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La importante diferencia entre 2 actitudes ante el conocimiento

La manera en la que nos relacionamos con el conocimiento revela como ninguna otra cosa nuestra naturaleza, nuestra actitud ante todas las cosas, especialmente ante el amor, pues el conocimiento y el amor son los dos aspectos esenciales, convertibles entre sí, de la vida humana. La actitud que predomina en la modernidad, donde ni el conocimiento ni la vida misma son considerados algo sagrado, es la del utilitarismo: conocemos para obtener cosas, para mejorarnos, para escalar en la sociedad, etc. La actitud que podemos llamar filosófica es la del conocimiento por sí mismo, por su propia razón intrínseca, conocer por conocer o porque simplemente amamos conocer. El que se mueve por la primera actitud, por ejemplo, lee un libro para sacar provecho, para poder traducir y canjear su conocimiento en algo más, generalmente algo que le dé una ventaja competitiva; el otro lo hace simplemente porque le gusta, porque se siente atraído, de la misma manera que alguien ama realmente a una persona -y no se acerca a una persona con confusos sentimientos, a veces creyendo que la ama, pero en realidad buscando obtener algo de ella, ya sea el placer, la seguridad, la validación, etcétera-.

Estas dos actitudes o acercamientos al conocimiento fueron claramente delineados por Platón en La república. Sócrates distingue al filósofo diciendo que es quien "desea la sabiduría, no una parte, sino toda ella" y antes nota que se dice que alguien realmente ama algo cuando "no muestra amor por una parte u otra, sino las adora todas". El filósofo es quien "está dispuesto a probar todo tipo de aprendizaje con gusto y quien se acerca al aprendizaje con deleite y es insaciable" y quien se interesa "lo más intensamente posible por todo tipo de verdad". Si uno buscara el conocimiento para obtener algo, rápidamente se saciaría cuando lo hubiera obtenido y dejaría de buscar conocer, pero entonces no podría ser un filósofo, alguien que ama la sabiduría, pues la sabiduría no está limitada a una serie de cosas. Luego Sócrates afirma que "debemos llamar filósofos y no amantes de opiniones, a aquellos que se deleitan en cada cosa en sí misma". Los amantes de las opiniones se quedan con las cosas particulares, con las sensaciones que producen los objetos sensibles solamente y no con las ideas universales, y por ello suya es una actitud orientada hacia los placeres mundanos, que siempre son efímeros. 

Sócrates hace una oposición entre el filósofo, el que busca el conocimiento sin fines ulteriores, y las personas que aman el dinero. Pues el dinero tiene la propiedad de ser algo que esencialmente se usa para obtener algo más, y por lo tanto el amor al dinero es exactamente contrario al amor a la filosofía. Y en este sentido podemos ver el ocaso de la importancia de la filosofía en su sentido clásico, como un arte de vida o un ejercicio espiritual, en relación al ascenso de la modernidad utilitaria y usurera. Y que las personas puedan creer que el dinero es lo más importante en el mundo, sólo es plausible ante el declive de un conocimiento filosófico y de una integración moral.

Estas mismas ideas de Platón fueron recogidas por Dante y aplicadas a su propia época -en la que al parecer ya se podían ver rasgos de una notable corrupción moral-. En el Convivio, el poeta escribe: "No debemos llamar a un hombre un filósofo verdadero si es amigo de la sabiduría a razón del placer, como hay muchos que se deleitan componiendo odas y celosamente se dedican a la retórica y a la música". Y luego incluye entre aquellos "que son amigos de la sabiduría por conveniencia" a los abogados, médicos y a "casi toda la iglesia", son éstos los que "no estudian para saber, sino para obtener dinero o un puesto" y que si fueran a "obtener su propósito, dejarían de estudiar". Algo que es básicamente la norma en nuestra época.

Que la idea es universal resulta claro cuando revisamos la Bhagavad Gita, el texto en el que Krishna instruye a Arjuna sobre el auténtico dharma. La esencia de la filosofía que Krishna expone puede resumirse diciendo que el hombre debe actuar -y cumplir su deber- pero sin apego y sin la expectativa de recibir algo a cambio, "el fruto del acto". Es sólo el acto que no espera recibir un beneficio el que no genera karma y no ata al mundo del sufrimiento (el samsara). La forma apropiada de actuar es anulando la voluntad personal o, lo que es lo mismo, depositándola en la divinidad, dedicándole toda acción, pues esta divinidad es en el fondo el único y verdadero actor. Más tarde, una de las escuelas de devotos de Krishna, la gaudía, distinguirá entre el amor erótico (kama) y el amor desinteresado y espiritual (prema), siendo este último el auténtico amor, pues no busca satisfacer un deseo, sino solamente la felicidad de la persona a la que se dirige el amor.  

