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El filósofo neoplatónico Plotino notó que es racionalmente incoherente pensar que la mente pudiera surgir de la materia o estar supeditada a ella

Pese a lo que algunos filósofos y físicos materialistas sostienen, resulta evidente que somos conscientes y que la conciencia es el acto primordial íntimo que define la experiencia de ser humanos. De aquí que la gran pregunta que enfrentan la ciencia cognitiva y la filosofía de la mente es explicar qué es la conciencia y cómo surge -o si es que surge y no es, más bien, algo que siempre ha existido-. Para la mayoría de los científicos, la conciencia debería de ser algo que surge de la materia; después de todo, el ser humano y los animales -que muestran tener al menos algún grado de conciencia- son el resultado de un largo proceso evolutivo, de formas materiales más simples a formas más complejas. Sin embargo, aunque es evidente que el cerebro animal ha evolucionado materialmente de tal forma que permite acomodar la experiencia consciente racional, esto no es lo mismo a comprobar que la conciencia ha surgido de la materia, pues no resulta claro que el cerebro sea igual a la conciencia. Como se dice comúnmente, correlación no es igual a causación, y el hecho de que los eventos materiales estén relacionados a experiencias conscientes no significa que las causen, de la misma manera que una televisión no crea las imágenes que se pueden sintonizar en ella. Es por esto que la conciencia ha sido llamada por David Chalmers "el problema duro de la ciencia" y que actualmente existe una importante tendencia entre filósofos y científicos -como Christof Koch, Galen Strawson o Thomas Nagel- a considerar que el panpsiquismo (la idea de que todas las cosas tienen en menor o mayor grado una cualidad mental inherente) es la explicación más coherente para la existencia de la conciencia, ya que suponer que la conciencia pudo haberse producido en algún punto del tiempo, gracias a la mera complejidad de la materia, supone un infinito salto cualitativo -y no una mera acumulación de complejidad-, algo completamente nuevo y radical. Esto es, el problema lógico de que lo mental pueda surgir de lo no mental, algo comparable a que el ser pueda surgir del no-ser. La noción de que la conciencia pueda surgir de la materia como una propiedad emergente es refutada por Thomas Nagel: 

No hay realmente propiedades emergentes de sistemas complejos. Todas las propiedades de sistemas complejos que no son relaciones entre sí y algo más derivan de las propiedades de sus constituyentes y sus efectos entre sí cuando son combinadas.

En otras palabras, la conciencia no puede "emerger" de un sistema complejo que no es consciente, pues un conjunto de moléculas inconscientes, no obstante la riqueza y complejidad de sus relaciones con más materia, no pueden transferir conciencia a otras moléculas. Para los panpsiquistas, debe de haber ya en la estructura de la materia al menos lo que podemos llamar una protoconciencia, una cualidad mental, o una subjetividad. 

Pese a que la formulación de los panpsiquistas es filosóficamente más racional y coherente -y existen diversos tipos de panpsiquismo-, su modelo sigue estando dentro de un paradigma materialista, al menos en las formulaciones que dominan actualmente el campo. Se cree aquí que la conciencia es algo que existe en la materia,  no un epifénomeno o una propiedad emergente, sino más bien una propiedad de la materia en sí, quizá a nivel cuántico. Este panspiquismo moderno suele ser completamente inmanente: no acepta una mente universal o un principio mental trascendente que hace posible la experiencia consciente, sino que limita la experiencia consciente a la presencia material.

