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Aceptar todo lo que sucede como algo perfecto: desde el estoicismo de Séneca al amor fati de Nietzsche

Filosofía

Por: pijamasurf - 01/07/2019

Una actitud que los filósofos han distinguido como un modo sublime de sortear las vicisitudes de la existencia

Es obvio que el ser humano no controla su destino. Puede aspirar a ser mejor, puede modificar sus hábitos, puede crecer y aprender y su vida será en cierta medida más digna y más pacífica. Pero no puede vencer a la muerte, no puede imponerse a las contingencias del tiempo y de la naturaleza o, si acaso, de los dioses. Su rango de acción e influencia es mínimo en un sentido cósmico.

Ante esta situación existencial, sin embargo, tiene la libertad de responder con la actitud que juzgue mejor. Puede aceptar o resistirse a lo que sucede. La filosofía estoica, que goza de una suerte de renacimiento en nuestra época, tiene como uno de sus preceptos básicos justamente la aceptación de todo lo que sucede. No se trata de una amarga resignación patética e impotente, sino de recibir con los brazos abiertos aquello que Dios o el universo nos presenta, con una ecuanimidad que no debe confundirse con mera impasibilidad, sino que por momentos incluso puede llegar a ser una serena celebración del misterio y el destino. Esta aceptación, por otro lado, no significa que la persona se retira del mundo en un quietismo impávido, pues como vemos en el caso de Séneca o del emperador Marco Aurelio, los estoicos fueron en cierta forma hombres de acción. Significa más bien que se actúa cuando se debe actuar, con conciencia de las limitaciones individuales, pero uno no se resiste ni se rebela contra los resultados de los actos. Los toma como sagrados, como manifestaciones de un orden universal superior a la propia voluntad. Escribe Séneca en Cuestiones naturales:

¿Cuál es la mejor consolación para el infortunio y la tristeza? [...] Es que el hombre acepte todo como si lo hubiera deseado y lo hubiera pedido; puesto que lo habrías deseado, si hubieras sabido que todo pasa por voluntad de Dios, en su voluntad y por su voluntad.

Y en una de sus cartas a Lucilo: "Padre y Señor de los cielos, estoy listo para todo lo que es tu voluntad; dame la voluntad para querer en concordancia con tu voluntad".

Esta idea, aunque tiene un sabor altamente estoico, se encuentra en numerosas tradiciones religiosas. El místico alemán cristiano Meister Eckhart incluso comenta estas citas del "filósofo pagano" dentro de la visión eminentemente cristiana de la autonegación. Y por supuesto esto es a lo que se refiere el Padre Nuestro: "Hágase Señor tu voluntad en la tierra como en el cielo". Esta idea la podemos encontrar también, obviamente, en el islam y en el bhakti hindú. Pero curiosamente aparece, en su versión atea, en Nietzsche. Escribe Nietzsche, en la sección 10 de Ecce homo:

Mi fórmula para expresar la grandeza en el hombre es amor fati [amor al destino]: el no querer que nada sea distinto ni en el pasado ni en el futuro ni por toda la eternidad. No sólo soportar lo necesario, y aún menos disimularlo ―todo idealismo es mendacidad frente a lo necesario― sino amarlo.

Nietzsche da una "fórmula" para la felicidad o para la realización del ser humano muy similar a la de Séneca y en alguna medida a la del cristianismo (algo que es curioso, pues Nietzsche es quizá el más grande crítico que ha tenido esta religión). Claro que Nietzsche no considera que los sucesos que se presentan tengan un origen divino o manifiesten una voluntad divina; su actitud es más bien trágica. Sin embargo, su "voluntad de poder", en los momentos extáticos y desmedidos de algunos de sus pasajes, parece cobrar una suerte de aura divina, pues aunque Nietzsche dice que no tiene sentido o propósito, y ciertamente no se trata de algo trascendente, sigue siendo una voluntad cósmica, "un monstruo de energía sin principio ni final", que permea todo. Una fuerza universal con la cual debemos bailar una danza circular, una pista que se repite por la eternidad. El caos como divinidad y la aceptación de su majestuosa brutalidad como el culto apropiado.

 

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Cuando la luz pura e incolora se refracta, surgen los múltiples colores. La luz pura contiene sintéticamente a todos los colores pero ella misma no es un color y, no obstante, posibilita la existencia de cada particular. Cada color, a su vez, en su propia singularidad diferenciada del resto de colores, contiene a la luz pura e incolora que subsiste como base universal de todos los colores y en la que todos ellos encuentran su raíz y naturaleza común previa a sus particularidades.

Lo que ocurre con los colores acontece con todo lo demás. Así, por ejemplo, los sonidos están contenidos en el silencio y emergen de él, y a su vez cada nota particular contiene al silencio de fondo, y, finalmente, el silencio posibilita todos los sonidos sin ser ninguno de ellos pero constituyendo su médula. También las formas geométricas están contenidas en lo informe que las contiene sintéticamente, las trasciende y las posibilita, y a su vez lo informe se oculta como el subsuelo fértil que da vida a las diversas formas: círculos, cuadrados, rectángulos, líneas rectas y onduladas, etc. Lo que es la luz pura e incolora a los colores, es el silencio inaudible a los sonidos y lo informe invisible a las formas visibles. Los ejemplos son innúmeros.

