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¿El mito de que "la información quiere ser libre" nos ha hecho más daño que bien?

Uno de los mottos del Internet -y canto de guerra de los hackers al mismo tiempo- es que "la información quiere ser libre". Esta idea se le atribuye a Stewart Brand, uno de los grandes entusiastas de la primera época del Internet y fundador de la comunidad virtual The Well, quien, se dice, postuló esta frase en la primera Hacker Conference. La frase se convirtió en el ethos de la Web: todo debía ser gratuito, todo debía abrirse y compartirse. La información abriría nuestra mente y nos liberaría de la opresión. Esa era la idea.

La frase completa de Brand, sin embargo, ofrece también otro panorama:

Por una parte, la información quiere ser cara, porque vale tanto. La información correcta en el lugar correcto cambia tu vida. Por otra parte, la información quiere ser libre, pues el costo de sacarla se hace cada vez más bajo. Así que tienes estas dos cosas peleando entre sí.

Y siguen luchando actualmente, aunque todavía existe una especie de código tácito entre los usuarios del Internet de que el auténtico espíritu de este medio es que las cosas sean gratis y libres. Por otra parte, en los últimos años hemos descubierto que el hecho de que la información sea gratis tiene un costo, a veces mucho más alto que si tuviéramos que pagar por nuestra música, nuestras noticias, nuestro comentario experto, etcétera.

En una reciente charla, Sam Harris platicó con Douglas Rushkoff, el teórico de medios que recientemente publicó un libro clave para entender la situación actual de la red, donde señala que apenas estamos despertando a la noción de que la tecnología digital puede estar yendo en contra de nuestros intereses como humanidad, pese a que somos nosotros los que la creamos y le damos su orientación. Rushkoff notó que una importante razón por la cual el Internet adoptó esta noción de que la información debía ser libre fue porque en un principio se trató de un proyecto académico, sin fines de lucro. De hecho, los académicos que se conectaban firmaban un acuerdo de no lucrar con la información. La información era usada para colaborar y acelerar el conocimiento. Pero todo esto cambió cuando las corporaciones empezaron a colonizar el Internet y se aprovecharon de este ethos de que las cosas debían ser libres. Los usuarios no iban a pagar por recibir información, pero a cambio aceptarían que las grandes corporaciones utilizaran su información para, supuestamente, darles mejor servicio. Esto hizo que, finalmente, se convirtieran no en los clientes, sino sobre todo en el producto. Facebook, por ejemplo, vale lo que vale por la información que tiene de sus usuarios (gracias a la cual vende anuncios personalizados). En suma, las corporaciones alteraron la ética académica de la Web y la reemplazaron por la ética capitalista.

El problema de que la información sea libre o gratuita es que la información pierde calidad y, por otro lado, genera un esquema de publicidad altamente agresivo y sofisticado. Google, Facebook y otras empresas se alimentan de la información de los usuarios para crear algoritmos que pueden incluso predecir el comportamiento y manipularlo. Si sus servicios tuvieran costo, obviamente podríamos optar por no recibir anuncios.

Por otro lado, es evidente que si la información cuesta, muchas personas no pueden tener acceso a ella y esto genera un elitismo. Después de todo, en nuestras sociedades se considera que la información es un derecho. Pero por otra parte, ya vivimos en un cierto elitismo intelectual, pues las personas que no están bien educadas circulan por sitios de información basura o falsa, rebotando en cámaras de ecos, consumiendo el equivalente en información a comida chatarra. La información es un derecho pero quizás, más aún, es una responsabilidad.

En este estado de cosas, no parece haber una respuesta fácil. Por un lado, suena lógico que valorar la información de calidad y buscar métodos tradicionales de remuneración podría ser sano, pues nos orientaría hacia una cultura de lo cualitativo y no lo cuantitativo, donde no todo se trataría de crear mensajes virales y demás. Esto reforzaría, asimismo, la curaduría y el valor de filtrar, ordenar y darle sentido a la información. Se correría el riesgo de que se segmente la red y que algunas personas queden fuera de ciertos nichos de información de más calidad o que su experiencia en Internet sea la de un inmenso casino digital. Esto es una cuestión delicada y en todo caso se deberían iniciar campañas de educación digital, para que las personas aprendan a distinguir fuentes de calidad y aprendan también hábitos de higiene digital, entre otras cosas. Lo que es obvio es que el esquema actual tiene grandes problemas y, como ha sugerido Rushkoff, empieza a convertirse en un antihumanismo, esto es, las plataformas y algoritmos que hemos creado han comenzado a trabajar para explotar nuestros deseos y debilidades mentales.