Si bien, como mencionamos antes, existen diferentes grados y estilos de panpsiquismo, la moda panpsíquica moderna que vive actualmente su gran momento entra en conflicto con el idealismo y en general con la filosofía religiosa, donde en líneas generales es la materia la que es una función de la mente o espíritu, y los mismos cuerpos materiales evolucionan teleológicamente, es decir, con un propósito o hacia un fin, moldeados por leyes universales que revelan un principio de inteligencia que permea y trasciende el cosmos. La noción de "mente sobre materia" es una noción idealista que podemos observar en su más clara y completa manifestación en la filosofía de Plotino. Plotino fue el filósofo que revitalizó la escuela platónica en la antigüedad tardía, siendo el más importante exponente de lo que ha sido llamado el neoplatonismo. Según su discípulo y biógrafo Porfirio, Plotino tenía una tendencia espiritual que lo hacía casi avergonzarse de habitar en un cuerpo y estar sujeto al cosmos material. El mismo Porfirio famosamente relata que su maestro logró alguna forma de henosis, o unión con el Uno (la divinidad absoluta) durante su vida. A propósito de la publicación de una nueva traducción al inglés de las Enéadas de Plotino (una edición crítica autorizada, realizada por Lloyd Gershon), el filósofo David Bentley Hart resume la postura de Plotino:

Plotino dio una expresión exquisitamente refinada a la intuición antigua de que el orden material no es la base del mental, sino al revés. Esto no es sólo una intuición eminentemente racional; es quizá la única imagen racional de la realidad en su totalidad. La mente no surge de la materia sin mente, como a la moda filosófica moderna le gustaría. La sugerencia de que esto ocurre es tanto una imposibilidad lógica como un absurdo fenomenológico. Plotino y sus contemporáneos entendieron que todas las cosas que caracterizan más esencialmente el acto de la conciencia racional -su irreductible unidad de aprehensión, su estructura teleológica, la sintaxis racional del razonamiento y así sucesivamente- son intrínsecamente incompatibles, y no podrían emerger lógicamente de una realidad material desprovista de mente. Al mismo tiempo, no pudieron dejar de notar que existe una constante relación entre el acto racional de la conciencia y la inteligibilidad del ser, una correlación que es inimaginable si la estructura de la realidad no fuera de entrada racional. Felizmente, en la época de Plotino nadie había propuesto la esencialmente mágica teoría de la percepción como representación. Por ello, Plotino estaba completamente en lo correcto al intentar entender la estructura de la totalidad de la realidad contemplando internamente la estructura de la mente; y estaba igualmente en lo correcto al suponer que la reciprocidad entre la mente y la realidad objetiva debía apuntar hacia una realidad más simple y más capaz que ambas: una inteligencia primordial, el nous, y una unidad original, el Uno, que genera, sostiene y engloba a todas las cosas. Y ningún otro pensador de la antigüedad exploró estas cuestiones con mayor persistencia, rigor y originalidad de lo que lo hizo Plotino.

Los filósofos platónicos tomaron de Parménides la identidad entre ser y pensamiento (o ser y conciencia). Esto es, como explica Eric Perl en su libro Theophany, no sólo que "el ser y la inteligibilidad son coextensos", sino que: 

la inteligibilidad es en realidad el significado del ser: por ser sólo podemos significar "lo que está allí para el pensamiento'', pues ya que el pensamiento no se puede extender a algo más [es decir al no-ser], todo "algo más" es mero ruido vacío -en corto, nada-.

No hay ser sin conciencia, ni hay conciencia sin ser. Esto es algo que también entendieron en la India, con el famoso Sat-Chit-Ananda, las tres cualidades del absoluto o de la divinidad (ser, conciencia y gozo). 

Platón y sus discípulos adoptarían este principio de identidad entre el ser y el intelecto, pero modificarían la visión de Parménides en la que todo cambio y todo fenómeno sensible es ilusorio, calificándolos más bien como reales, pero no del todo, como una sombra de la realidad inmutable, de la eternidad de las ideas. De esta manera emergería la noción de que la materia es algo así como la prisión del alma o de que -la idea es de Plotino- es el alma la que tiene un cuerpo (y somos entonces eminentemente seres espirituales teniendo una experiencia material). El idealismo tendría sus avatares, y en su famosa reaparición en el idealismo alemán, particularmente en Hegel y Schelling, tendríamos una versión procesal en la que la mente o el espíritu (geist) sí evoluciona a través de la materia y la historia se convierte en el proceso de manifestación y desarrollo del espíritu absoluto (Hegel). No obstante, este espíritu o Dios precede a la existencia material, a la cual cincela como un artista, para convertir el universo entero en su escultura o poema.

