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Decir la verdad es literalmente esencial, lo que nos establece en el ser universal que nuestra existencia particular actualiza, en lo divino, en lo inmutable

Después de los textos sagrados de las grandes religiones -y eso es discutible- no hay ningún libro que haya influido tanto en el pensamiento occidental como La república de Platón, el clásico de clásicos de la filosofía. La filosofía de Platón, de la cual Whitehead dijo que toda la filosofía occidental era sólo una serie de notas al pie, fue repartida en numerosos diálogos (todos los cuales se complementan y ninguno de los cuales es exhaustivo), y aunque es el primer gran sistema metafísico de Occidente, no es completamente uniforme o sistemática, como lo serían después algunos filósofos. Platón deja lugar para la interpretación y su mismo estilo literario nos habla de un sistema abierto, conde cabe la imaginación y que requiere de una contemplación activa. Dicho eso, si sólo se fuera a leer un texto de Platón, ese texto debe ser sin duda La república, el libro que trata de la justicia, tanto en el microcosmos de la ciudad como en el microcosmos del alma humana, entre otros temas relacionados, y encontramos ahí también el famoso mito de la caverna y el mito de Er (o sobre la transmigración de las almas), además de la identificación de Dios con la idea del bien, que sería tan influyente en la teología cristiana.

En el contexto de determinar qué historias o mitos los poetas deben contar y los ciudadanos de la polis escuchar, Sócrates explica que los poetas de antaño en sus historias han representado de manera inexacta a los dioses, pues les han atribuido comportamientos mutables y moralmente dudosos como los que encontramos demasiado frecuentemente entre los humanos. Pero esto no puede ser cierto, pues justamente lo propio de la divinidad es no sufrir cambios, ser siempre lo que es, lo cual identifica con el bien. De aquí se deriva una teoría sobre el origen del mal, pues Sócrates dice que Dios es sólo la causa de lo bueno, no de lo malo. Lo cual podría  sugerir un dualismo, una oposición entre el bien y el mal -como algunos han interpretado-, pero que la tradición con más autoridad ha interpretado manteniendo el idealismo: el mal es una ausencia de bien, una privación, una sombra y no algo que exista realmente; el mal es propio del mundo cambiante de la materia o devenir, mientras que el bien es una forma eterna, propia del ser en sí.

De lo anterior se puede derivar una filosofía ética. En el diálogo Sócrates le dice a Adimanto (el hermano de Platón) que "los dioses y los seres humanos odian las verdaderas mentiras" (un juego de palabras, que parecer sugerir algo así como una mentira esencial, una falsedad del alma). Y da una pista de por qué esto es así. Dice que la mentira de este tipo es una especie de "imitación de la afección del alma", y de esto engendra una especie de "fantasma" o copia. En otras palabras, la mentira engendra no-ser, el mal, aleja de la forma pura eterna, y de alguna manera irrealiza la naturaleza divina (si tal cosa es posible); es una especie de corrosivo ontológico. O por lo menos impide que el ser humano alcance su plenitud y naturaleza más alta, que es ser como los dioses, que son siempre fieles a su propia naturaleza, inmutables y libres de ilusiones y engaños (Platón aquí considera las famosas transformaciones de Zeus y otros dioses meramente legendarias, acaso alegóricas). Hay una lógica cristalina en esto, la mentira es aquello que no es y al mentir no somos, nos hacemos como el no-ser, como esa sustancia espectral del mundo generativo, en la cual siempre habrá pesar y dolor. Y por otro lado, como enseñan igualmente el Evangelio y las Upanishad, la verdad es lo que diviniza o libera del mundo cambiante y opresivo de la existencia sublunar. Con esto nos podemos quedar: que al mentir nos movemos hacia el no-ser, hacia el caos, hacia seguir vagando en un mundo donde el sufrimiento y el extravío son la norma y que al decir la verdad nos movemos hacia actualizar aquello que somos, hacia el bien, hacia el orden, hacia la divinidad misma. Al decir la verdad repetimos el Logos, la razón creadora que ordena el cosmos y lo lleva a ser una luminosa imagen de la eternidad.

