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Traductor budista ganó 600 mil dólares en un torneo de póker; donará su premio a la caridad

Buena Vida

Por: pijamasurf - 02/02/2019

Una peculiar historia de budismo, meditación, póker y congruencia personal

De todos los caminos que puede seguir el ser humano, uno de los más difíciles es el de la congruencia. Entre el pensamiento y la acción suele existir una brecha cuya amplitud varía de persona en persona, pero que en todos los casos aleja la intención del hecho. Como han notado tantos filósofos a lo largo de la historia, el ser humano suele estar lleno de buenas intenciones y buenos propósitos, pero no siempre vive acorde a ello.

Ese no es el caso, sin embargo, de Scott Wellenbach. Este nombre seguramente no le dice nada a nadie, pero se trata de un hombre con cierta fama en al menos dos mundos muy específicos y aparentemente con poca conexión entre sí: el mundo de la traducción de textos budistas antiguos y el mundo de los torneos de póker.

Wellenbach, en efecto, es un reconocido traductor de textos pertenecientes a la tradición tibetana del budismo. Durante mucho tiempo fue alumno de Chögyam Trungpa Rinpoché y de Dzogchen Ponlop Rinpoché. Actualmente se desempeña como decano de traducción en el Instituto Nītārtha, un establecimiento en Seattle, Estados Unidos, que busca enseñar el budismo en el marco de una formación universitaria.

Por otro lado, Wellenbach es también un hábil jugador de póker. Hace un par de semanas participó en un torneo en las Bahamas y ganó 671 mil 240 dólares. En 2017 hizo lo mismo en Barcelona, llevándose entonces 92 mil 000 dólares. 

Sin embargo, en ambos casos la mayor parte del dinero terminó en instituciones de caridad. En particular, Wellenbach decidió apoyar a un par de monasterios en Nepal que fomentan la formación de monjas budistas, quienes, como sucede en otras religiones, suelen tener un lugar secundario con respecto a los hombres. En otras ocasiones, Wellenbach también ha hecho donaciones a organizaciones de distinta índole: de derechos humanos, de combate a la desnutrición, de apoyo a la vivienda o a la educación, etcétera.

Entrevistado tanto por su triunfo como por su decisión de donar su premio, el traductor asegura que no le gusta poseer dinero obtenido a través de un juego que lleva a otras personas a la adicción y el sufrimiento; por esa razón, prefiere reconducir dichas ganancias a fines más nobles.

En cuanto a la relación entre el budismo y el póker, Wellenbach tiene una opinión muy peculiar: 

Cuando practicas meditación y desarrollas las cualidades de la atención plena (mindfulness and awareness), te vuelves amigo de ti mismo: te habitúas más a todos esos pensamientos y emociones que corren a través de la mente y que frecuentemente la controlan, emocional o psicológicamente. Conforme te familiarizas con lo que sucede contigo mismo, esos pensamientos y emociones tienen menos poder sobre ti, así que puedes ver con mayor claridad qué está pasando en la mesa y qué está pasando contigo, de modo que, con suerte, puedes entonces hacer lo correcto.

Esta descripción que realiza Wellenbach coincide con las cualidades de la atención que tanto elogiaron el psicólogo William James y la filósofa Simone Weil. Ya sea que se trate de estudiar una lengua, traducir un texto, crear arte o jugar póker, tal pareciera que el éxito de cualquier empresa reside en una única capacidad: la atención plena.

Cabe notar, sin embargo, la relación que establece el traductor entre el cultivo de la atención y el conocimiento de uno mismo. Ambos procesos casi siempre ocurren paralelamente. Es posible desarrollar una atención plena sólo en la medida en que conocemos los flujos de pensamientos que corren por nuestra propia mente; y viceversa: al emprender el conocimiento de lo que somos (nuestras emociones, nuestras cualidades, nuestras ideas, nuestra historia, etc.), la cualidad de la atención se fortalece, pues las aguas de la conciencia se vuelven entonces un mar conocido y navegable.

En cierta forma, ese es el principio de una vida congruente.

 

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Buena Vida

Por: pijamasurf - 02/02/2019

Las relaciones de amor, en el sentido amplio del término, son indispensables, pero también arduas

Las relaciones son fundamentales en la vida, pero no por ello son lo más fácil de establecer. De hecho, lo contrario es más bien la norma. 

