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¿Es la naturaleza humana esencialmente cooperativa o competitiva?

Sociedad

Por: Pijama Surf - 03/31/2019

2 posturas que se oponen y que hacen una enorme diferencia en cómo concebimos nuestro proyecto

En los últimos tiempos se ha debatido mucho, tanto entre los científicos como popularmente en Internet, sobre si  la esencia del ser humano es colaborar, cooperar y exhibir un sentido de empatía, o más bien nuestra naturaleza es competir, ser egoístas y tratar de imponernos sobre los demás, acaso para lograr transmitir nuestros genes.

La posición de que el ser humano es sobre todo competitivo, ha sido postulada por el popular psicólogo Jordan Peterson, quien cree que la competición es parte esencial de la naturaleza y promueve la idea de que los seres vivos sean impulsados a mejorar y a superarse. Peterson famosamente usa el ejemplo del macho langosta, el prototípico macho alfa, que genera más serotonina y logra agenciarse una gran cantidad de las hembras e intimidar a los demás (un crustáceo que Peterson sugiere que comparte muchos rasgos similares con el ser humano, incluyendo la modulación del estado de ánimo basada en la serotonina). De aquí extrapola que en la sociedad humana también son sólo algunos los que obtienen la mayoría del botín -algo que se refleja en la "distribución de Pareto" según él-. En este sentido, nos dice, la desigualdad es algo natural, y no deberíamos buscar la igualdad; sólo, acaso, la justicia.

Una posición que nos parece más sutil es la de Douglas Rushkoff, quien desde hace un par de años ha hablado de la evolución como un deporte de conjunto (su nuevo libro se titula Team Human). Rushkoff sugiere que si bien existen muestras en la biología de que las especies son competitivas, son mucho más abundantes los ejemplos de la cooperación entre ellas mismas, e incluso entre diferentes especies a través del mutualismo y de la simbiosis. En el nivel más profundo de lo que nos constituye como seres vivos hay una primera gran colaboración, pues nuestras células son el resultado de la alianza entre las mitocondrias y sus huéspedes, lo que se conoce como endosimbiosis. Al parecer somos simbiontes, es decir, la unión de dos reinos biológicos. 

Igual de relevante es el hecho de que posiblemente nuestro lenguaje y la conciencia misma hayan evolucionado para la integración social y la sobrevivencia en conjunto. Es ante el reconocimiento del otro que la conciencia humana existe, de una relación yo-tú y no de un proceso solipsista de pura autodescripción. El mismo término parece implicarlo: con-ciencia, o saber-con. Esto lo podemos ver en el proceso cognitivo de un bebé. Es el deseo de comunicación para fortalecer su conexión lo que motiva el desarrollo del lenguaje y la conciencia de sí.

Por otro lado, diversos estudios muestran que los bebés tienden naturalmente a ser empáticos con quienes sufren y son capaces de ofrecerle sus juguetes a aquellos a los que perciben en un estado afligido.

Rushkoff sugiere que, en realidad, lo esencial al ser humano es conectar con otros seres humanos; es allí donde encuentra el sentido de su existencia y el mismo bienestar (algo que es apoyado por estudios que han comprobado que las personas que se sienten solas son menos sanas). La noción de competitividad ha sido enfatizada de manera exagerada por la proyección de valores capitalistas sobre nuestra propia naturaleza. "La supervivencia del más apto es una forma conveniente de justificar el ethos implacable de una cultura, una política y un mercado competitivo. Pero esta perspectiva malinterpreta las teorías de Darwin y sus sucesores". Como nota Rushkoff, el mismo Darwin mantuvo que los lazos sociales eran un "producto de selección". Rushkoff cree que "la evolución puede tener que ver menos con imponernos sobre nuestros pares y más con aprender a llevarnos bien con más de ellos". Esto es, después de todo, el otro significado de la frase aristotélica sobre que "el hombre es un animal político", un animal que se beneficia de la socialización, de interactuar de maneras íntimas y creativas con los demás. El modelo, más que de competencia, debe ser el del juego, donde el que realmente disfruta es el que sabe que lo importante no es destacar sobre los demás sino unirse a sus compañeros, encontrar afinidad y cooperar en la obtención de un propósito colectivo. O, quizá más aún, simplemente perder la identidad individual y el deseo de obtener un resultado y sólo disfrutar del juego en sí.

Algunos científicos sugieren que la naturaleza humana es cooperativa pero también competitiva, algo que es difícil de refutar. No obstante, parte esencial del ser humano es justamente que no está solamente definido por un determinismo biológico, no es "un robot aletargado" que está siendo manipulado por "genes egoístas" -por usar la terminología de Richard Dawkins, que pertenece más a la fantasía que a la ciencia- sino que es un ser humano en el que lo biológico interactúa con una dimensión de conciencia y libre albedrío, y por lo tanto su existencia se esgrime como una cocreación. En este sentido tiene la capacidad de elegir entre estas dos narrativas y apostar por una, la que considere que refleje o exprese mejor quién quiere ser. Una antepone al individuo, la otra al colectivo, una atomiza y la otra unifica. La decisión no es baladí, especialmente a la luz de una crisis planetaria en la cual mucha de la vida del planeta está amenazada justamente por seguir un ethos basado en el utilitarismo, en la voluntad de poder, en la extracción de valor y en la imposición del más fuerte. O, en otras palabras, "valores" propios de la competitividad y la economía capitalista de crecimiento infinito. Un modelo de crecimiento que, por cierto, no se encuentra en la naturaleza, salvo en el desarrollo de un cáncer.