Y, por último, en tiempos actuales, el teórico de medios Douglas Rushkoff en su libro Team Human sostiene que el capitalismo digital ha proyectado su modelo económico a todas nuestras relaciones a través de las plataforma digitales que permean la vida contemporánea. Esto es, la intención de extraer valor de todas las cosas y de ver toda relación como una transacción, o de medir el tiempo en dinero y en productividad: todo debe poderse monetizar y todo debe producir ganancias. En cambio, Rushkoff cuenta una vieja historia judía, donde un estudiante le pregunta a un rabino: "¿Para qué debemos leer la Torah... para conocer sobre la vida ética o tal vez para aprender sobre la vida de los profetas?". A lo que el rabino contesta: "Debes leer la Torah para leer la Torah, por la Torah en sí misma". Esta es la actitud que se ha perdido, hacer las cosas por sí mismas, sin buscar un beneficio ulterior. El que hace las cosas por amor a cada cosa en sí, nos dirían los místicos, se convierte en aquello que hace, y deja de existir de una manera alienada. Y, finalmente, sólo la persona que hace algo por la cosa en sí alcanza la verdadera sabiduría, que es una comunión y una identidad con todas las cosas. Pues, como notó Platón -y no está de más recordar en la era de la especialización-, el amor al conocimiento no es amor a una parte del saber, sino a todas.

 

Twitter del autor: @alepholo

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Vivimos en la sociedad de la opinión y no en la sociedad del conocimiento (y la diferencia es importante)

AlterCultura

Por: pijamasurf - 03/08/2019

La diferencia entre la opinión y el conocimiento es vital

Hace unos años era popular el mote "la sociedad del conocimiento" para describir a la sociedad que supuestamente surgiría con el Internet y las tecnologías de la información. Hoy esta aseveración resulta casi ridícula. Y parece más apropiado, si no el "sociedad de la ignorancia" (que hemos discutido aquí antes), al menos sí el intermedio "sociedad de la opinión". 

Antes de morir, Umberto Eco criticó severamente el surgimiento de lo que llamó la invasión de los necios:

Las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que primero hablaban sólo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Ellos eran silenciados rápidamente y ahora tienen el mismo derecho a hablar que un Premio Nobel. Es la invasión de los necios.

En la era de lo políticamente correcto, todos debemos ser "iguales", y al parecer esto incluye también igualdad intelectual. Todos tienen el derecho de opinar y más aún de ser oídos, aunque esto llene los canales de ruido y de información chatarra. Quizá Aldous Huxley no se equivocaba cuando sugirió que en el futuro el problema sería no ya la censura y la represión, sino la inundación de lo inane: una sociedad ahogada en la distracción, en un mar de insignificancia.

Manuel Gil Antón, profesor del COLMEX, dijo en el contexto de la discusión sobre la reforma educativa en julio del año pasado: "Menos parloteo y más silencio para oír a los que saben". Aunque para algunos parezca paradójico, en la búsqueda de la justicia, el orden y el bienestar colectivo es necesario jerarquizar y dar el lugar que corresponde a aquellas personas que tienen mayores conocimientos. Hacer silencio, como notó Kierkegaard, es la cura al problema moderno, tanto en un sentido individual (y espiritual) como social (y político). Hacer silencio aquí significa primero escuchar, poner atención, no distraerse, profundizar en el pensamiento. No opinar, abrirse al conocimiento.

