lo cual sugiere que la impresión del evento onírico profético fue duradera, como señala Jacques Maritain. 

Leibniz escribiría sobre esto: "Descartes dedicó sus energías al estudio por largo tiempo en la escuela jesuita de La Flèche, y siendo un hombre joven decidió reformar la Filosofía después de unos sueños y mucho cavilar sobre el quod vitae sectabor iter de Ausonius". Comte consideró que era un tanto perturbador encontrar el origen de la filosofía moderna en "un episodio cerebral" (la filosofía que sería la ciencia). Hugyens y otros hombres de la ciencia incluso se avergonzarían de tal origen místico para su disciplina.

Gregor Sebba, en su ensayo The Dream of Descartes, considera que se pueden leer en el sueño algunos indicios de lo que sería el método de Descartes:

surgió el reconocimiento de que el progreso científico no podía ir de manera aleatoria y sin un sistema -debía de haber un método a través del cual todas las cuestiones que podían responderse fueran respondidas con certeza-. Pero un método -en griego methodos- es un camino que uno toma.

Sebba lee como el macrotema del sueño justamente la vocación de Descartes y el sendero es tanto el sendero que él debía llevar en la vida personal como en su obra, su método. Y el segundo sueño, la visión de las centellas, según Sebba, es una iluminación, en el sentido de la "Ilustración", el "Siglo de las Luces", las luces "que se convirtieron en las posturas y experiencias de los filósofos del siglo XVIII". Paradójicamente, esas "luces" tenían una fuente divina metarracional, aunque acabaron convirtiéndose en la entronización de la Razón, como la divinidad que acabaría con lo divino. El Logos que negaba su origen celeste.

Theodore Roszak, en el capítulo que le dedica al "Ángel de Descartes" en The Cult of Information, reflexiona sobre el curioso destino de la ciencia y el pensamiento moderno, puesto que fue fundada por un salto de la razón, por un momento de entusiasmo angelical o, por lo menos, por un modo de pensamiento altamente imaginativo, pero que en su método ha abolido y desconocido tal posibilidad. La filosofía (y en este caso estamos hablando también siempre de la ciencia), con su obsesión por los procedimientos lógicos, ha dejado de lado:

ese aspecto del pensamiento que la hace un arte más que una ciencia, o una tecnología: el momento de inspiración, el misterioso origen de las ideas. No hay duda de que el mismo Descartes tendría dificultades en decirnos por qué puerta de la mente había entrado el ángel a su pensamiento. ¿Puede alguno de nosotros decir de dónde vienen esos destellos intuitivos?

¿Acaso de la glándula pineal, esa glándula que, según el mismo Descartes, secreta espíritus? Fuera de broma, esto es algo que merece considerarse seriamente, que "el ángel que ha iluminado la mente de grandes científicos con una visión de la verdad tan atrevida como la de Descartes rara vez ha recibido crédito". Y es que pocos científicos se atreverían a decir que muchas de las grandes ideas no parecen venir de su sobrio "método", sino de sueños, fantasías, momentos de inspiración divina, entusiasmo, experimentación con sustancias psicodélicas y demás. Y es que tales estados subjetivos, aunque no necesariamente sobrenaturales, sí son por lo menos misteriosos para una ciencia que, por no poder incrustar en su método todo aquello que no puede ver y medir -incluyendo la conciencia-, prefiere hacer como si no existieran o fueran una molestia propia de la existencia humana, a la cual no se debería prestar demasiada atención y que eventualmente debería ser eliminada. Como diría Richard Feynman, "Shut up, and calculate!".

