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Para alcanzar un estado de profunda concentración, requerido para el aprendizaje y los retos laborales, es necesario seguir ciertas reglas, explica el profesor Cal Newport

El profesor de informática Cal Newport es experto en la los efectos que tiene la tecnología en nuestros hábitos y nuestra facultad de atención. En una reciente entrevista con el New York Times, Newton enumeró tres reglas básicas para lograr lo que el llama "deep work", el trabajo profundo que caracteriza un estado de concentración profunda en el que la persona se dedica completamente a una labor que presenta un reto cognitivo. Estas son las labores que realmente nos generan beneficios o que nos involucran enteramente y permiten entran en estado de flujo. En oposición a esto, está lo que Newport llama el trabajo superficial, que consiste en la mayoría de las actividades que hacemos en línea, como contestar un correo electrónico o hacer una búsqueda en Google.

Newport mantiene que el multitasking o el cambio de una actividad a otra tiene un costo cognitivo que genera lo que se llama "residuo de atención". La constante interrupción de nuestros aparatos o el constante alternar de ventana en un buscador -y cosas por el estilo- nos mantiene en un estado residual de atención, pues para realizar un "trabajo profundo" necesitamos de nuestra atención indivisa, del foco resoluto de nuestra mente.

 

1. Trabaja profundamente

La primera regla de Newport tiene que ver con la importancia de realizar este tipo de labores que requieren de nuestra total concentración. Newport dice que uno no puede esperar a que todo sea perfecto, a que tenga tiempo libre, no haya ruido ni distracción y la mente esté relajada para empezar a hacer esto. "Debes luchar para incorporarlo a tu itinerario", incluso respetando estos horarios de la misma manera que solemos respetar una cita con otra persona. Y cuando finalmente uno se decide a hacer esto, es fundamental hacerlo sin ninguna otra actividad o distracción potencial corriendo en paralelo.

 

2. Abraza el aburrimiento

Esta regla tiene que ver con que el trabajo profundo a veces requiere de actividades que no son necesariamente placenteras, o al menos no lo son al principio. Asimismo, la concentración es "una habilidad que uno tiene que entrenar" y una forma de entrenarla es "frecuentemente exponiéndose al aburrimiento". Estamos acostumbrados a reaccionar, según Newport, como uno de los perros de Pavlov, y al primer indicio de aburrimiento reaccionamos sacando nuestro teléfono para proveernos de estímulos fáciles. Esto es un pésimo entrenamiento para la mente, pues obviamente nos costará mucho trabajo sostener un trabajo más complicado por mucho tiempo y seremos menos eficientes.

 

3. Deja las redes sociales

Esta tercera regla es la misma que ha expuesto Jaron Lanier: la importancia de abandonar las redes sociales -en el caso de Lanier, incluso para salvaguardar a la sociedad y la democracia-. Newport argumenta que las personas requieren ser más selectivas en cómo distribuyen su tiempo y en qué tipo de estímulos reciben (Douglas Rushkoff ha dicho que debemos pensar en la tecnología digital como una droga que estamos consumiendo). Muchas personas, dice Newport, creen que la vida digital tiene muchas ventajas para su trabajo, pues les permite promoverlo y conectar con personas afines; sin embargo, la vida digital genera un hacinamiento de potenciales distractores, atiborrando nuestra vida de cuentas virtuales que debemos responder (hay que seguir posteando en Twitter o checar cuantos likes hemos recibido en Instagram). Al final lo que uno pierde es más que lo que uno gana, de lo cual el mismo Newport es una prueba, pues nunca ha tenido una cuenta en una red social y aun así es un autor altamente exitoso, con una Ted Talk y un nuevo libro en el que plantea justamente esto, lo que llama el "minimalismo digital". Es algo así como la Marie Kondo del espacio digital.

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Los dispositivos y medios digitales han afectado profundamente la lectura, una de las formas más efectivas en la historia para obtener y generar conocimiento

¿Cuándo fue la última vez que leíste un texto, de principio a fin, sin desesperarte, sin cansarte, sin interrumpir tu lectura, sin distraerte y sin querer pasar urgentemente a otra cosa?

Esta pregunta, por sencilla que pueda parecer, es capaz de revelar una de las tendencias contemporáneas más preocupantes: el impacto del Internet y sus tecnologías derivadas parece haber creado una nueva forma de analfabetismo funcional, en el cual la gente sabe leer pero es incapaz de mantener su atención lo suficientemente en la lectura como para comprender las ideas que propone un texto o la abstracción inherente a toda escritura, y menos para recrear los efectos emocionales y estéticos propios de ciertas obras.

Como quizá muchos de nosotros sabemos por experiencia propia, la lectura ha experimentado a lo largo de los últimos años una de las transformaciones más importantes de su historia. Después de al menos un par de siglos de ser una práctica realizada en silencio y con cierto grado de soledad, en nuestra época ambas condiciones han cambiado radicalmente, pues el silencio ha sido sustituido por un ruido casi omnipresente y multiforme: el ruido de la distracción; e igualmente, la soledad en la que la lectura se desarrollaba ha sido reemplazada poco a poco por una peculiar forma de la presencia y la compañía (mensajería instantánea, redes sociales, etc.), capaz de irrumpir en todo momento y circunstancia. 

