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El momento fundacional del islam ofrece una interesante lección sobre el pensamiento religioso

Hablar sobre religión no es sencillo. De hecho, bajo ciertas condiciones podría decirse que ni siquiera es alentado. Medio en broma, medio en serio, en varias culturas existe la regla tácita de no hablar de al menos dos temas que, por evidencia recogida empíricamente, se sabe que son de suyo polémicos y que son capaces de detonar aun la conversación más pacífica. Uno de esos temas prohibidos por consenso general de la discusión civilizada es la religión (el otro es la política y el tercero, que ni siquiera se menciona, posiblemente sea el sexo).

La religión, sin embargo, tiene su importancia. No por nada numerosos pensadores e investigadores, de todos tipos y latitudes, han recalado en algún momento en sus templos y sus libros, pues sin duda todas o casi todas las religiones ofrecen algunas lecciones de sumo interés en la comprensión del desarrollo humano. Con cierta licencia discursiva podríamos decir, a medio camino entre la antropología y el psicoanálisis, que la religión es un estado del pensamiento que el ser humano necesita atravesar en el descubrimiento de su conciencia y en el aprendizaje de la conducción de ésta. 

En este sentido, las religiones pueden mirarse como una respuesta a la necesidad humana de entender por qué es un ser vivo consciente y todas las otras interrogantes que se derivan de este hecho fundamental. ¿Qué es la vida y cómo y por qué se originó? ¿Tiene ésta un propósito? ¿Hubo una voluntad que decidió la creación de la vida? Si el mundo tiene un destino, ¿cuál es y quién lo dirige? 

Esas son algunas de las preguntas a las que en algún momento la religión (en sus distintas expresiones históricas) intentó dar respuesta. Pero además de esa exploración sobre el aspecto trascendental de la vida, el pensamiento religioso desarrolló una vertiente práctica en torno a la manera de conducir ésta. De hecho, es posible decir que ambos componentes poseen un vínculo necesario, pues quizá incluso antes que las preguntas sobre el sentido de la vida se eleven en la conciencia, el ser humano necesita resolver la vida en sus actos más inmediatos y presentes, es decir, necesita saber cómo cuidar de su cuerpo, cómo convivir con sus semejantes, de qué alimentarse, cómo relacionarse con otros seres vivos, etcétera.

Ahora a nosotros estas cuestiones pueden parecernos muy simples, pero pensemos en una época de la historia de nuestra especie en que nada de esto estaba dicho ni establecido y había que inventar todo desde la nada. He ahí también por qué la religión fue importante en un período amplio de nuestro desarrollo cultural, pues fijó ciertas directrices que hicieron posibles ciertas formas de cooperación y vida en comunidad, dos de los recursos más efectivos en la supervivencia y progreso de nuestra especie. 

Pero, después de todo, es posible que esas preguntas a las cuales responde la religión no sean del todo baladíes. Si aun ahora muchísimas personas abrazan una fe, su doctrina y sus preceptos, ¿no es porque la religión sigue cumpliendo con esa función elemental de dar sentido al mundo? Por supuesto, lo ideal sería, como sugirió Immanuel Kant y como en general se aconseja en la filosofía, que cada persona usara su propio entendimiento para reflexionar y arribar por sí misma a las respuestas que requiere, en vez de sólo aceptar y plegarse a aquellas que recibe; lo ideal sería que cada persona se planteara las preguntas sobre el significado de la vida y las mejores maneras de vivirla, o si es posible tener una existencia plena y cómo, en vez también de seguir sin cuestionar los principios elaborados por otros, pero lo cierto es que el ser humano no ha querido desarrollar los medios necesarios para fomentar el autoconocimiento y la reflexión crítica como medios primordiales del conocimiento. 