Esto, por supuesto, no significa que Descartes realmente haya sido visitado por el ángel de la verdad. Eso es algo que nos es prácticamente imposible afirmar o refutar. Lo que es interesante es que él mismo, el gran filósofo, que es considerado junto con Francis Bacon el gran padre de la ciencia moderna, del método científico analítico y de la modernidad racionalista, pensara que había sido visitado por el espíritu de la verdad, por una inteligencia sobrenatural, divina, que le aclaró su sendero en la vida y que le dio las bases, si bien de manera enigmática, para crear su "nueva ciencia, a través de la cual todos los problemas que puedan ser postulados, en lo relativo a cualquier cantidad, continua o discreta, puedan ser resueltos". Existe, como notó también Terence McKenna, una profunda antinomia en las raíces de la ciencia, que se considera a sí misma una "metateoría, capaz de juzgar a todas las otras teorías", las cuales deben someterse "a la ciencia para que ésta les diga si son reales". Como nota McKenna, la ciencia no es distinta en esto a la religión. Toda su fundación y evolución se ha dado dentro de un marco de pensamiento religioso y no sólo por el sueño de Descartes, sino por numerosos otros grandes científicos que creyeron encontrar reflejadas en las leyes de la ciencia la voluntad y la inteligencia de Dios. Como dice McKenna, llama la atención que las cosas que "reclaman tener sus raíces en la más pura racionalidad, suelen tener raíces totalmente irracionales", respondiendo frecuentemente a voces invisibles, como el mismo Sócrates, ese otro "padre" de la filosofía que se guiaba por la voz de un daemon, un genio que le dictaba qué era lo correcto, y que no vacilaba en dejarse poseer por ninfas y otras divinidades. "No nos importa que los artistas hablen con los ángeles", dice McKenna, "pero que una empresa como la ciencia moderna tenga que rastrearse a las mismas raíces extáticas nos debe de decir que el mundo es más extraño de lo que suponemos y que debemos abrir nuestra mente".

El científico materialista moderno dirá que la ciencia ha avanzado mucho, incluso que se ha "superado" mucho desde el tiempo de Descartes y éste avance ha hecho que también se superen las inmaduras creencias de fundadores como Descartes, Bacon o Newton. Pero pese a todos sus avances no ha logrado explicar aquello que es más significativo para el ser humano, y de hecho nunca lo podrá hacer, porque no es su campo, o al menos no es el campo del método científico objetivo (queda para otra ocasión discutir la posibilidad de la ciencia subjetiva, como William James intentó hacer). La conciencia permanece un misterio y con ella la vida después de la muerte, el origen del ser, el destino o la finalidad del hombre y del cosmos, etc. El problema no estriba en que la ciencia no pueda responder a estas preguntas, sino en que, en el delirio megalomaníaco de su método, pretenda proyectar su visión materialista -que es una metafísica de buró- sobre toda la realidad e invalidar y escarnecer toda exploración de lo sobrenatural, de lo invisible, de lo espiritual. Descartes, pese a haber sido ayudado por su ángel de la verdad, en su Discurso del método cerraría la puerta al conocimiento de lo divino, argumentando que "las verdades reveladas que llevan al cielo están más allá de nuestra comprensión". El hombre habría de dedicarse únicamente a lo que puede medirse y poseerse con la razón. Con esto dejaba fuera todo el misterio de la existencia y aquello que más profundamente mueve al ser humano. Y quizás traicionaba al ángel de la verdad, que ahora se revelaba como un genio engañoso y egoísta, pues lo único importante era aquello que estaba en nuestro poder. Toda la naturaleza -pura res extensa- se disponía ante nosotros como un cuerpo inerte en un laboratorio, listo para ser analizado y fragmentado en mil pedazos. Chesterton escribió en Orthodoxy: "El hombre demente no es aquel que ha perdido su razón. El hombre demente es aquel que ha perdido todo menos su razón". Me pregunto si acaso no es ésta la condición del hombre moderno que profesa el culto del materialismo científico y que ha hecho de la razón cartesiana la única divinidad.

