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Que nos parezca normal que nuestras conductas sean vigiladas y analizadas constantemente para crear anuncios personalizados es una caja de Pandora

Hace unos días Mark Zuckerberg publicó un artículo en el Wall Street Journal en el que defiende que Facebook necesita la información de los usuarios, pero sólo para la seguridad y para operar; los usuarios pueden controlar si se usa para anuncios o no. Zuckerberg mantiene que su intención desde el principio era proveer un espacio para conectar personas, algo que el Internet no hacía. Este es el discurso que ha manejado reiteradamente en los últimos tiempos ante importantes cuestionamientos de los medios y el poder legislativo.

Como nota el analista Enrique Dans, esta aseveración es poco menos que engañosa, pues es prácticamente imposible controlar todo lo que Facebook hace con tu información. Y el solo hecho de estar en Facebook es ya estar expuesto a anuncios que se personalizan con información de usuarios, a cuyo perfeccionamiento has contribuido con tu historia en Facebook. Nadie que esté en Facebook, por más que opte por no hacer disponible su información para los anunciantes -algo que acaso sólo recientemente se puede hacer, y sólo hasta cierto punto-, no ha contribuido con su información a la personalización de los anuncios y con ello, a posibles estrategias de persuasión y manipulación de conducta. Dans nota que Facebook fue inicialmente una empresa creada por un joven ambicioso y en muchos sentidos irresponsable. Zuckerberg famosamente dijo que no entendía cómo sus compañeros de Harvard le cedían toda su información, llamándolos "dumb fucks". Este fue el ethos inicial de la compañía y aunque con el tiempo Facebook se ha obligado a volverse más serio y a responder a algunos de los reclamos de la sociedad, este ethos sigue embebido en el ADN de la corporación.

Dans señala que el modelo de negocio de Facebook se consolidó simplemente como "saberlo todo de sus usuarios y vender esa información al mejor postor". Algo difícil de refutar. El éxito de Facebook, añade, se debe a que ninguna empresa en la historia ha ofrecido un servicio de publicidad personalizada tan efectivo, y esto se debe fundamentalmente a que Facebook ha logrado, con el tiempo, hacernos creer que nuestra privacidad no es muy importante. Después de todo, ¿qué tenemos que ocultar si no somos criminales? El problema estriba en que nuestra información ha creado un monstruo fuera de control y el mismo Facebook ha dado entrada a esta información a compañías con dudosas intenciones, como fue demostrado en el caso de Cambridge Analytica. Más allá de teorías conspiratorias, es poco probable que Facebook sea un ente maligno, simplemente es el resultado de un experimento casi adolescente, irresponsable, ambicioso y poco consciente de los efectos negativos que iba a tener. El hecho de que no tenga intenciones malignas, por otro lado, no significa que no sea necesario hacer que rinda cuentas. Dans pide llevarlo a tribunas. El profesor Tim Wu habla de romper su monopolio (WhatsApp, Instagram, etcétera).

Al final lo que Facebook ha hecho es que nos parezca normal ser espiados por agencias de marketing, gobiernos y otros organismos, que vayan minando nuestra información y analizándola hasta que finalmente logren desarrollar algoritmos que puedan no sólo predecir nuestra conducta sino persuadirla. Este es el precio que pagamos queriendo estar donde todos están. En su artículo Dans vincula está imagen, que lo dice todo: 

"No te preocupes, son sólo los mercadólogos recolectando información para que puedan crear anuncios más relevante para nosotros". Esta es la actitud tácita de todas las personas en las redes sociales, nuestros hogares virtuales, que son vigilados constantemente. Hoy nos parece normal y poco inquietante, pero a mediano y a largo plazo las consecuencias pueden ser muy graves.

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Resonancias magnéticas muestran que niños de 9-10 años que pasan mucho tiempo con smartphones o tablets sufren alteraciones en el córtex cerebral

En el que es el estudio más grande hasta la fecha en medir los efectos de la tecnología digital en el cerebro de los niños, investigadores del National Institute of Health de Estados Unidos han hallado indicios de que pasar mucho tiempo ante una pantalla afecta negativamente la cognición. El estudio, que cuenta con fondos de 300 millones de dólares y está programado para hacerse de manera longitudinal durante varios años, midió el impacto de la tecnología a través de imágenes de resonancia magnética y pruebas de aprovechamiento en más de 4 mil 500 niños.

Tan sólo pasar más de 2 horas ante una pantalla ya modifica la estructura del cerebro de un niño de entre 9 y 10 años de edad, si bien se notaron efectos drásticos en niños que pasan 7 horas o más al día ante pantallas, algo que parece una barbaridad pero no es del todo fuera de lo común. Los efectos, con tan sólo 2 horas diarias de uso, se muestran en cosas como memoria reducida, disminución de la habilidad perceptual y menor puntaje en pruebas de IQ.

En el caso de los niños que pasan 7 horas al día ante una pantalla se observó un adelgazamiento del córtex, algo similar a un envejecimiento. Estos resultados no implican necesariamente que haya daños cerebrales por el uso de las pantallas -aunque lo sugieren fuertemente-, y necesitan ser analizados a profundidad. Sin embargo, el hecho de que en la misma investigación se encontró una disminución en pruebas de inteligencia en niños que usan mucho estos aparatos, parece ser un fuerte indicador en esa dirección. 

Aunque aún quedan por determinar cosas que para los científicos son importantes y éstos se manifiestan cautos, resulta bastante evidente que pasar mucho tiempo ante una pantalla afecta la cognición, y de los primeros resultados se puede deducir que no favorablemente. Algo que, por otra parte, no era necesario que fuera dicho por los científicos; cualquier persona que mantiene cierta claridad de juicio ya se había dado cuenta de que el uso prolongado de smartphones y tablets que predomina en nuestra civilización no es exactamente un semillero de genios.

Los investigadores dijeron que existe "una preocupación de que estamos en medio de una especie de experimento fuera de control con la nueva generación de niños", lo cual suena sumamente delicado. ¿Acaso, en nuestro afán de seguir creciendo económicamente y en nuestra apuesta ciega por la tecnología, hemos hipotecado el cerebro de nuestros hijos?

 

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