 

Foto: Langara Review

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La pregunta no es menor

Poco antes de morir, el novelista italiano Umberto Eco, un hombre de una erudición enorme, hizo el siguiente comentario:

Las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que primero hablaban sólo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Ellos eran silenciados rápidamente y ahora tienen el mismo derecho a hablar que un Premio Nobel. Es la invasión de los necios.

Esto fue antes de un despertar más o menos masivo, si bien no suficientemente proactivo, que ocurrió a partir del triunfo de Trump y el descubrimiento de la influencia de las fake news, las "cámaras de ecos" de los algoritmos y demás.

Hace unos meses publicamos una nota sobre el nuevo libro de Jaron Lanier, Diez razones para borrar tus redes sociales de inmediato. Lanier señala que los algoritmos de los gigantes de datos han creado un nuevo modelo en el que "el comportamiento de los usuarios es el producto", un comportamiento -el tuyo y el mío- que está constantemente siendo modificado.

Jaron Lanier es uno de los principales disidentes de la burbuja de Silicon Valley. Es considerado el padre fundador de la realidad virtual, uno de los autores del protocolo de Internet 2; actualmente trabaja en Microsoft, pero sólo como asesor; la mayor parte del tiempo la pasa componiendo música clásica y escribiendo. Junto con otras voces lúcidas como Douglas Rushkoff, Lanier lleva haciendo advertencias respecto a esto desde hace varios años: el uso indiscriminado de la tecnología, y particularmente de las redes sociales, atenta contra lo mejor de lo que es ser un humano. Según Lanier, las redes sociales son laboratorios experimentales donde nosotros somos como los famosos perros de Pávlov.

En un reciente artículo en El País (cuya lectura recomendamos mucho) sobre la situación general del Internet y los algoritmos, se cita a Lanier diciendo que él mismo notó los efectos negativos de la red cuando estuvo blogueando en el Huffington Post. En las redes, "las personas normales suelen transformarse en idiotas porque los idiotas reciben la máxima atención". Y agrega que Donald Trump, adicto al Twitter, es un buen ejemplo del comportamiento enajenado y de la estupidización de las redes: "No está actuando como la persona más poderosa del mundo, porque su adicción lo es más aún". Para Lanier, la solución no acepta medias tintas: si bien la tecnología y el Internet tienen cosas positivas, las redes sociales realmente no, así que recomienda dejarlas.

La pregunta es: ¿realmente las redes sociales nos están haciendo idiotas? La respuesta, creemos, es que sí. En el mismo artículo se cita al filósofo (también recientemente fallecido) Zygmunt Bauman, quien consideraba que el verdadero diá-logo (es decir, la concurrencia del logos, de la razón) ocurría con los que son distintos a uno. El Internet, que en un principio fue impulsado bajo la idea de que nos conectaría con los "otros", hoy nos conecta solamente con los mismos, con reflejos tautológicos de nuestros propios gustos. Como ha sido notado por diversos analistas, el algoritmo de Facebook funciona como una "cámara de ecos" o una "burbuja de filtro" que nos regresa más de lo que ya nos gusta y no muestra lo diferente y lo discordante Si la verdadera inteligencia, y más aún, el crecimiento individual, consisten en desafiar nuestras propias creencias y estar abiertos a la radical otredad, entonces parece que es cierto que las redes nos idiotizan. Asimismo, si consideramos que el significado de la palabra idiota tiene que ver con quien existe de manera privada, el idiota es el ciudadano privado, aquel que realmente no dialoga ni participa con el mundo. Claro que hoy vivimos en la ilusión de que Twitter es la plaza pública y ahí participamos, colaboramos y cambiamos el mundo.