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Sociedad

Por: pijamasurf - 03/31/2019

La trampa de la identidad nos lleva por caminos paradójicos

De todos los mitos que sostienen la realidad humana, quizá ninguno tan poderoso como la identidad personal. El ser humano es un animal que en algún momento de su evolución adquirió conciencia de sí mismo y, a partir de entonces, comenzó a acumular un enorme valor sobre la idea de sí: la conciencia en primer lugar, el yo, la identidad, la personalidad, el narcisismo… Los conceptos cambian, pero aquello hacia lo cual todo eso apunta es más o menos lo mismo: la preciosa idea de que existo y soy, es decir, de que además de tener una existencia, soy alguien.

En ese mismo sentido, de todas las trampas que es necesario saber sortear a lo largo de la vida para mantener cierto nivel de cordura, la identidad es sin duda una de las más engañosas. Se encuentra tan arraigada en la autoconciencia que es difícil distinguir entre ambas: ¿es lo mismo saberse existentes que saberse alguien? Dicho de otro modo: ¿podríamos tener conciencia de sí sin una idea del yo? ¿o una y otra se necesitan?

Estas divagaciones sirven para introducir una manifestación peculiar de dicha necesidad que tiene el ser humano por mostrar una apariencia, que a su vez es manifestación de una idea de la identidad personal. 

Sabemos bien que, en nuestra época y desde hace ya varias décadas, existe una tendencia de normalización con respecto a dicha apariencia. Buena parte de la población viste de cierta forma, se corta el cabello de cierta manera, usa ciertas palabras, compra ciertas marcas, se adscribe a ciertas ideas, etc., porque es eso lo que creen que debe hacerse. A partir por un sistema amplio que involucra el mundo de la moda, los medios de comunicación, la industria en general y otros ámbitos, se crea esa idea general, más o menos precisa, de lo que está “en tendencia”.

A la par, sin embargo, hay quienes deciden “ir en contra”. Esto puede ser una posición intelectual que tiene derivaciones en la forma cotidiana de actuar. Así, por ejemplo, hay quienes en tiempo de guerra se declaran pacifistas; quienes aseguran que el capitalismo no es la mejor manera de vivir; quienes se resisten a seguir un modelo preestablecido de vida en el que uno nace, crece, estudia, trabaja, forma una familia, etcétera.

Ambas posturas, por supuesto, son válidas, pero uno de los rasgos más curiosos (al menos en nuestro tiempo) de esta última postura, es que aun esas personas que podríamos considerar “contestatarias” terminan por adoptar una apariencia similar a la de otros. Es decir: cierta pretensión de originalidad que podría atribuirse a sus argumentos se refleja en una apariencia… poco original. Como ocurre con el otro sector de la población, también aquellos que están en contra del statu quo usan la misma ropa, los mismos cortes de cabello, las mismas palabras, etc. ¿Por qué sucede esto?

Las explicaciones son diversas. La más sencilla pasa por reconocer que el ser humano es un ser social, desde casi cualquier punto de vista que se le considere. Nuestra necesidad de sentirnos parte de un grupo es más poderosa de lo que solemos reconocer y, por ello mismo, nos hace actuar de maneras no siempre conscientes o advertidas.

Otra explicación es matemática y probabilística. Según un estudio llevado a cabo por Jonathan Touboul, de la Universidad de Brandeis (Boston, Massachusetts), las modas siguen el mismo patrón de difusión, sin importar el grupo social en el cual se presenten. Su medio por excelencia es el “boca a boca”; sin embargo, existen al menos dos tendencias generales: una que es mayoritaria desde el origen (o que tiene más alcance poblacional desde que surge) y otra con un margen mucho menor. 

No obstante, una de las características más sorprendentes del modelo de Touboul es que ambas formas de actuar tienen una relación más estrecha de lo que podría pensarse. No es que cada una corra por su cuenta y no se comuniquen entre sí. El punto de encuentro ocurre cuando la tendencia mayoritaria comienza a actuar de manera inesperada. Entonces, la tendencia minoritaria tiende a “copiar” ese gesto. 

Touboul ofrece este ejemplo: si en la tendencia mayoritaria surge el hábito minoritario, entre los hombres, de dejarse la barba, por un tiempo la tendencia minoritaria adoptará este gesto. Con el tiempo, el hábito se volverá tendencia y entonces la tendencia minoritaria lo abandonará. 

En general, puede decirse que se trata de un proceso en el que la pretensión de originalidad es siempre dialéctica: se piensa que se es original, hasta que todo el mundo hace lo mismo.

 

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