Ese es sin duda uno de los aspectos más cuestionables de la religión: su demanda de creencia y obediencia. En comparación con otros sistemas de pensamiento, la religión en efecto parece tener esta desventaja. La filosofía nos enseña a dudar, la ciencia exige comprobar y la religión, se dice, nos pide creer. De las tres acciones, la única en la que se abdica de la responsabilidad de la conciencia es en la última, o al menos así lo parece frente a otras dos operaciones, la duda y la prueba, que requieren la cooperación total del pensamiento del individuo.

A propósito, en el islam es posible encontrar una preciosa lección sobre la fe y la credulidad que se asocian usualmente con el pensamiento religioso. En este caso, sin embargo, se trata de un punto de divergencia al respecto. Uno que al menos es posible plantear desde la libertad de la interpretación de un texto, el Corán, cuya sura 96 cuenta la historia de cómo fue que Mahoma recibió la revelación de este libro sagrado.

La tradición y el libro cuentan que Mahoma meditaba en una gruta situada al pie del monte Hira, en Arabia Saudita, adonde se había retirado durante ya varios meses. En cierto momento se le apareció el arcángel Gabriel, llevando consigo un libro, mismo que tendió a Mahoma al tiempo que le dijo, simplemente: “Lee”.

El arcángel no le pidió creer, le pidió leer. De las llamadas “religiones del libro”, el islam es posiblemente la única en la que puede encontrarse esta diferencia sutil. En el momento fundacional del judaísmo, Yavé ordena a Abraham sacrificar a su hijo. En el cristianismo, la naturaleza milagrosa (es decir, divina) de Jesús se impone como el recurso de convencimiento contra el cual palidece cualquier argumentación humana. En el caso del islam, la revelación llega por un libro y por esa indicación sutil: “Lee”. 

Si por un momento podemos apartar los prejuicios y las fobias que suelen rodear a la religión musulmana, es posible tomar ese episodio como una verdadera lección de vida y de conocimiento. Como todo aspecto de la cultura, la religión también es una invención humana. No existe ni dios creador, ni revelaciones divinas ni arrebatos inspirados por una entidad que habita en las altas esferas del empíreo. No hay más realidad que ésta en la que nos encontramos ni más vida que ésta que estamos viviendo. 

Sin embargo, la religión es una manera de entender todo ello. Es una manera de entender un fenómeno (la vida) que cuando se comienza a tomar como motivo de reflexión, sin duda parece enigmático, tremebundo, misterioso, un problema adecuado más bien para una mentalidad superior que para esta pobre mente humana que hasta hace unos siglos temía al relámpago en el cielo. 

La vida es misteriosa, sin duda, pero nuestra única manera de entender ese misterio es con nuestras propias capacidades. Ningún dios acudirá en nuestro auxilio, aunque es posible que en el camino de esa comprensión tengamos que inventarlo y creer que la invención que acabamos de darle es existencia efectiva. 

Si ese el caso, vale la pena escuchar esta lección del islam y, antes que creer ciegamente, leer. 

 

Twitter del autor: @juanpablocahz

 

Imagen de portada: "Mahoma recibe su primera revelación del arcángel Gabriel". Miniatura en el libro Jami' al-Tawarikh (literalmente, Compendio de crónicas, mejor conocido como Historia universal o Historia del mundo), de Rashid al-Din, publicado en 1307 en Tabriz, Persia (hoy capital de la provincia de Azerbaiyán Oriental).

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El fondo no local, luminoso, divino e inmutable de la mente: entrevista al maestro budista Alan Wallace

AlterCultura

Por: pijamasurf - 12/04/2018

Alan Wallace, un maestro budista con una mente científica y muy lúcida, habla sobre los misterios de la conciencia humana

Alan Wallace es un maestro de meditación, traductor de textos budistas del sánscrito y del tibetano, físico y ex monje gelugpa. Su maestro raíz es directamente el Dalái Lama, de quien sirvió como traductor durante varios años. Wallace ha emprendido la misión de crear las bases para una ciencia contemplativa, esto es, estudiar con un método científico los estados de conciencia sutil a los cuales acceden los contemplativos, particularmente en la tradición budista, donde se reportan experiencias de cesación de la actividad mental, recordación de vidas pasadas, precognición y otros estados generalmente asociados con el campo de la parapsicología. Wallace es, además, uno de los críticos más lúcidos del paradigma materialista que predomina actualmente en las ciencias y en la sociedad en general. 

