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Algunas pistas de lectura en torno a 'Roma', la cinta de Alfonso Cuarón

El siguiente texto ofrece comentarios sobre la cinta Roma, dirigida por Alfonso Cuarón (2018), con descripción detallada de algunas de sus escenas.

 

Un apunte simbólico

En la mitología griega, Mnemósine era la figura tutelar de la memoria. Se trataba de una titánide, hija de Gea y de Urano, una divinidad anterior a los hombres y a los dioses del Olimpo. Con el tiempo, se convirtió también en una de las dos fuentes que se encontraban en el Hades. Leto, la fuente del olvido, era aquella de donde bebían los muertos antes de entrar al inframundo para borrar todos sus recuerdos. Mnemósine en cambio era la fuente de la memoria, y se dice que sólo los iniciados en los misterios acudían a beber de sus aguas. (Quizá Aby Warburg tenía esto en mente cuando acuñó la expresión “ola mnémica” para referirse a “esas eventuales sacudidas de la memoria que golpean a una civilización en la relación con su pasado”).

En los textos védicos también se habla de las “aguas mentales”. Como las olas en una playa, los pensamientos bañan a cada instante las orillas de nuestra conciencia. Van y vienen, uno detrás de otro, ininterrumpidamente. Se suceden a veces con tranquilidad y a veces con violencia. 

La primera secuencia de Roma manifiesta ya que todo lo que veremos a continuación es el resultado de nadar en las aguas la memoria. A cuadro miramos un piso hecho de losetas; el marco de la imagen es inicialmente el sonido, en el cual se combinan los ruidos de la calle y poco después los pasos de una persona que camina muy cerca. Al instante siguiente se oye un ruido de agua que choca y corre contra el piso. Después otro. Y otro más. En pocos segundos el agua ya está ahí, en la pantalla. Se queda fija, creando con su reflejo un espejo momentáneo donde se mira otra cara de la realidad: el cielo, un barandal, un avión que cruza. Pero una nueva ola llega y borra esa imagen, la cual sin embargo pronto se restituye, en la quietud del agua que se estanca. Hasta que otra vez otra de estas olas lo conmueve todo.

De esta imagen inaugural quizá pueda decirse que posee resonancia con las secuencias casi al final de la cinta, que ocurren en las costas de Veracruz. En especial, vale la pena detenerse en el momento en que Cleo (Yalitza Aparicio) sale del mar llevando consigo a los niños a punto de morir ahogados. Aunque no sabía nadar, Cleo camina entre las olas y los rescata. Ya en tierra firme, con los niños a salvo, se deja vencer por el esfuerzo y comienza a llorar, podríamos suponer que incontroladamente. No llora sin embargo por el peligro que acaba de afrontar o por el riesgo de muerte en el que estuvieron los niños. O no sólo por eso. Como ella misma saliendo de mar, de su interior salen unas palabras: “No la quería. Yo no quería que naciera”. Se refiere, por supuesto, a la hija que concibió con Fermín y que nació muerta (ese oxímoron doloroso de la medicina).

Desde el momento del parto hasta este en la playa, Cleo se muestra en la cinta profundamente afectada, triste y sobre todo silenciosa. “¿Qué? ¿Te volviste muda?”, le pregunta con inocencia el más pequeño de los niños que cuida, en una escena anterior. Pero ese silencio se rompe así: con palabras que ella sabía, que quería y necesitaba pronunciar, pero que por distintas razones parecían no poder emerger.

A la memoria se entra apaciblemente, pero sus aguas son profundas, e inconstantes sus corrientes.

 

Un apunte sobre la memoria personal

La memoria es una noción compleja que se mueve al mismo tiempo en distintos planos. La mayoría de nosotros la entiende como una “pertenencia” individual, hecha de aquellos recuerdos que viven en nuestra mente. Sin embargo, por la manera en que se construye, la memoria siempre está en conexión con algo más, lo cual la vuelve al mismo tiempo “ajena”. Nuestra memoria es también la memoria de otros. Por eso es posible concebir la noción de memoria colectiva, la memoria de una época o la memoria de una ciudad. 

