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Un reto para 2019: imitar lo que hace el Dalái Lama todas las mañanas

AlterCultura

Por: pijamasurf - 12/31/2018

Seguir la rutina diaria del Dalái Lama sería algo enormemente benéfico, aunque sumamente difícil de imitar

No es nada fácil imitar al Dalái Lama. Después de todo, fue educado desde que nació para convertirse en el líder del pueblo tibetano y además ha tenido que atravesar las condiciones propias del exilio, fortaleciendo su carácter y espíritu. Sin embargo, para quienes tienen intenciones de convertirse en personas buenas a la vez que desarrollan disciplina y cultivan su espíritu, la rutina matutina del Dalái Lama es ciertamente un buen modelo.

En el libro The Open Road: The Global Journey of the Fourteenth Dalai Lama del escritor Pico Iyer, se describe la vida cotidiana del Dalái Lama y se dan detalles de su rutina matutina:

A las 9am, el Dalái Lama ya lleva más de 5 horas despierto, despertándose como siempre hace a las 3:30am, para pasar las primeras 4 horas del día meditando sobre la raíz de la compasión y qué puede hacer por su pueblo, los "hermanos y hermanas de China" que mantienen como rehenes a su pueblo, el resto del mundo, al mismo tiempo que preparándose para su propia muerte.

Después de esto el Dalái Lama se informa viendo las noticias de la BBC, ya que tiene que cumplir un papel político también. Pero lo que resulta difícil de imitar es, además de levantarse a las 3:30am, la hora de los monjes, lograr meditar y rezar por 4 horas; la mayoría de las mentes rechazarían esto y probablemente acabarían quedándose dormidas, cuando no distraídas. No obstante, esto es un hábito y puede cultivarse. 

Si no puedes hacer esto o lo consideras demasiado extremo, es más fácil realizar lo que el Dalái Lama recomienda hacer tan pronto te despiertas:

Todos los días, cuando te levantas, piensa: "Hoy soy afortunado por estar vivo y tener una preciosa vida humana. No la voy a desperdiciar. Voy a usar todas mis energías para desarrollarme, expandir mi corazón a los demás; lograr la iluminación por el beneficio de todos los seres. Tendré pensamientos amables hacia los demás, no voy a enojarme o tener malos pensamientos. Voy a beneficiar a los demás todo lo que pueda".

Este rezo-recordatorio, que está relacionado con los 4 pensamientos que llevan a la mente al dharma, podría ser justo la motivación y la mentalización que necesitas para cambiar tu vida de una manera positiva. 

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Querer ser feliz: ¿un propósito ilusorio que nada tiene que ver con la vida?

AlterCultura

Por: pijamasurf - 12/31/2018

La búsqueda de la felicidad, que con tanta insistencia se practica hoy en día, podría estar lejos del sentido más auténtico de la existencia

Es posible que a diferencia de otras épocas, la nuestra sea la primera en la que el ser humano se preocupa por ser feliz. La noción de felicidad, por supuesto, ha sido siempre un motivo de discusión, de cuestionamiento y de reflexión, pero quizá sea posible plantear que antes, en el pasado cultural del ser humano, la idea de “ser feliz” haya sido considerada más bien como una consecuencia un tanto fortuita, inesperada, de la existencia, pero no como un objetivo en sí, ni menos aún como el propósito de la vida.

A nosotros, en cambio, se nos insta a ser felices, casi como si se tratase de una obligación o de la única tarea verdaderamente importante de la existencia. El trabajo, las relaciones personales, los estudios, la trayectoria, el hogar: todo debe contribuir a la felicidad y, consecuentemente, se expulsa aquello que despide el más mínimo olor a desdicha. La felicidad se persigue, entonces, como si se tratase de una presa que, sin embargo, nos elude a cada instante.

Esa, de hecho, es la paradoja de “querer” ser feliz. Como sabían los antiguos, de Aristóteles a Kant (y quizá incluso más allá de ellos), la felicidad es un estado que poco tiene que ver con la voluntad dirigida. Uno no es feliz por querer serlo, sino más bien como resultado de otras acciones que contribuyeron indirectamente a esa felicidad. Cuando, en sus conversaciones, el joven Eckermann le preguntó a Goethe si consideraba que había tenido una vida feliz, el poeta respondió: “Pues mire, sí, he tenido una vida feliz; ahora bien, no me pregunte usted si tuve una sola semana feliz”.

La felicidad es así: efímera y, sobre todo, improbable. ¿Cuántas veces, cuando hemos “planeado” ser felices, las cosas resultan de otro modo? ¿Y cuántas más, en cambio, nos sorprendemos a nosotros mismos felices, contra todo pronóstico y cuando menos lo esperábamos? 

Si, como hemos dicho y como sin duda muchos de nosotros hemos experimentado, la felicidad es por definición elusiva, incierta, azarosa, la idea de su búsqueda está entonces en contradicción evidente con todas estas cualidades. Quizá por eso en nuestra época pareciera que a la felicidad no se le quiere o se le busca, sino más bien se le persigue. Al respecto, nos dice Schopenhauer, en El arte de ser feliz:

Una de las quimeras más grandes que inhalamos en la infancia y de la que sólo nos libramos más tarde es justamente la idea de que el valor empírico de la vida consista en sus placeres, que existan alegrías y posesiones que puedan hacernos positivamente felices; por eso se persigue su obtención hasta que, demasiado tarde, llega el desengaño, hasta que la caza de felicidad y placer, que en realidad no existen, nos hace encontrar lo que realmente hay: dolor, sufrimiento, enfermedad, preocupaciones y mil otras cosas; en cambio, si reconociéramos temprano que los bienes positivos son una quimera, mientras que los dolores son muy reales, sólo estaríamos atentos a evitar estos últimos cuando los vemos a lo lejos, según Aristóteles: «El prudente no aspira al placer, sino a la ausencia de dolor».

¿Qué hacer entonces? Es simple: no querer ser felices y, más bien, preocuparnos únicamente por vivir. Paradójicamente, esto puede parecer radical y acaso incluso un tanto conformista, pero si por un momento aceptamos la propuesta, quizá nos demos cuenta de que vivir es ya en sí una tarea que exige el desarrollo de todos nuestros recursos. De alguna manera, vivir significa aprovechar la vida, esto es, intentar construir una existencia donde nuestra energía, nuestro tiempo y nuestras capacidades se desarrollen y produzcan frutos. Si en el camino ocurre que ello nos conduce a la felicidad, tanto mejor, pero si no, tampoco será grave, pues a cambio habremos obtenido la satisfacción de una vida plena.

“Buscad primero el Reino de Dios y su justicia y todo lo demás vendrá por añadidura”, dice el Evangelio de Mateo, un consejo que admite una lectura fuera de la doctrina y, más bien, de orden filosófico: más que la felicidad, el placer o la alegría, nuestra conciencia y voluntad pueden estar orientadas al propósito primordial de buscar una vida bien aprovechada, conducida éticamente, en la que nuestros logros tengan puntos de encuentro con los logros de otros, de modo tal que sea ésta nuestra manera de vivir, un proceso sostenido a lo largo de la existencia y quizá nuestro único propósito auténtico, del cual todo aquello que se desprenda serán ganancias inesperadas.

 

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Imagen de portada: La Passion Van Gogh (Dorota Kobiela y Hugh Welchman, 2017)