La “era de la ansiedad” que con lucidez desoladora prefiguró W. H. Auden ha arrasado, entre muchos otros bienes, con la posibilidad de sentarse tranquilamente a pasar las páginas de un libro, sumergirse en su lectura y por un instante suspender la corriente incesante del tiempo para situar en su lugar los acontecimientos que la escritura es capaz de implantar en nuestra percepción.

La constatación de este fenómeno no es un asunto menor. Si la lectura suele considerarse importante a priori, es porque durante varios siglos se dio por sentado que los libros eran la mejor forma de almacenar conocimiento fuera de nuestra memoria. De todos los saltos civilizatorios que ha experimentado la humanidad, la escritura fue uno de los más decisivos. Sin ésta, es muy posible que nuestra especie seguiría repitiendo los mismos errores de nuestros ancestros más remotos, y aunque en algunos casos esto sucede así, en muchos otros, sobre todo aquellos relacionados con la técnica, la escritura y la lectura han sido dos herramientas clave para el desarrollo de la cultura.

Vale la pena recordar que leer no es únicamente descifrar los signos que conforman una palabra, un párrafo o un libro entero, sino además entender de manera amplia el sentido de aquello que se lee: su sentido literal y su sentido figurado, el uso que se le da al lenguaje, el mensaje que se busca transmitir, la posición ideológica desde la cual se habla y otras sutilezas presentes en un texto. Los analfabetas funcionales de nuestra época tienen las habilidades necesarias para descifrar las palabras, pero han perdido su comprensión lectora. De cierta manera, este resultado puede verse como un desperdicio de todos los recursos alguna vez invertidos en el esfuerzo de aprender a leer.

Entre otros testimonios que podrían recabarse respecto de esta situación, quizá los más elocuentes se encuentren entre los profesores de los niveles medio y superior de la educación escolarizada. En numerosos casos, profesores de casi cualquier disciplina han manifestado su preocupación por la dificultad de los jóvenes para mantener su atención en una tarea. 

En cuanto al caso específico de la lectura, el periódico The Guardian recoge como ejemplo la experiencia de Mark Edmundson, profesor de literatura inglesa que ha constatado que existe una amplia reticencia de los estudiantes hacia las obras más emblemáticas de los siglos XIX y XX, debido a que no tienen la paciencia para leer profundamente. Edmundson habla incluso de una suerte de “impaciencia cognitiva” que se interpone entre la mente del estudiante y la recepción de la obra literaria.

Por su parte Ziming Liu, de la Universidad Estatal de San José (California), ha realizado estudios en torno a una práctica conocida en el mundo anglosajón como skimming, lo cual puede traducirse como “hojear” (con cierta evocación a la idea de destilar). De acuerdo con Liu, no son pocos los estudiantes que ahora no hacen más que “hojear” los textos que leen, buscando los términos que consideran importantes para pasar pronto a otra cosa. 

Esta forma de “leer”, sin embargo, va en contra de la naturaleza misma de la lectura. Patricia Greenfield, psicóloga de la Universidad de California en Los Ángeles, ha explicado en sus investigaciones que la lectura ocurre como un circuito que requiere de todo un ambiente para desarrollarse y culminar en la generación del conocimiento. Interrumpir alguna de las fases de ese circuito, suprimir alguno de sus componentes, saltarse alguno de los pasos conduce necesariamente a un resultado incompleto y en no pocos casos equivocado. La expectativa de inmediatez a la que estamos tan habituados no puede cumplirse en la lectura, en la cual los resultados se obtienen paulatina y gradualmente, como culminación de un proceso que en sus etapas intermedias agrega cada vez pequeños o grandes componentes que ya por sí mismos pueden considerarse ganancias parciales.

Como hemos señalado en otros textos, nuestra época ha sido afectada de manera notable por la transformación radical que trajo la invención del Internet y las comunicaciones digitales. Un ámbito de esa transformación es, claramente, la capacidad de atención del ser humano. La conexión 24/7 propia del Internet se convirtió en una conexión también incesante para nuestra mente y, más aún, en una especie de tiranía para nuestra atención. 

¿Al ser humano todavía le interesa acceder al conocimiento? Esta pregunta sin duda está en el origen del interés que se puede tener por la lectura. Más allá de las condiciones adversas o favorables, el interés por una tarea o por sus resultados esperados es, indudablemente, la pieza clave que nos lleva a emprender los esfuerzos necesarios para realizarla. 

Lo paradójico sería que en una época que alguna vez fue llamada la era de la información, el sujeto contemporáneo simplemente prefiera vivir en la ignorancia, la mentira, el prejuicio o la ilusión de la verdad: nubes del pensamiento que la lectura ayuda a disipar.

 

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