En Roma, esa trama compleja está tejida con habilidad y belleza. La memoria personal, por ejemplo, tiene un momento particularmente hermoso en la secuencia en la que el padre de la familia llega a casa, presentándose por vez primera en la película. Pudiéndolo presentar de una manera clásica o trivial, Cuarón eligió en cambio hacerlo a través de una edición de fragmentos que a su vez están hechos de fragmentos: los faros encendidos deslumbrando la mirada, el coche imponente, la sucesión de operaciones y el cálculo milimétrico para estacionar el auto, los cambios de velocidad, los dedos sosteniendo el cigarrillo, la música orquestal en la radio (la Symphonie fantastique de Berlioz), etcétera. 

Esta suma de recursos visuales es creativa y sobre todo precisa. Da cuenta, por un lado, de la expectativa de los niños ante el papá que llega, envuelto en una nube de seriedad y autoridad. De hecho, cuando esta secuencia termina, es un tanto anticlimático ver descender del auto a un hombre común y corriente, más bien normal y sin ningún atractivo que lo destaque.

Sin embargo, esa es la efectividad del recurso. Cuarón atinó a encontrar una forma de reflejar la manera en que un niño imagina a su padre y cómo dicha imagen se asienta en la memoria. Fragmentada por todo aquello que está implícito en algo tan importante como este hecho cotidiano: “papá llegó”.

La memoria personal es así, como un sueño hecho piezas, confuso cuando intentamos posar una mirada panorámica que nos revele su sentido. Sin embargo, coherente, según la sensación profunda que tenemos respecto a ese rompecabezas que se nos presenta.

 

Un apunte técnico

Hay una elección técnica que se ha vuelto parte de la estética de Alfonso Cuarón. Según ha declarado él mismo en diversos momentos, al dirigir una película se ha interesado siempre por mantener el interés narrativo tanto en el primer como en el segundo plano. Lo habitual (por fácil) es que en una película lo que ocurre, ocurra en el primer plano, y que al fondo se relegue el contexto, lo circunstancial, lo anecdótico, lo francamente prescindible. No así para Cuarón, quien se empeña en dar contenido también a ese segundo plano.

En el caso de Roma, este elemento conduce a resultados notables en el objetivo de recrear la memoria. Si, como decíamos, ésta puede imaginarse como hecha de tramas o de hebras, de ondas que se suceden una a otra sin parar, la superposición de planos relevantes en un mismo cuadro acerca a la cinta a esa construcción compleja de los recuerdos de una persona y aun de una época.

De los varios ejemplos que podrían tomarse de la cinta, es posible referir la escena en la que los niños comen un helado luego de saber que su padre dejará la casa familiar y se separará de su madre. En la escena, ellos están en un primer plano, tristes, confundidos, mientras que en segundo plano se celebra una boda de la cual, eventualmente, es imposible desentenderse.

Pero así es la memoria. Sólo un esfuerzo suplementario, artificial, nos entrega imágenes separadas de su contexto, pero lo cierto es que un recuerdo nunca existe aislado. Esa es la riqueza de la memoria.

 

Al respecto del final

En el final de la cinta, Cleo está “de vuelta”: de vuelta en la casa familiar y en su rutina cotidiana pero también devuelta a sí misma, al flujo de la vida. En la secuencia final, la cámara sigue a Cleo en su ascenso a los lavaderos, en la azotea del edificio. La vemos subir la escalera llevando consigo un bulto de ropa sucia. La vemos salir de la escena y la cámara se queda así, como una mirada suspendida sobre el cielo, contemplándolo sin prisa ni propósito, como si no hubiera otra cosa qué hacer en el mundo (más que soñar, acaso).

 

Un apunte sobre todo aquello que se exige que Roma sea (pero no es)

La cualidad más evidente de Roma es en cierto sentido la menos obvia: es una película hecha de memoria.

Tan habituados como estamos a ver, no se nos ocurre que también podríamos aprender a mirar.