 

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Citas y referencias adicionales: The Dream of Descartes, de Jacques Maritain y Descartes's Dreams, de Alice Browne

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Haciendo una conexión entre la experiencia cercana a la muerte de Carl Jung y del teólogo ruso Sergii Bulgakov, llegamos a una imagen de la muerte como una experiencia de unión mística y revelación: un microcosmos apocalíptico

Las experiencias cercanas a la muerte son uno de los fenómenos que no han podido ser explicados de manera satisfactoria por la ciencia desde un paradigma materialista, en el que se identifica el cerebro con la conciencia. Como dice el doctor Bruce Grayson, quien ha estudiado por décadas estas experiencias en la Universidad de Virginia, ante estos relatos la ciencia se enfrenta con el hecho asombroso de que las personas reportan una función mental aumentada en un evento en el que su cerebro debería encontrarse en un estado de funcionamiento reducido, cuando no simplemente inerte, sin ninguna posibilidad de tener una experiencia consciente. Pese a estar clínicamente "muertos" o en estado de coma, algunas personas llegan a experimentar visiones beatíficas, estados de unión mística, percepciones de fenómenos simultáneos (como si el tiempo no existiera) e, incluso, logran describir eventos que suceden durante su coma o "muerte" clínica y que luego son corroborados por otras personas.

Grayson ha dicho que, más allá de lo fascinantes que pueden ser las descripciones visionarias y las implicaciones que éstas pueden tener para el paradigma  materialista de la ciencia, lo que más le llama la atención es el efecto profundamente transformador que tienen las famosas "near death experiences" (NDE). Como resultado de estas experiencias, las personas  suelen perder el miedo a la muerte (y con ello también a la vida), encontrar propósito y sentido existencial, y en general volverse más abiertas y espirituales. Y esto suele ser algo que los acompaña por el resto de su vida. Esto me hace recordar lo que ha dicho Peter Kingsley, el gran experto en la filosofía de Parménides y su método de "incubación" meditativa: la vida se trata de morir antes de morir. Experimentar la muerte o algo que realmente comunique la esencia de la muerte y ponga a prueba al espíritu... y seguir viviendo. Una especie de petite résurrection.

En los últimos años se han documentado numerosos y fascinantes casos de experiencias cercanas a la muerte. Uno de los más notables fue el del doctor Eben Alexander, un neurocirujano de Harvard que tuvo una experiencia tan intensa que después de ella, en el furor de una prolongada euforia, escribió un libro asegurando que el cielo existía y que él tenía las pruebas. Sin duda, quien se interesa por investigar y debatir la explicación científica de este tema hará bien en revisar estos casos, especialmente el trabajo del doctor Grayson. A mí lo que me interesa, sin embargo, es el sentido filosófico y sobre todo poético de estos encuentros íntimos con la muerte. Y para ello quiero traer a colación dos casos de grandes personajes del siglo XX, quienes vivieron inolvidables experiencias cercanas a la muerte. Uno es el padre Sergii Bulgakov, considerado por muchos el más grande teólogo de la Iglesia ortodoxa del siglo XX y el principal sistematizador de la sophiología, el otro es el psicólogo suizo Carl Jung.

 

Una visita del ángel guardián

Bulgakov tuvo dos experiencias cercanas a la muerte, en 1926 y en 1939, y además sufrió la muerte de su pequeño hijo Ivan, lo cual también fue importante en su comprensión espiritual y cristológica de la muerte. Bulgakov escribió sobre estas experiencias en su ensayo Sophiología de la muerte y en su libro sobre los ángeles: La escalera de Jacob. Según glosa el teólogo Andrew Louth, Bulgakov entendió su acercamiento a la muerte como:

un evento solitario en el que se experimenta de forma novedosa la presencia del ángel guardián... la soledad se experimenta como la presencia del pecado, en una hoguera en la que uno perecería, pero donde se encuentra una cierta frescura.

Una frescura, un alivio, que viene de la presencia del ángel guardián. Para Bulgakov, el ángel guardián o ángel de la guarda es "un amigo espiritual" creado al mismo tiempo que el alma, "en la posibilidad del amor divino", el cual puede conocerse solamente cuando el alma entra en un estado de pureza y silencio, "cuando es colmada de luz y lavada por los rayos de la inmortalidad, entonces, lo siente inclinarse con inexpresable amor, un ser tan cercano, similar, tierno, calmo, amoroso, fiel, sereno, afectivo, luminoso...". El ángel guardián ejerce una sutil pedagogía celeste, sin nunca llegar a la coerción, sólo sugiriendo e influyendo a través de una bondadosa presencia invisible que puede despertar el "conocimiento de nuestro yo superior".