Cada uno es un vacío relativo al campo que le compete: lo informe invisible es vacío respecto a las formas visibles, el silencio inaudible es vacío respecto a los sonidos audibles y la luz pura e incolora es vacía respecto a los colores. Todas estas son manifestaciones parciales de la Nada Absoluta cuando se proyecta en un ángulo o área específica: trátase del área del color, del sonido o de la forma. En consecuencia, lo invisible, lo inaudible, lo no inodoro, lo insaboro, lo informal, etc., siendo vacíos parciales referidos a un área particular coinciden y se identifican en la Nada Absoluta que engloba todas las áreas o ángulos y los depura hasta reducirlos a la nulidad plena.

La Nada Absoluta corresponde en el área específica de los números al cero. Se trata del “punto cero” e inicial, la causa ontológica de donde surge todo lo que es y existe.

Podemos retrotraernos a las causas constitutivas de la realidad, desde lo compuesto hacia lo simple, hasta encontrar la causa inicial lógica y ontológicamente precedente a las causas segundas y terceras que forman la realidad compuesta. Por ejemplo, tomamos un cubo: el cubo depende del cuadrado para ser, siendo el cuadrado causa formal-ontológica del cubo. A su vez, el cuadrado necesita de la línea para ser, siendo la línea causa formal-ontológica del cuadrado. Asimismo, la línea tiene menester del punto para ser, siendo el punto su causa formal-ontológica.

Toda la realidad tiene al punto por base. El punto es uno e indivisible. Uno, porque los múltiples puntos que advertimos en el espacio son la proyección del punto que no ocupa espacio en la extensión. Es así, puesto que la extensión tiene por origen al punto, formándose al parecer de múltiples puntos, pero esa multiplicidad es ya una extensión, y hemos acordado que la extensión depende del punto, por lo cual, en realidad se trata de un único punto proyectándose de manera extensiva, de un único punto con el don de la bilocación, de un único punto omnipresente que permite la extensión del espacio y la ilusión de múltiples puntos. Indivisible, porque si pudiese ser dividido no sería ya un punto, sino un conjunto de ellos, estando compuesto por lo que sí es punto. Y si estuviese compuesto, no se trataría del punto, sino de un conjunto extensivo de la proyección del punto sobre el espacio. No obstante, hemos visto que el punto permite la extensión pero él mismo no tiene extensión y es por ende indivisible.

Esto nos remonta a la relación entre lo Uno y lo múltiple, siendo lo Uno la causa de lo múltiple y encontrándose presente en cada elemento particular y, a su vez, conteniendo sintética e indivisamente a todos los elementos particulares que se concilian en su principio unitario y en él trascienden sus diferencias particulares.

Sin embargo, ¿cuál es la causa primera? En la generalidad, ¿es la Nada Absoluta o lo Uno? En el área específica de los números, ¿el cero o el uno? En lo que corresponde al área de la geometría y las dimensiones, ¿el vacío o el punto?

El punto, al no ser extensivo ni divisible, es inconcebible por la mente imaginativa y extensiva, es inconcebible por la mente cuantitativa y tridimensional. El punto es la reducción máxima: cuando el cubo se reduce al cuadrado y el cuadrado a la línea y la línea al punto, aquí ya no cabe reducción posible porque se trata de un simple y no de un compuesto. Siendo así, el punto, que es uno, es en realidad cero: el punto es vacío.

Sostengo que la Nada Absoluta y lo Uno en términos generales, el 0 y el 1 en él área numérica y el vacío y el punto en el área geométrica son lo mismo vistos escindidamente por la mente dual.

¿Por qué? Si lo Uno contiene sintéticamente todo y es causa de todo, lo Uno encierra todas las cosas, es el Todo sin partes que subyace a las partes que son sus múltiples proyecciones o refracciones parciales. El Todo o el Uno, ergo, no está contenido en nada, porque de estarlo, habría otro que lo contendría y ya no se trataría del Uno, puesto que habría otro mayor, y sabemos que él es el que contiene todo y es Uno. Por lo tanto, el Todo o el Uno no está contenido. Si no está contenido, no puede tener límites, puesto que los límites son continentes en los que algo es contenido, marcando además una división que da lugar al dos y en ese caso ya no hablaríamos de Uno. Por ende, el Uno o el Todo no tiene límites, es infinito o absoluto. Pero al carecer de límites, es incomparable, no hay un otro, no puede ser medido en referencia a nada, no hay una alteridad o marco referencial que lo defina al contrastarlo, no hay una forma que le permita ser lo que es y no otra cosa, no hay una forma que lo delimite como algo existente y por ende no existe, siendo, en realidad, la Nada Absoluta.

El Uno es la Nada Absoluta vista desde la existencia en reverso hacia la reducción que desemboca en la no existencia y la Nada es el Uno visto desde la no existencia en anverso hacia la manifestación existencial. Lo mismo aplica al 0 y al 1, al vacío y al punto.

Sofía Tudela Gastañeta

Blog de la autora: Revolución espiritual

 

Imagen: The Sun from Utriusque Cosmi (1617), de Robert Fludd