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Bienvenidos a la era del capitalismo psicodélico, ¿y al final de su potencial revolucionario?

AlterCultura

Por: pijamasurf - 01/29/2019

¿La combinación del capitalismo con los psicodélicos acabará con el poder de transformación social de las sustancias psicodélicas?

Hablar de capitalismo psicodélico es un oxímoron, o hasta hace poco lo era, pues actualmente vemos un proceso (que parece ya inevitable) en el que el uso de sustancias psicodélicas está siendo asimilado a la sociedad  dentro del marco de la economía capitalista -y sólo por esto se permite que sea asimilado, pues crea una derrama económica-.

El surgimiento de las sustancias psicodélicas en el escenario global ocurrió fundamentalmente de la mano de la llamada contracultura, a veces también llamada revolución psicodélica, en los años 60 del siglo pasado (si bien, su uso terapéutico antecedía a dicha cultura por más de 1 década). En ese entonces sustancias como el LSD, los "hongos mágicos", el peyote y en cierta forma también la marihuana (aunque su uso masivo es anterior), eran emblemas de una mentalidad que se oponía al sistema económico y político dominante. Muchas de las personas que participaron en protestas, conciertos y demás se rehusaron a ir a la guerra y acabaron viviendo en comunas, haciendo caso al mantra popularizado por Tim Leary: turn on, tune in, drop out (dicho inicialmente por Marshall McLuhan). En general, se difundió la idea de que los psicodélicos hacían que las personas dejaran de participar en el sistema capitalista y buscaran una nueva ideología revolucionaria, más ligada a la naturaleza, a la autosustentabilidad y a valores supuestamente espirituales. En un mundo secular, hambriento de alma, los psicodélicos parecían responder a la carencia de experiencias religiosas.

Ahora bien, es sabido que el sueño hippie de los 60 no se materializó en algo sólido y tangible, lo cual no anula el hecho de que ciertas ideas inspiraron a muchas personas y de alguna manera cambiaron la forma de ver el mundo de muchos. Algunos críticos señalan que este impulso psicodélico en realidad no dejó nada realmente sustancial ni realmente valioso sino, sobre todo, una espiritualidad new age, una conciencia individualista y poco comprometida con la sociedad (pues se prefería hacer una revolución interna y dejar de enfrentarse con un deprimente y aburrido escenario político). Bajo esta lectura, en cierta forma las drogas psicodélicas fueron una trampa, pues pese a las maravillosas experiencias personales que aparentemente produjeron no lograron cambiar el mundo de manera radical, pues se necesitaba participación y no renuncia. Esto evidentemente da lugar a múltiples opiniones y divergencias, pues, ¿cómo medir el valor de las experiencias subjetivas ligadas a las drogas psicodélicas y los efectos que estas experiencias tuvieron en las vidas de las personas? Ciertamente, una forma de hacerlo es mirando la acción colectiva, el paso de la transformación individual a la social. En este sentido, pese a algunas buenas o al menos nobles ideas, poco logró permanecer y poco se pudo construir. Sin embargo, no se puede medir algo así como la "influencia" en general o saber qué habría pasado si al menos la contracultura no hubiera servido como contrapeso a ciertas tendencias represivas del poder. Curiosamente, algo puntual y altamente significativo que sí podemos rastrear a la influencia de las drogas psicodélicas es la revolución cibernética de los años 90: muchos de los pioneros de la revolución del Internet en los 90 fueron o los hijos de hippies de los 60 o ellos mismos fueron parte de movimientos con ascendencia psicodélica y/o experimentaron con sustancias como el LSD (esto ha sido documento por el profesor Fred Turner en su libro From Counterculture to Cyberculture). Ahora bien, el sueño revolucionario inicial, basado en ideas de descentralización, igualdad, libertad, conocimiento y demás, se ha empezado a convertir en los últimos años en una pesadilla de vigilancia, abolición de la privacidad, espionaje y desinformación. Así que de nuevo, el entusiasmo psicodélico no ha probado contundentemente su capacidad de transformar positivamente el mundo.