Cuando Bulgakov estaba enfermo, rodeado de sus seres más cercanos, en lo que ya había sido preparado como su lecho de muerte, tuvo una visión en la que ingresaba a un mundo beatífico, bañado por una luz divina, donde se le acercó un "compañero": su ángel guardián, quien le dijo que debía regresar. Era enviado de vuelta a la vida, pues su tiempo no había llegado aún. Pero era regresado no sin antes obtener una visión inefable, la cual prefirió no describir. Esta experiencia, según cuenta Louth, lo marcó hasta el punto de que Bulgakov la recordaba todos los días y vivía cada día como si fuera el último de su vida. La hermana Joanna Reitlinger, quien tenía a Bulgakov como supervisor espiritual, cuenta que celebraba sus sermones como si fueran todos el último y tenía la disposición de nunca dejar un conflicto sin resolverse antes del atardecer. Joanna señala que Bulgakov se movía ya en sus últimos años con un aire de santidad. Sergii Bulgakov murió en julio de 1944 de cáncer en la garganta, en la ciudad de París, 1 día después de la fiesta ortodoxa de Espíritu Santo, justo el aniversario de su ordenación como padre. El día antes de morir, él mismo presidió una liturgia. 

Después de contar la historia de Bulgakov, Louth nos regala una deliciosa conexión, apenas sugerida, la cual le viene de otro teólogo ortodoxo, Olivier Clément. Clément narra una bella leyenda, "posiblemente originada en Medio Oriente", en la que se cuenta que "justo cuando alguien va a morir, Dios envía al ángel de la muerte para que tome su alma. Este ángel tiene las alas cubiertas de ojos", como el querubín de la visión del profeta Ezequiel. En ocasiones, quizá porque él o ella es muy necesitado todavía en la Tierra ( o "por una lágrima o una plegaria"), Dios modifica su orden "y llama de regreso al ángel". Entonces el ángel desprende un par de ojos de sus alas "y se los da a quien, regresando de la muerte, ahora ve todas las cosas con esos ojos". Clément agrega: "Esa mirada transparente: ¿acaso no es la que deberíamos buscar siempre?".

¿Acaso Sergii Bulgakov obtuvo de su experiencia cercana a la muerte esa "mirada transparente", la mirada del ángel que tal vez le brindó los ojos de sus alas, el ángel que sólo puede conocerse en el silencio y en la luz, en la resonancia virginal del alma? La historia es realmente hermosa, pues para la tradición cristiana los ángeles son los "mensajeros" justamente porque tienen impreso en su esencia el "mensaje" primordial de la creación -la gloria divina-, puesto que ellos gozan en la eternidad de la visión de Dios, más o menos cerca o con más o menos claridad y plenitud según su lugar en la jerarquía celestial. Es adecuado, entonces, que los ángeles sean los dadores de visión, de esa visión que es "la paz que da el entendimiento de todas las cosas" (y viceversa: el entendimiento que da la paz perpetua). E igualmente apropiado es que esos ojos sean los ojos de sus alas. Pues la misma visión celestial eleva: es, como la belleza, de naturaleza anagógica. Y el alma en la Tierra, al recordar, como por una anamnesis platónica, vuelve a las alturas celestiales, su visión la remonta a ese estado beatífico supratemporal donde se hace realidad "la posibilidad del amor divino". Todo esto, por otro lado, es una forma poética de explicar ese hecho que el doctor Greyson considera el más relevante de las experiencias cercanas a la muerte: que transforman de manera radical la visión que tienen la personas del mundo. Esa mirada transparente. ¿O cómo de "berilio resplandeciente", como en el carro angélico de Ezequiel?

 

La boda mística al fin del tiempo: el universo como un jardín de granadas

En 1944 -el año en el que murió Bulgakov- Jung sufrió un infarto cardíaco y experimentó lo que bien podemos llamar una "experiencia cercana a la muerte", acompañada de una serie de visiones similares a las que se encuentran en la literatura médica, si bien con el añadido de la gran riqueza imaginativa y asociación simbólica que caracterizó al psicólogo suizo. Jung cuenta haber tenido una especie de desdoblamiento en el que primero empezó a ascender por encima de la tierra, viendo los mares y desiertos del planeta. Cuando estaba flotando en el universo, una piedra llamó la atención de Jung -quien, después de todo, era un moderno alquimista en busca de "la piedra"-. La piedra era un templo en el que había un hombre indio en estado de absorción meditativa sobre un trono de loto. 