 

Twitter del autor: @juanpablocahz

 

Del mismo autor en Pijama Surf: Una lección sobre la búsqueda de la felicidad en ‘La dolce vita’ de Federico Fellini

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‘Nueve Vidas’: Inspiración y sensibilización

Arte

Por: Luis Clériga - 12/16/2018

Una charla con el productor musical Luis Trasto en el marco de MUTEK MX

Luis Trasto es un joven pero experimentado productor musical de la Ciudad de México. En el tiempo reciente, ha alzado los oídos de los escuchas más exigentes y más habituados a los sonidos de la música electrónica por su interesante amalgama de procesos analógicos, pero a la vez con toques digitales que refinan su sonido.

Aunque ya se había presentado previamente en MUTEK México, lo había hecho con un dueto mucho más altamente bailable y enfocado en el dance floor, mientras que para la edición de los XV años fue invitado con su proyecto en solo Nueve Vidas a hacer lo propio en un entorno contemplativo pero no menos impactante.

Descubrirlo es como hallar que algunos de los actos favoritos de todos los tiempos y joyas de culto ocultas de la música electrónica que estuvieron más activos hace décadas y que dejaron algunos discos inolvidables, como Seefeel, Autechre o Boards of Canada, ahora existen completamente en vivo y con una reinterpretación más sustanciosa y nítida que nunca.

Al escuchar la música de Nueve Vidas, surge la inquietud y despierta el sentimiento de que actualmente se vive una especie de renacimiento del intelligent dance music y el ambient más sofisticado, pero además para el festival estrenó una colaboración visual impecable al lado de Rimiyoho, alias de un ilustrador que dio sus trazos digitales.

Por estos motivos, platicamos con Luis Trasto respecto a los procesos de esta interesante unión audiovisual, el cuestionamiento respecto a lo analógico vs. lo digital; y también reflexiones en torno a lo que vive el estado actual de la música en México y en el mundo:
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Pijama Surf: Sabemos que tienes un background en el techno y la electrónica. ¿Podrías contarnos un poquito de qué venías haciendo antes y cómo surgió Nueve Vidas?

Nueve Vidas: Nueve Vidas empezó en el 2011, cuando comencé a hacer un parche en un NORD Modular G2 que era mi único hardware en ese entonces y fue algo basado en la multiplexación, que es la técnica de combinar dos señales o fuentes en un solo medio. De ahí, poco a poco fui comprando mi modular y con Rodrigo de León nos empezamos a clavar en hacer techno con modulares bajo el proyecto Alias616.

Me encanta el techno pero los modulares son una cosa que da mucha cosquilla para experimentar y moverle. En el tiempo que no estaba enfocado al techno, seguía programando mi patch e integrándolo con Lemur en el iPad y aprendiendo a programar también ahí. El patch, la programación y la integración de hardware se fue ultracomplejizando hasta llegar a un punto donde la misión fue hacerlo más sensible, menos robótico, mas humano.

Entonces, tuve que empezar a desmenuzar conceptos de música clásica occidental y escalas tonales y volverlos números para darle alma a este sistema y al mismo tiempo generar una interface que me permitiera tocar el instrumento en vivo pero que al mismo tiempo respetara mis algoritmos y me diera el control a mí y no a al sistema.

Ahora siento que, por fin, tras años de gestar esta idea tengo un instrumento que puede expresar con un buen grado de fidelidad lo que tengo que decir.

 

PS: ¿El nombre Nueve Vidas tiene algún tipo de trasfondo espiritual, de reencarnación o algo más?

Nueve Vidas: No en realidad. Soy muy terrenal y no creo en nada más allá que en el amor que tenemos para darnos unos a otros en el corto tiempo que tenemos de vida. El nombre viene justamente de mi amor por los gatos.

 

PS: Estéticamente, ¿podrías decir que has recibido inspiración de la música bailable y el rave, pero también el IDM como los emblemas de Warp, algunas otros estilos o disciplinas artísticas?

Nueve Vidas: Sí, justo creo que la inspiración es el jungle, el drum and bass, techno, ambient y el rock progresivo. No sé si hago IDM o no, pero hay polirritmos, atmósferas y líneas típicas presentes en estos géneros.

 

PS: Musicalmente, entendemos que haces un complejo trabajo de síntesis modular y a la vez hay una especie de sincronía digital. ¿Podrías contarnos un poco de cómo haces esta interesante música electrónica?