Recientemente Wallace fue entrevistado por Beatriz Calvo, quien encabeza el encomiable proyecto El hilo de Ariadna, dedicado a comunicar la filosofía mística de las tradiciones sapienciales, un posible antídoto para nuestra era encandilada por la tecnología y donde la información acaba reemplazando a la sabiduría. 

Según explica Wallace, en el budismo se conocen tres dimensiones mentales: la mente ordinaria que todos conocemos, el alaya vijnana o la conciencia del sustrato y la conciencia prístina, también llamada rigpa en tibetano. La conciencia del sustrato es el fondo mental del que emerge la experiencia consciente ordinaria, el cual sólo puede conocerse a través de la estabilidad meditativa o samadhi, según Wallace. Esta conciencia no es el subconsciente de Freud o el inconsciente colectivo de Jung. Se trata de "un flujo primario que puede ser comparado con una célula madre que se convierte luego en células diferenciadas". Este sustrato de la conciencia no es humano, ni animal, ni sensible, es pura mente que precede la formación del feto humano, no desaparece con la muerte y puede comprarse con la luz blanca que se refracta en un prisma y produce la experiencia diferenciada. Wallace afirma que aunque existe una correlación entre las experiencias subjetivas y la actividad cerebral, no existe evidencia de que la mente surja del cerebro, de la misma manera que el prisma no es origen de la luz.

Pero más allá de la mente del sustrato yace la conciencia prístina no dual, conocida como rigpa y a la cual la tradición tibetana identifica con el estado de despertar o iluminación. De acuerdo con Wallace, cuando se elimina toda identificación, reificación, apego y conceptualización de la mente discursiva y se corta hacia el fondo de lo real inmutable, se descubre esta mente, que él describe como "no local... siempre presente, luminosa, inmutable, divina... la fuente de la genuina felicidad... conocer esta dimensión de la conciencia es el sentido de la existencia". Residir en este modo de presencia no dual, fresca, luminosa, no conceptual es justamente lo que busca la meditación dzogchen, que el mismo Wallace enseña.

A una incisiva pregunta de por qué esta conciencia que es pura luz divina genera este estado de sufrimiento y alienación, Wallace responde que el desastre en el que estamos inmersos es solamente aquello que oscurece esa realidad profunda de la conciencia prístina; no es un producto de ella sino más bien, nuestra deficiencia. En realidad la conciencia prístina es inmutable y siempre está manifestándose, como un géiser, dice Wallace, pero con nuestros apegos al cuerpo, a la identidad personal y demás, vamos bloqueando, como si fuere, este torrente de pura luz-conciencia y dicha cuya naturaleza es brotar.

Wallace señala que pese a que vivimos en tiempos sobreestimulados y hasta degenerados, en los cuales se podría creer que es casi imposible alcanzar los altos estados contemplativos descritos por los grandes siddhas de las tradiciones místicas, no debemos darnos por vencidos, pues las enseñanzas del Buda tienen un carácter universal, las causas del sufrimiento humano son las mismas y también lo es el sendero que trasciende el sufrimiento. La clave para integrar la sabiduría budista y llevarla a la práctica en el mundo moderno yace en el concepto de anatta o la ausencia de un sí mismo fijo, estable y separado. Aferrarse al ego como una entidad autónoma y absoluta es justamente lo que oculta el entendimiento de la realidad profunda de la conciencia no dual, que es una "ligereza del ser". En realidad, ese ente autónomo "no se encuentra en ningún lado", existimos de manera interdependiente, lo cual en el budismo es equivalente a la noción de vacuidad o shunyata. Esta es también la puerta a la compasión, y a una conciencia ecológica capaz de responder al gran predicamento que enfrentamos como especie.