Cuando se acercaba a los peldaños de la entrada, Jung sintió cómo toda su existencia se borraba, sus cuitas, deseos y apegos se desembarazaban; esto era algo doloroso, pero a la vez aliviante:

No existía ya nada que yo pretendiese o desease, sino que permanecía, por así decirlo, objetivo: era esto lo que había vivido. Es verdad que primero predominó la sensación de la aniquilación, de ser arrebatado o de ser despojado, pero repentinamente también esto pasó. Todo parecía expirado, quedaba un fait accompli, sin relación alguna con lo antiguo.

Mientras sucedía esto, y Jung tenía la sensación de que iba a "encontrar las respuestas a todas cuestiones" que se habían quedado sin respuesta, algo le llamó la atención. Desde abajo, "desde Europa, se elevó una imagen. Era mi médico". Su médico, que se le aparecía como un monarca del templo de Kos, la ciudad donde Esculapio tenía su templo y donde nació Hipócrates, lo llamaba y le decía que no debía abandonar la Tierra. Su médico estaba como transfigurado en el arquetipo de la medicina. "Me sentía profundamente desilusionado; pues ahora todo parecía haber sido en vano. El doloroso proceso de 'exfoliación' había sido inútil y no me estaba permitido ir al templo y ver a los hombres a los que yo pertenecía". Después de esto, Jung estuvo 3 semanas en convalecencia, sin ganas de vivir. Pero, además, sentía una gran preocupación porque misteriosamente le había llegado el conocimiento de que el médico debía morir en lugar de él (y así fue, según cuenta). Jung le intentaba decir lo que estaba sucediendo pero se dirigía a él como si fuera un "basileus Kos", lo cual al aparecer no ayudó a transmitir el mensaje. 

Antes de finalmente recuperarse, Jung empezó a tener visiones y  éxtasis en las noches. En el día se sentía miserablemente, pero después de dormir por la tarde, se despertaba sintiéndose como si estuviera flotando en el espacio, "como si yo estuviese oculto en el seno del universo -en un vacío inmenso, pero desbordante de una sensación de máxima felicidad-. ¡Esto es la eterna bienaventuranza, no hay modo de describirlo, es demasiado maravillosa!, pensaba". Una de esas noches, la enfermera que le traía la comida le pareció ser "una anciana judía" que le traía comidas rituales, con un halo azul que iluminaba su cabeza.

Yo mismo me encontraba -así me lo parecía- en el Pardes rimmonim, en el jardín de las granadas y tenía lugar la boda de Tieferet con Malkut. O yo era como el rabí Simon ben Jochai, cuyas bodas se celebraban entonces. Se trataba de las bodas místicas, tal como se representan en la tradición cabalística. No puedo decirles a ustedes lo maravilloso que esto era. Sólo podía pensar incesantemente: "¡Éste es el jardín de las granadas! Ahora son las bodas entre Malkut y Tiferet". No sé exactamente qué papel desempeñaba yo allí. En el fondo se trataba de mí mismo: yo era las bodas. Y mi bienaventuranza era una boda bienaventurada.

Paulatinamente la vivencia del jardín de las granadas fue desvaneciéndose y se transformó. Siguió "la fiesta pascual" en Jerusalén, que estaba solemnemente adornado. No soy capaz de describirlo en detalles. Eran estados de bienaventuranza indescriptibles. Había ángeles y luz. Yo mismo era la "fiesta pascual".

También esto desapareció y se me presentó una nueva representación, la última visión. Ascendía por un amplio valle hasta la cumbre, al borde de una apacible cordillera. El final del valle formaba un anfiteatro antiguo. Se veía extraordinariamente bello en medio del verde paisaje. Y allí, en el teatro, tenía lugar el hierosgamos. Bailarines y bailarinas entraron en el escenario y, en un lugar adornado con flores, ejecutaron el hierosgamos para Zeus, el padre del universo, y Hera, como se describe en la Ilíada.