A pesar de que el ser humano es un ser social, que encuentra su fortaleza en su capacidad de tejer vínculos con sus semejantes, tal pareciera que a lo largo de nuestra historia nos hemos desentendido cada vez más de ese elemento imprescindible en el desarrollo de nuestra existencia, de modo tal que ahora pareciera que se ha instalado una dificultad generalizada para conocer gente, hacer amigos, entablar relaciones sentimentales sinceras, quererse, ayudarse, hablarse, etcétera. 

En cierta medida, esto puede explicarse porque entendemos tarde en la vida que amar también requiere de un aprendizaje. Uno que además debe experimentarse en cabeza propia. Ello, sin embargo, no impide que seamos capaces de tomar algunos cuantos atajos (así sean teóricos) para la práctica del amor. 

A continuación compartimos este listado de lecciones sobre las relaciones, inspirado en una nota publicada en el sitio Tiny Buddha, pero con una elaboración original.

 

Vemos la vida como somos, no como es

La perspectiva que tenemos de la vida suele estar determinada por nuestra percepción. La realidad como tal existe, pero en el caso del ser humano es prácticamente imposible disociarla de los códigos con los cuales la volvemos comprensible. Y esos códigos tienen siempre una dimensión subjetiva. En el caso de la subjetividad y las emociones, esto es todavía más evidente en la manera en que una persona se coloca frente a la vida. Hay quienes la viven como un desafío emocionante, mientras que a otros les parece una carga insufrible. Hay quien se alegra aun en medio de la adversidad, y otros que encuentran motivo de queja incluso en los detalles más banales. Y no obstante, hasta cierto punto podría decirse que la vida es la misma para todos. Sus condiciones cambian, en efecto, pero el hecho de estar vivos, la energía que circula en todo aquello que tiene vida, es en cierta forma una misma esencia, de la cual obtenemos aquello que estamos dispuestos a pedir y a recibir a cambio de nuestro esfuerzo, nuestro trabajo y nuestras expectativas. Es necesario entender que no todas las personas miran la vida de la misma manera.

 

Dos personas pueden experimentar la misma situación de maneras totalmente distintas

Esto puede parecer obvio, pero en la práctica no lo es tanto. Dependiendo de nuestro nivel de madurez emocional, podemos admitir que otra persona tenga una opinión totalmente distinta de una misma situación, o no… Cuando entendemos que cada persona se forma sus ideas sobre la vida y la realidad a partir de su biografía, los hechos que la marcaron, la educación que recibió, las circunstancias en las que creció, etc., podemos entender por qué aquello que a alguien le parece agradable, quizá para otro es causa de tristeza, o porqué una acción que a alguien le causa satisfacción, a otro más bien le asusta. Resistirnos frente a la otredad esencial de las relaciones sólo genera crispación y conflictos innecesarios.

 

Las personas cambian

La vida está en cambio constante y las personas no son una excepción a esa regla. Algunos cambian obligados por las circunstancias, otros por decisión propia, algunos más porque navegaron con el flujo de su existencia. En todos los casos, el cambio es una opción e incluso un derecho que debemos reconocerle a los otros. Las personas cambian, pero además, tienen derecho a cambiar.

 

Cada persona tiene su propio camino

Otra verdad relativamente evidente que, sin embargo, a veces tardamos en comprender. La vida, de inicio, nos lleva a coincidir con ciertas personas, a pasar el tiempo con ellas, a compartir sucesos y etapas importantes… Pero también la vida es capaz de separar y distanciar. Y a veces, con aquellos con los que alguna vez experimentamos una afinidad insólita, después es casi imposible sostener una plática más allá de lo superficial. Pero así es la existencia: nos conduce a todos por caminos diferentes.

 

Una persona puede llegar a tu vida por un día, una semana, un mes, un año o por tiempo indefinido y, en todos los casos, enseñarte algo

Cada relación es una oportunidad de aprender algo que no conocías antes. Sobre ti mismo (a), sobre el mundo, sobre la realidad, sobre la vida. Poner en juego lo que somos nos lleva a movilizar nuestros recursos, a despejar nuestros pensamientos y aun, a sacudirnos creencias que por mucho tiempo han permanecido fijas en nuestro interior. Algunas lecciones son difíciles de aprender, dolorosas en algunos casos, pero también las hay felices y placenteras. Por lo demás, si tienes la disposición, al final todos los aprendizajes serán en tu beneficio. Ese es uno de los grandes dones de las relaciones humanas.