Con más preguntas que respuestas, aun así queda la idea ampliamente difundida de que las drogas (o medicinas psicodélicas, para diferenciarlas de otros fármacos) tienen un potencial revolucionario o una cualidad de transformación individual y social, y hasta de disidencia. Esto es algo que se observa tanto en las creencias de las personas que las consumen como todavía en algunos políticos que las condenan, y en la nueva ola de investigadores que las estudian científicamente, pues no sólo hablan de las importantes aplicaciones para tratar enfermedades que se han venido comprobando en el caso de los psicodélicos, sino también sobre su capacidad de galvanizar cambio social  y hacer que las personas tengan una mayor conciencia ecológica y dejen de consumir tantas cosas que no necesitan. Puede que esto sea, como ya insinuamos, sólo una creencia, y que exista una distancia difícil de salvar entre la percibida transformación individual, que suele venir de la mano de una experiencia mística, y su aplicación sociopolítica. Evidentemente la sociedad está compuesta de individuos y los cambios individuales, después de cierto punto, deben reflejarse en los cambios sociales, por lo que quizás simplemente es algo que no podemos medir fácilmente. Aunque quizá exageramos el potencial auténticamente transformador de los psicodélicos, y su verdadero valor consiste en lo terapéutico o medicinal. O tal vez, por alguna razón, la mística contemplativa y la política activa difícilmente se mezclan. O como sugirió Carl Jung, las personas que toman psicodélicos reciben una gnosis para la cual no están preparados moralmente y por lo tanto no pueden incorporarla y estabilizarla, por lo cual dicha transformación realmente no es tal, y se convierte sólo en una experiencia más, en una innumerable lista de experiencias de consumo. De nuevo, es difícil decir.

Lo que sí podemos afirmar con certeza es que estamos por entrar a la era del capitalismo psicodélico. No sólo porque la cannabis se perfila como una poderosa industria mundial legal -aunque en gran medida eliminando el tono psicodélico de la planta- que en los próximos años se expandirá de Norteamérica a numerosos países, sino porque en los próximos años veremos cómo la psilocibina y el MDMA se legalizan con fines médicos en Estados Unidos, y ya vemos hoy en día una copiosa industria de turismo psicodélico ligado a la ayahuasca, la cual se ha popularizado entre el jet set, los empresarios de Silicon Valley y los actores de Hollywood, personas que son la imagen viva del sistema capitalista. Un caso a destacar es el de la empresa COMPASS Pathways, liderada por Peter Thiel, uno de los hombres de negocios más influyentes de Estados Unidos, quien fue fundador de PayPal, accionista de Facebook y creador de una de las primeras y más oscuras compañías de Big Data, además de apoyar al presidente Donald Trump, para redondear su perfil. COMPASS Pathways ha recibido aprobación de la FDA para realizar estudios con psilocibina y se cree que en 3 años podría empezar a ofrecer terapia asistida legal. Esta misma compañía ha sido acusada de intentar monopolizar esta incipiente industria, de bloquear la investigación ciudadana y de actuar con tácticas intimidatorias como suelen hacer las grandes farmacéuticas, cuya única preocupación es, sea como sea, dominar el mercado y hacer más dinero. La salud pasa a segundo término. Claro que esto es normal en el capitalismo, pero una visión romántica pensaba que con los psicodélicos las cosas serían distintas. 

Hasta hace unos años, dos organizaciones sin fines de lucro dominaban el campo, Usona y MAPS, pero nuevos actores han entrado al juego. Y hay algunos que creen que esto sólo es bueno, pues hará que los psicodélicos, como medicinas que son, lleguen a más personas. ¿Pero qué sucederá con este, si se quiere mítico, poder de transformación de las plantas "sagradas" que nos dan las sustancias psicodélicas? Como dice el doctor Geoff Bathje, no sabemos qué ocurrirá con este dudoso pero inevitable matrimonio entre el capitalismo y los psicodélicos, y puede que tenga efectos secundarios indeseables. Según Bathje, el capitalismo está ligado intrínsecamente a la desigualdad del poder y el dinero y esto no deja de reflejarse en la salud de los individuos. Es decir, este modelo de desigualdad hace que las personas que se encuentran en los peldaños más bajos de la pirámide padezcan los excesos del capitalismo y la sociedad en general se vuelva menos generosa, ética y altruista. No es el momento de discutir teoría política, pero Bathje plantea un punto que merece considerarse, pues resulta evidente: la tendencia a la mercantilización (commodification) y gentrificación de estas sustancias. ¿Los psicodélicos serán reducidos a un producto de élite  que aumenta y alimenta egos, como en ocasiones el yoga y la meditación en contextos occidentales? ¿Serán parte del "perfeccionamiento de la élite", donde sólo aquellos que pueden pagar un tratamiento entran en un ciclo interminable de automejoramiento? ¿Se consagrará una jerarquía psicodélica, donde un pequeño grupo de 'expertos' mantienen estricto control sobre su uso? Estas son buenas preguntas. Habrá que ver, y quizá sea momento de refutar la idea de que los eventos psicodélicos individuales no logran traducirse en organización y cambio social.