(Recuerdos, sueños, pensamiento, C. G. Jung)

Las visiones se repitieron varias noches. Según Jung: "Fueron lo más inmenso que he experimentado en mi vida", de una belleza y una intensidad indescriptibles. En comparación con esta altivez espiritual, la vida cotidiana parecía "demasiado material, demasiado grosera, demasiado torpe", hasta el punto de que, aunque las visiones le dieron una "fe revalorizada en el mundo", nunca se libró de la impresión de que la vida material es como una sombra de la eternidad.

Jung cuenta todo esto en sus memorias, escritas poco antes de morir. Fue esta experiencia, señala, la que le dio la fuerza para completar "mis obras principales". "El conocimiento, o la visión del fin de todas las cosas me dieron valor para nuevas formulaciones". Quedaban por escribir sus grandes obras sobre la alquimia, el arquetipo del sí mismo y el problema del mal, Mysterium ConiunctionisAion Respuesta a Job, discutiblemente las obras claves -sin contar el Libro rojo- en la psicología analítica de Jung, que se revela más como una continuación de la tradición de la magia, la alquimia y hasta del gnosticisimo en algunos aspectos.

Lo fundamental de la visión de Jung -y lo que la conecta con Bulgakov*- es que para él la muerte, "el fin de todas las cosas", se reveló como una boda sagrada, una conjunción alquímica de los opuestos, todo el universo un inmenso "jardín de granadas", una especie de tálamo nupcial que se prepara para esa boda. Bulgakov fue más discreto que Jung, pues consideraba que su visión no podía y no debía ser articulada en palabras. Sin embargo, su última obra, La Esposa del Cordero, trata justamente sobre escatología y particularmente sobre la noción cristiana que se encuentra en San Pablo de que Dios será "todo en todos", lo cual relaciona con la visión del Apocalipsis de Juan, el último libro de la Biblia, que cierra justamente con un llamado a ser parte de la boda santa entre el Cordero (Jesús) y su Esposa (la Iglesia). Este matrimonio, para Bulgakov, quien defiende una visión de salvación universal, no estaba limitado a un grupo reducido de "elegidos", era algo destinado para la totalidad de las almas e incluso, en su visión sophiológica, para todo el universo, que habría de sufrir una deificación. Tanto Jung como Bulgakov imaginaban el final de todas las cosas como un eterno matrimonio, oficiado por el Espíritu, de dulzura indescriptible. Y quizá la muerte -en su vistazo a través del ojo del ángel- era ya una anticipación, un vislumbre de esa unión divina, un microcosmos del Apocalipsis. En La Esposa del Cordero, Bulgakov escribe: "la muerte es la liberación del alma de las ataduras del cuerpo y es una gran consagración, una revelación del mundo espiritual". Y añade:

esta revelación del mundo espiritual en la muerte es una gran alegría y una inefable celebración para aquellos que fueron separados de él en esta vida y lo anhelaron, y un inexpresable terror, sufrimiento y tormento para quienes no quisieron este mundo espiritual, no lo conocieron y lo rechazaron.

Este sufrimiento, sin embargo, no es la condena de un infierno eterno o una "perdición", es para Bulgakov sólo la purificación o purgación -"el juicio"- del alma en su proceso inevitable de deificación o unión con Dios. En otras palabras, todos son invitados a la boda universal con Dios y todos serán parte del cuerpo espiritual de su Esposa, sólo que algunos deben pasar antes a bañarse y arreglarse para el supremo evento.

 

Twitter del autor: @alepholo

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* El gran islamólogo  y amigo de Carl Jung, Henry Corbin, considera que el pensamiento de Jung tiene numerosos puntos de contacto con la sophiología de Bulgakov. Hay entre ellos "una relación polifónica". Conexiones que merecen explorarse más a fondo. Ver: Acerca de Jung: El buddhismo y la Sophia.