 

Tienes permitido cuidar de ti

Por distintas circunstancias hay quienes crecen creyendo que deben “soportar” el malestar. Muchas relaciones abusivas se sostienen porque una o las dos personas involucradas son incapaces de moverse hacia un lugar emocional de bienestar. No obstante, esto no sólo es posible, sino necesario. Nadie está obligado a sufrir, ni por el mero hecho de sufrir, ni porque espere que mañana las cosas mejoren. Por supuesto que puedes tomar la decisión de moverte hacia un lugar mejor, en aras de tu seguridad y tu bienestar.

 

Las acciones hablan más y mejor que las palabras

El ser humano es un ser de lenguaje, pero esta invención, aunque genial, también es origen de muchísimas confusiones. El lenguaje es capaz de hacernos ver lo que no existe y creer en algo que quizá nunca sucederá. Sin embargo, las palabras no son su único medio. En las relaciones, con cierta frecuencia los actos son mucho más elocuentes cuando se trata de conocer realmente a una persona: sus intenciones, sus deseos, sus dificultades, sus valores, etc. Adquiere el hábito de escuchar pero también de mirar, esto es, de dar lugar a aquello que una persona dice, asegura, promete, etc., pero también aprende a mirar sus actos y sus omisiones, y compara una y otra dimensión. Por lo demás, no olvides hacer el mismo ejercicio contigo. La autenticidad y la honestidad son perlas raras que dan origen a relaciones fuertes y duraderas.

 

Cuida tu intimidad

La palabra intimidad no es sencilla de manejar en nuestros días, pues desde hace algunos años, su expresión ha cambiado tanto que incluso parece haber adquirido algunos tintes conservadores o morales. En tiempos en que todo se expone, cuidar la intimidad pareciera ser un consejo extraído de manuales de conducta de siglos pasados. Con todo, en el marco del manejo de las relaciones personales, se trata de un elemento fundamental. Por mas que vivamos tiempos de apertura, la intimidad conlleva elementos de nuestra personalidad o de nuestra historia de vida que no es tan sencillo exponer, pues hacerlo nos lleva necesariamente a una posición de vulnerabilidad que ni todas las personas saben manejar ni, por otro lado, debería manejarse en cualquier situación. Nuestros amigos cercanos, algunos miembros de nuestra familia, nuestra pareja, quizá otro tipo de persona en quien también confiemos (un maestro, una figura tutelar, etc.): he ahí un círculo íntimo, con quienes es posible mostrarnos vulnerables porque sabemos que no se aprovecharán de esa circunstancia para herirnos o lastimarnos, sino más bien lo contrario: buscarán cómo protegernos.

 

Una persona siempre está luchando sus propias batallas

Recuerda tener esto en mente para conducirte con mayor compasión en tus relaciones. No siempre es evidente, pero todas las personas tienen sus propias dificultades en la vida, mismas que de una u otra manera tienen un efecto en su manera de vivir, de actuar, de pensar, etcétera.  

 

Toma conciencia de la manera en que usas tu energía emocional

En tanto seres vivos, nuestra energía es limitada. Y esto también es válido para la energía que dedicamos a nuestra vida emocional. Con cierta frecuencia, las personas que viven sumidas en una existencia emocional problemática, conflictiva, se dicen también cansadas, fatigadas, sin ganas ni motivación, lo cual es perfectamente comprensible: cuando una buena parte de la energía emocional se dedica a crear problemas inexistentes, a discutir, a enojarse, a entristecerse, a quejarse, etc., es lógico que no quede energía para otras emociones como la alegría, el entusiasmo, la curiosidad, etc. No queremos decir que niegues tus emociones (pues, como sabemos, las llamadas “emociones negativas” son un componente indispensable del bienestar psíquico), sino que tomes conciencia de tus patrones emocionales, el efecto que éstos tienen en tu vida y los lugares hacia los cuales te conducen. Quizá en el proceso te des cuenta de dos o tres cosas que te permitan entablar relaciones más constructivas y nutritivas.

