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¿Cómo se verían las ciudades del mundo si no estuvieran iluminadas más que por las estrellas? (FOTOS)

AlterCultura

Por: pijamasurf - 01/28/2019

Ciudades oscurecidas para imaginar como sería ver el cosmos atestado de estrellas desde las grandes urbes modernas

La contemplación del cielo estrellado es una de las actividades que han acompañado al ser humano desde el principio de su historia, siendo fuente de inspiración artística y cuestionamiento filosófico (Platón incluso atribuye a esto el surgimiento de la filosofía). Sin embargo, hoy en día muchos de los ciudadanos del mundo vivimos en cielos disminuidos, donde apenas se pueden contemplar a veces manojos de estrellas, nada como el infinito sugerido de una noche despejada y pletórica de estrellas en el campo.

El artista francés Thierry Cohen reflexiona sobre esta extraña condición en su serie Villes éteintes (Ciudades oscurecidas), en la que superpone cielos de lugares sin contaminación lumínica a los horizontes atestados de rascacielos de las grandes megalópolis. Cohen reemplaza el firmamento de una ciudad como París por el de una región de la misma latitud como Montana o Shanghái por el Sahara.

Su trabajo, según él, no es posapocalíptico, sino solamente busca regresar el silencio perdido, el silencio visual: la oscuridad que permite que llegue la luz y que podamos contemplar la maravilla del cosmos y, acaso, leer sus misteriosas palabras.

Sin duda, estas imágenes nos hacen sentir una cierta nostalgia y, quizá, un deseo de tener un apagón masivo para poder mirar el cosmos.

 

París

Shanghái 

San Francisco

 Hong Kong

Río de Janeiro

Tokio

Nueva York

Los Ángeles

 

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Sobre la famosa frase de Sartre

En su obra de teatro Huis Clos, Jean-Paul Sarte sentenció una de sus citas más repetidas: "el infierno son los otros" (l'enfer c'est les autres). En la obra, dos mujeres y un hombre llegan al infierno y se dan cuenta de que el verdugo de cada uno son los otros dos y que el castigo consiste en vivir para siempre juntos. "No se necesita hervir: el infierno son los otros", se dice. Y en El ser y la nada, Sartre señala: "mi caída original es la existencia del otro". El otro es el infierno, según Sartre, en tanto que congela lo que somos, y parece otorgarnos una esencia fija (y Sartre había criticado el idealismo diciendo que la existencia precede a la esencia); el otro en cierta forma impide nuestra libertad, pues nos juzgamos a través de la mirada de los otros, nos hace sentir una vergüenza primordial.

La frase de Sartre probablemente ha sido exagerada y malinterpretada, pues el mismo filósofo aclaró que el infierno son los otros siempre y cuando no logramos escapar de su mirada paralizante. De cualquier manera, ha sido asimilada a la cultura, como sugiriendo que la existencia de los otros es una constante fuente de angustia, incertidumbre y sufrimiento para el individuo, que acaso quisiera poder controlar la totalidad del mundo y autodeterminarse. De cualquier manera, Sartre es consciente que nuestra existencia es un existir-con. Por lo tanto, si el infierno son los otros, también el cielo deben de ser los otros.

Sobre esta frase, el obispo Kallistos Ware comenta: "Sartre dijo 'el infierno son los otros' y a veces se siente que así es. Pero no es así, el infierno soy yo alienado de los demás, rechazando relacionarme". Kallistos Ware cuenta un historia relatada por san Macario: un hombre caminando se encontró una calavera, a la cual sacudió con su bastón y notó que se movía. La calavera le contó que había sido un sacerdote pagano y que ahora estaba en el infierno. Entonces le preguntó: "¿Cuál es la naturaleza de tu tormento y cuál es la naturaleza de la disminución de tu tormento?". A lo cual le contestó que su tormento era estar atado a los demás pero de tal manera que no podía ver sus rostros, pero que cuando las personas rezan, entonces las personas en ese infierno empiezan a poder ver los rostros de los otros. En otras palabras, el infierno es no poder ver los rostros de los demás, no verlos y considerarlos personas.

El obispo Kallistos cita también a T. S. Elliot, quien en su obra The Cocktail Party describe a una persona que se encuentra ante una puerta que no puede abrir y dice: "¿Qué es el infierno? El infierno es uno mismo, el infierno es solo, las otras figuras en él: sólo proyecciones". Así que uno hace el infierno, no los otros. Según Kallistos, es justamente la alienación, la incapacidad de relación o de conexión íntima, lo que perpetúa ese infierno. En otras palabras, como notó Dostoyevski (y antes que él, Isaac el Sirio y otros), el infierno es no poder amar.

Curiosamente, en la obra de Sartre, que no deja de ser una crítica irónica del cristianismo, el trío que vive el infierno de la otredad acaba teniendo una relación amorosa, un ménage à trois. Ahora bien, como nota Kallistos Ware, tal es la condición del cielo para el cristianismo: un amor trinitario, si bien no sexual sino espiritual. Como supo Hegel, la más brillante aportación teológica del cristianismo es su doctrina de la Trinidad. Una doctrina que ha sido malentendida y que genera cierto escarnio y repulsión a algunas personas, pues se preguntan: ¿cómo es posible que Dios, lo absoluto, sea tres personas? Pero esto es justamente lo brillante, pues la divinidad sólo así puede existir como amor, siendo que según san Juan "Dios es amor". En otras palabras, la trinidad es relacionabilidad (y es así como debe entenderse, no como personas antropomórficas, sino como poder de relacionarse consustancialmente). No un monismo, y por lo tanto un absoluto que no tiene forma de relacionarse, que devora la creación entera como una gota en el mar. No un dualismo, y por lo tanto una oposición y una tensión perpetua, sino una trinidad, un mutuo entregarse y responderse y fluir en la sobreabundancia del ser divino. Una perichoresis, la actividad de la vida intertrinitaria, que lo mismo significa una interpenetración que una danza circular. Los otros son el cielo, pero sólo si los otros son amor y sobre todo si existe una paradójica relación de diferencia y a la vez unidad, es decir, una comunión. Pues, como dice la Brihadaranyaka Upanishad, siempre que exista separación habrá miedo, pero por otro lado, sin diferencia y distancia no puede haber amor, contemplación y deleite en la belleza.