 

Imagen: Chacruna.net

 

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Sobre la famosa frase de Sartre

En su obra de teatro Huis Clos, Jean-Paul Sarte sentenció una de sus citas más repetidas: "el infierno son los otros" (l'enfer c'est les autres). En la obra, dos mujeres y un hombre llegan al infierno y se dan cuenta de que el verdugo de cada uno son los otros dos y que el castigo consiste en vivir para siempre juntos. "No se necesita hervir: el infierno son los otros", se dice. Y en El ser y la nada, Sartre señala: "mi caída original es la existencia del otro". El otro es el infierno, según Sartre, en tanto que congela lo que somos, y parece otorgarnos una esencia fija (y Sartre había criticado el idealismo diciendo que la existencia precede a la esencia); el otro en cierta forma impide nuestra libertad, pues nos juzgamos a través de la mirada de los otros, nos hace sentir una vergüenza primordial.

La frase de Sartre probablemente ha sido exagerada y malinterpretada, pues el mismo filósofo aclaró que el infierno son los otros siempre y cuando no logramos escapar de su mirada paralizante. De cualquier manera, ha sido asimilada a la cultura, como sugiriendo que la existencia de los otros es una constante fuente de angustia, incertidumbre y sufrimiento para el individuo, que acaso quisiera poder controlar la totalidad del mundo y autodeterminarse. De cualquier manera, Sartre es consciente que nuestra existencia es un existir-con. Por lo tanto, si el infierno son los otros, también el cielo deben de ser los otros.

Sobre esta frase, el obispo Kallistos Ware comenta: "Sartre dijo 'el infierno son los otros' y a veces se siente que así es. Pero no es así, el infierno soy yo alienado de los demás, rechazando relacionarme". Kallistos Ware cuenta un historia relatada por san Macario: un hombre caminando se encontró una calavera, a la cual sacudió con su bastón y notó que se movía. La calavera le contó que había sido un sacerdote pagano y que ahora estaba en el infierno. Entonces le preguntó: "¿Cuál es la naturaleza de tu tormento y cuál es la naturaleza de la disminución de tu tormento?". A lo cual le contestó que su tormento era estar atado a los demás pero de tal manera que no podía ver sus rostros, pero que cuando las personas rezan, entonces las personas en ese infierno empiezan a poder ver los rostros de los otros. En otras palabras, el infierno es no poder ver los rostros de los demás, no verlos y considerarlos personas.

El obispo Kallistos cita también a T. S. Elliot, quien en su obra The Cocktail Party describe a una persona que se encuentra ante una puerta que no puede abrir y dice: "¿Qué es el infierno? El infierno es uno mismo, el infierno es solo, las otras figuras en él: sólo proyecciones". Así que uno hace el infierno, no los otros. Según Kallistos, es justamente la alienación, la incapacidad de relación o de conexión íntima, lo que perpetúa ese infierno. En otras palabras, como notó Dostoyevski (y antes que él, Isaac el Sirio y otros), el infierno es no poder amar.

Curiosamente, en la obra de Sartre, que no deja de ser una crítica irónica del cristianismo, el trío que vive el infierno de la otredad acaba teniendo una relación amorosa, un ménage à trois. Ahora bien, como nota Kallistos Ware, tal es la condición del cielo para el cristianismo: un amor trinitario, si bien no sexual sino espiritual. Como supo Hegel, la más brillante aportación teológica del cristianismo es su doctrina de la Trinidad. Una doctrina que ha sido malentendida y que genera cierto escarnio y repulsión a algunas personas, pues se preguntan: ¿cómo es posible que Dios, lo absoluto, sea tres personas? Pero esto es justamente lo brillante, pues la divinidad sólo así puede existir como amor, siendo que según san Juan "Dios es amor". En otras palabras, la trinidad es relacionabilidad (y es así como debe entenderse, no como personas antropomórficas, sino como poder de relacionarse consustancialmente). No un monismo, y por lo tanto un absoluto que no tiene forma de relacionarse, que devora la creación entera como una gota en el mar. No un dualismo, y por lo tanto una oposición y una tensión perpetua, sino una trinidad, un mutuo entregarse y responderse y fluir en la sobreabundancia del ser divino. Una perichoresis, la actividad de la vida intertrinitaria, que lo mismo significa una interpenetración que una danza circular. Los otros son el cielo, pero sólo si los otros son amor y sobre todo si existe una paradójica relación de diferencia y a la vez unidad, es decir, una comunión. Pues, como dice la Brihadaranyaka Upanishad, siempre que exista separación habrá miedo, pero por otro lado, sin diferencia y distancia no puede haber amor, contemplación y deleite en la belleza.