 

Las relaciones son desiguales

Las relaciones con el otro son siempre un intercambio. Dejamos al otro entrar hasta cierto punto de nuestra vida, damos bajo ciertas circunstancias, obtenemos también en la medida de las limitaciones del otro y de la relación en sí, y viceversa. Un intercambio que no es justo ni equitativo, porque es imposible tasar objetivamente todo aquello que entra en juego en una relación. ¿Cómo poner un valor a una emoción, por ejemplo? ¿Cómo hacer el cálculo  de equivalencia entre los actos con que dos personas totalmente diferentes expresan su amor? ¿Y quién quisiera realmente llevar la cuenta del amor en la relación donde se encuentra?

 

Toda relación requiere trabajo y esfuerzo

La palabra trabajo suele estar asociada con aquello que hacemos para “ganarnos la vida”, esto es, a la actividad o actividades que nos reportan un sueldo o un ingreso monetario. Sin embargo, es posible ampliar esa noción y ver en la idea del trabajo uno de los componentes esenciales del ser humano. Si retomamos la frase podemos decir, en efecto, que sólo gracias al trabajo podemos “ganarnos la vida”, pues para obtener la existencia que queremos, que creemos merecer, que nos satisfaga o que nos haga felices, es necesario esforzarse, es decir, trabajar. Y esto incluye las relaciones con otras personas. Para tener buenos amigos (sinceros, afectuosos), para tener una relación de pareja en la que encuentres felicidad, incluso para que tus relaciones laborales y profesionales contribuyan a tu crecimiento: para tener todo ello, es necesario que trabajes para obtenerlo.

 

No todas las personas tienen que amarte

Contrario a lo que una visión inmadura del amor puede hacernos pensar, no todas las personas están “obligadas” a amarnos, a aprobar lo que hacemos, a celebrar nuestras decisiones, etc. De hecho, lo que ocurre en la vida cotidiana es más bien lo contrario. La otredad de la que hemos hablado prepara el terreno para la diferencia, la confrontación, el conflicto y la polémica, los cuales pueden presentarse en términos amistosos pero también en contextos muy adversos. En este sentido, es inútil que vayas por el mundo esperando que todo mundo apruebe lo que haces o decidas. Lo mejor que puedes hacer es tomar tus propias decisiones y, en todo caso, esperar que éstas te conduzcan hacia aquellas personas con quienes será posible dialogar, llegar a algún acuerdo, colaborar e incluso amar, pero no de una manera pasiva, como quien recibe tributo y admiración, sino en una relación activa, de trabajo y esfuerzo mutuo.

 

¿Cómo esperar que una relación te dé lo que buscas si tú mismo (a) no sabes qué es?

El autoconocimiento es uno de los pilares sobre los cuales se asienta la realización de la existencia. En el caso de las relaciones, es un factor fundamental para poder establecer vínculos que contribuyan a tu bienestar y tu crecimiento. Invierte tiempo en conocerte y comprenderte. ¿Qué buscas en una relación? ¿Entablas tus relaciones con ciertas expectativas predefinidas? ¿Qué es para ti el amor? ¿Dónde y de quién aprendiste a amar? Esas son algunas preguntas que pueden guiarte, pero no son las únicas.

 

Decir adiós

Este debe ser uno de los aprendizajes más difíciles de la vida, pues toca lo más profundo de nuestra necesidad de mantener relación con otro ser humano. Son muchas las razones que nos pueden hacer pensar que debemos mantenernos en una relación, pero a veces basta con un solo motivo para saber en lo más íntimo de nuestro corazón que eso no es posible. Pero la vida es así: las personas cambian, las relaciones se desgastan, la necesidad que un día nos mantuvo cerca de una persona no existe más… Decir adiós no es sencillo, y no siempre se puede hacer de la mejor manera, pero a veces es necesario.

 

BONUS: Te vas a equivocar, una y otra vez

En cuestión de relaciones no hay manuales ni secretos que te permitan evitar el equívoco, la desilusión, el descalabro. Más allá de ciertos principios que puedes adoptar –la compasión, la empatía, la solidaridad–, es poco lo que puedes predefinir con miras a los vínculos que establezcas en tu vida. Pero mejor que sea así. Las relaciones suelen rendir mejores frutos cuando las dejamos crecer y florecer a su propio ritmo, cuando las cultivamos con paciencia y amor. De ese modo, siempre nos sorprenderán. Cierto, quizá más de una se malogre en el proceso, o no llegue hasta el punto que hubiéramos deseado, pero otras sí lo lograrán. Y de cada una aprenderemos cómo equivocarnos mejor la próxima vez.

 

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Imagen de portada: mozza