Nueve Vidas: Tengo varias voces tanto digitales como analógicas y cada una está compuesta de un conjunto de osciladores diferentes que son disparados en base a un multiplexor. La comparación sería que tengo unas ocho guitarras con ocho ejecutantes; y cada guitarra tiene seis cuerdas… Pero cada cuerda está hecha de materiales distintos y suenan muy diferentes entre ellas.

El ejecutante o multiplexor sólo puede tocar una cuerda a la vez. Cada ejecutante tiene un compás específico y una relación de tiempo con el siguiente ejecutante, así como una relación de armonía musical. Entonces, la orquesta tiene una relación algorítmica que puede variar con el tiempo.

Todo surgió en mi cabeza primero y después mucha curiosidad de ver cómo sonaría esto. Todo lo digital y lo analógico así como todas las guitarras son procesadas por módulos que filtran determinadas frecuencias, dándoles así un lugar específico en el espectro auditivo total.

 

PS: Increíble. Cuéntanos un poco de tu primer EP. ¿Cuál fue la motivación o concepto detrás?

Nueve Vidas: Mi primer EP fue una combinación de pruebas que iba grabando mientras programaba el sistema. Mi padre estaba pasando sus últimos días en el hospital y lo llamé Prognosis por tal razón. Una colección de piezas que tienen que ver con esta fase:

 

PS: Actualmente… ¿sientes que hay un sentido de colectividad y reciprocidad en la música en México? ¿A ti qué es lo que más te nutre?

Nueve Vidas: Definitivamente hay colectividad, lo que creo que falta es trabajo en equipo y cohesión entre todos los engranes de la industria.

Vivimos en un tiempo difícil para este fin, el consumo de música es un proceso de masticar y escupir sistemático, un proceso inconsciente, entonces pone a todo mundo de puntitas viendo para dónde se mueve.

Hay colectividad y reciprocidad pero falta cultura que represente el trabajo que se está haciendo en nuestro país. Lo que más me nutre de este país es la gente, siempre abierta y amorosa a compartir, a colaborar, a enseñar.



PS: En MUTEK México estrenaste un show al lado de un ilustrador bajo el alias de Rimiyoho, dándole un toque verdaderamente místico e inesperado. ¿Cómo se dio esta colaboración?

Nueve Vidas: Hay una chica que se llama Tai La Bella Damsky, a la que le gustó mucho una pieza que presenté en el Museo Tamayo. Ella conocía a Fernando Sica (Rimiyoho) y nos presentó. Quedé encantado con su forma de trabajar porque era algo muy cercano a mi estilo de presentar en vivo. Lo que hace en sí es un performance, pinta todo en vivo y usa las manos y está en el escenario.

Visualmente, es bellísimo y crea estos mundos en los que te sumerges. Siento que esto viene muy análogo a lo mío. Entonces decidimos hacer todo un mundo visual y sonoro creado en tiempo real en el escenario y todo generado ahí a la vista.

Las computadoras son herramientas increíbles pero también establecen una pared entre audiencia y artista, la cual a mi parecer mata un poco el sentimiento de performance en vivo.

 

PS: ¿Consideras que hay cambios en el contexto y ecosistema de la música actualmente?

Nueve Vidas: Soy una rata de laboratorio. No sé qué está pasando, sólo sé que los ritmos latinos están tomando el mundo de la música. A nivel local, pues hay muchísimos buenos artistas: todo mundo ha mejorado y han aprendido a usar sus aparatos, estoy muy sorprendido al respecto. Prácticamente, a cualquier lugar que vayas ya es escuchar a alguien tocando su propia música y haciéndolo muy bien...



PS: Por último, ¿podrías compartirnos si tienes otros nuevos proyectos en el horizonte?

Nueve Vidas: Por ahora, trabajar en un nuevo EP para estrenar en una disquera canadiense con la que me siento muy en sintonía. Después, seguir trabajando en la lógica de mi sistema para volverlo cada vez más rico y que logre llegar a más gente. Pero sí… hay proyectos interesantes para el 2019 que esperemos se concreten.

 

Twitter del autor: @bizogramma​