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Según Martin Heidegger, el arte moderno es una fuerza más destructiva que constructiva y no alcanza a desencubrir el Ser en sí mismo

En un mundo secular donde triunfan la ciencia y la técnica y donde impera un repudio a lo tradicional y a lo religioso -en el encandilamiento de lo nuevo- parecería que sólo el arte puede ofrecer estímulo espiritual y sosiego contemplativo, pues aún creemos, en alguna medida, en el poder y en la importancia del arte. Sólo el arte puede salvarnos de la mecanización de la realidad y, sin embargo, según Heidegger, el arte moderno es una sombra y ha sido también aniquilado por la era de la tecnicidad. Difícilmente encontraremos el espíritu en el arte moderno, nos diría el filósofo alemán (aunque probablemente no usaría exactamente la palabra espíritu).

En la última entrevista que concedió en vida, al diario alemán Der Spiegel, el profesor Heidegger dijo:

En lo que concierne a mi orientación, en todo caso, sé que, con respecto a la experiencia humana y la historia, todo lo esencial y de gran magnitud ha surgido sólo del hecho de que el hombre tenía un hogar y estaba enraizado en una tradición. La literatura contemporánea, por ejemplo, es mayormente destructiva.

Heidegger luego señaló: "no veo nada en el arte moderno que trace un sendero para nosotros. Más aún, no queda claro cómo el arte ve el carácter específico del arte, o al menos lo busca". Y agregó que no veía a nadie capaz de pensar lo esencial y de abrir ese sendero para el encuentro del Ser, por lo cual quizá lo único que nos podía salvar era el encuentro con un dios:

La única posibilidad disponible para nosotros es que pensando y poetizando preparemos una disposición para la aparición de un dios, o para la ausencia de un dios en nuestro declive, en tanto a la visión de un dios ausente estamos en un estado de declive.

Al igual que Hölderlin, Heidegger creía que vivíamos en la época en la que lo divino se había retirado del mundo y el encuentro directo con el Ser había sido imposibilitado por la civilización técnica y por el intento de amaestrar el mundo natural, en vez de esperar, en una actitud de desapego, desasimiento y apertura la fulguración del Ser, la alétheia. Esta actitud eminentemente poética ya no se encuentra en el mundo moderno.  Un mundo donde:

Todo está funcionando. Eso es precisamente lo que es asombroso, que todo funciona, y que el funcionar catapulta todo, más y más, hacia más funcionamiento, y esta tecnicidad desenraiza al hombre de la tierra... Todas nuestras relaciones se han convertido en meramente técnicas. Ya no es sobre la tierra que vive el hombre.

Para Heidegger hay un misterio que la tecnicidad impide que veamos, o impide que entremos en el estado de pensamiento en el cual puede develarse ese misterio. La tecnicidad es antes que otra cosa una actitud ante el mundo, en la que todas las cosas se ven como herramientas, como cosas útiles que están a nuestra disposición. En otra parte Heidegger dice que la tecnicidad "es el intento del hombre moderno de dominar la tierra controlando a los entes que son considerados como objetos". Todo es considerado como objeto y no como Ser. Y esto permea el arte moderno, donde todo es calculable, cuantificable y cuyo valor supremo es el precio en el que se vende (y todo se vende). Un arte que, por otra parte, como ocurre con todas las manifestaciones culturales, está cada vez más desligado de las tradiciones del pensamiento artístico, filosófico y religioso de Occidente. Busca ser nuevo, pero esto para el arte no es cortar el cordón umbilical para tener su propia vida, sino cortar la fuente de aire, es decir de espíritu, de la cual se alimenta. Paradójicamente, un arte "en sintonía con el espíritu del tiempo", en nuestro tiempo sin espíritu, es un arte inerte y superfluo.