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Filosofía

Por: pijamasurf - 01/27/2019

Una actitud que los filósofos han distinguido como un modo sublime de sortear las vicisitudes de la existencia

Es obvio que el ser humano no controla su destino. Puede aspirar a ser mejor, puede modificar sus hábitos, puede crecer y aprender y su vida será en cierta medida más digna y más pacífica. Pero no puede vencer a la muerte, no puede imponerse a las contingencias del tiempo y de la naturaleza o, si acaso, de los dioses. Su rango de acción e influencia es mínimo en un sentido cósmico.

Ante esta situación existencial, sin embargo, tiene la libertad de responder con la actitud que juzgue mejor. Puede aceptar o resistirse a lo que sucede. La filosofía estoica, que goza de una suerte de renacimiento en nuestra época, tiene como uno de sus preceptos básicos justamente la aceptación de todo lo que sucede. No se trata de una amarga resignación patética e impotente, sino de recibir con los brazos abiertos aquello que Dios o el universo nos presenta, con una ecuanimidad que no debe confundirse con mera impasibilidad, sino que por momentos incluso puede llegar a ser una serena celebración del misterio y el destino. Esta aceptación, por otro lado, no significa que la persona se retira del mundo en un quietismo impávido, pues como vemos en el caso de Séneca o del emperador Marco Aurelio, los estoicos fueron en cierta forma hombres de acción. Significa más bien que se actúa cuando se debe actuar, con conciencia de las limitaciones individuales, pero uno no se resiste ni se rebela contra los resultados de los actos. Los toma como sagrados, como manifestaciones de un orden universal superior a la propia voluntad. Escribe Séneca en Cuestiones naturales:

¿Cuál es la mejor consolación para el infortunio y la tristeza? [...] Es que el hombre acepte todo como si lo hubiera deseado y lo hubiera pedido; puesto que lo habrías deseado, si hubieras sabido que todo pasa por voluntad de Dios, en su voluntad y por su voluntad.

Y en una de sus cartas a Lucilo: "Padre y Señor de los cielos, estoy listo para todo lo que es tu voluntad; dame la voluntad para querer en concordancia con tu voluntad".

Esta idea, aunque tiene un sabor altamente estoico, se encuentra en numerosas tradiciones religiosas. El místico alemán cristiano Meister Eckhart incluso comenta estas citas del "filósofo pagano" dentro de la visión eminentemente cristiana de la autonegación. Y por supuesto esto es a lo que se refiere el Padre Nuestro: "Hágase Señor tu voluntad en la tierra como en el cielo". Esta idea la podemos encontrar también, obviamente, en el islam y en el bhakti hindú. Pero curiosamente aparece, en su versión atea, en Nietzsche. Escribe Nietzsche, en la sección 10 de Ecce homo:

Mi fórmula para expresar la grandeza en el hombre es amor fati [amor al destino]: el no querer que nada sea distinto ni en el pasado ni en el futuro ni por toda la eternidad. No sólo soportar lo necesario, y aún menos disimularlo ―todo idealismo es mendacidad frente a lo necesario― sino amarlo.

Nietzsche da una "fórmula" para la felicidad o para la realización del ser humano muy similar a la de Séneca y en alguna medida a la del cristianismo (algo que es curioso, pues Nietzsche es quizá el más grande crítico que ha tenido esta religión). Claro que Nietzsche no considera que los sucesos que se presentan tengan un origen divino o manifiesten una voluntad divina; su actitud es más bien trágica. Sin embargo, su "voluntad de poder", en los momentos extáticos y desmedidos de algunos de sus pasajes, parece cobrar una suerte de aura divina, pues aunque Nietzsche dice que no tiene sentido o propósito, y ciertamente no se trata de algo trascendente, sigue siendo una voluntad cósmica, "un monstruo de energía sin principio ni final", que permea todo. Una fuerza universal con la cual debemos bailar una danza circular, una pista que se repite por la eternidad. El caos como divinidad y la aceptación de su majestuosa brutalidad como el culto apropiado.

 

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