Seguramente resultará enriquecedor remitirse a la distinción clásica entre opinión y conocimiento que hace Platón en La república, en el contexto de una sociedad o ciudad justa. Para Platón, aquellos que se deleitan solamente en las experiencias de los sentidos, en los colores, en las figuras y en todos los objetos que las artes producen (lo que hoy llamaríamos el consumismo), no acceden realmente al conocimiento. Suyo es solamente el mundo del cambio, del devenir, de lo impermanente. El hombre que sabe es, en cambio, aquel que es capaz de observar tanto la cosa como aquello en lo que participa la cosa. Es decir, aquel que contempla la forma, idea o arquetipo que se manifiesta en una imagen particular, pero que persiste en su unidad inmutable. Por ejemplo, aquel que no sólo contempla los cuerpos bellos, sino que contempla y estudia racionalmente la idea de la belleza en sí; aquel que contempla el ideal de la justicia o del bien, y se rige por esta idea trascendente y no de manera cambiante según la veleidad momentánea. El que sabe es aquel que contempla lo universal, lo que siempre es bueno, bello y verdadero y no es contingente a la circunstancia y los apetitos y deseos mutables. Y Platón hace otras tres importantes distinciones: el conocimiento es de aquello que es, mientras que lo propio de la opinión no es el ser como tal sino el devenir, lo que cambia y por lo tanto no tiene la misma cualidad ontológica, de la misma manera que no se puede confiar mucho en el humor de una turba; el conocimiento es de aquello que es uno, mientras que la opinión es de lo múltiple; el conocimiento es aquello que se busca en sí mismo, es lo propio del filósofo que ama el conocimiento en sí, en cambio la opinión es lo que tiene una relación utilitaria o instrumental con las cosas. De una manera más moderna, diríamos que el que conoce es el que sabe ver el patrón que subyace y no se deja llevar por el calor del momento y las manifestaciones superficiales de un fenómeno, pues tiene una educación que le permite ver la fuente u origen del cual surge lo particular. Una de las cualidades que Platón siempre enaltece es la memoria. La tiranía de la opinión es justamente la tiranía de lo nuevo, de lo que no está supeditado a una tradición o a una escuela de pensamiento, de lo que no se acuerda del origen y evolución de una idea.

No entraremos aquí en la compleja discusión filosófica que conlleva el pasaje anterior -si existen los universales, si las ideas son trascendentes, si el cambio es ilusorio, etc.-; sólo nos concentraremos en lo que es más relevante para nuestra época y argumento. Y eso es la visión de que existen valores que no son relativos. Esto es sobre todo relevante en nuestra época de las noticias falsas o de la posverdad: la noción de que la verdad existe, de que la realidad puede ser conocida y comunicada y no es meramente una convención. La sociedad de la opinión se predica, en gran medida, bajo la creencia de que la verdad es totalmente relativa y de que no existen valores que trasciendan un contexto o una época. La filosofía clásica nos diría que existen cosas como lo bello, lo bueno y lo verdadero -independientemente de si estas ideas existan más allá del mundo sensible- y que estas ideas o ideales son aplicables siempre de manera positiva, para el mejoramiento de una persona o alma. Igualmente, hay personas que por sus méritos filosóficos o científicos conocen lo verdadero, bello y bueno, y estas personas, si nos regimos racionalmente, deberían tener un papel de liderazgo y por ello mismo su conocimiento debería imponerse y privilegiarse a las opiniones de la masa.

Platón utiliza la alegoría de un barco en el que se presenta un motín. El dueño del barco no tiene realmente conocimientos de navegación y está sordo y casi ciego y los marineros empiezan a agitarse y lo encadenan. Entonces se hace bulla para ver quien va a capitanear la nave y todos tienen opiniones, pero finalmente empiezan a alabar no a aquel que muestra conocimientos, sino a aquel que parece ser más astuto en idear cómo podrá tomar el control de la nave. Los marineros no saben que para realmente llevar a buen puerto un barco hay que tener conocimientos del arte de la navegación, de meteorología, astronomía y demás. Incluso, cuenta Sócrates, empiezan a dudar de que tal cosa como tener el auténtico conocimiento de piloto es posible. Así entonces, el verdadero piloto pasa desapercibido y sólo podemos imaginar el destino desastroso de tal navegación. Todo lo más porque el que sabe no suele enfrascarse en el bullicio, pues "no es natural para un piloto rogarle a marineros para que le cedan el timón, ni tampoco que el sabio vaya a las puertas del rico". En realidad, nos dice Platón, lo contrario es lo correcto: el hombre enfermo debe ir en busca del doctor.

Esta historia ilustra muy bien la condición actual de la sociedad de la opinión. Al considerar que la verdad es relativa, devaluamos el conocimiento y nos ponemos en manos de la tiranía de la opinión, arriesgándonos a naufragar como sociedad por defender el valor de la autoexpresión por sobre todos los demás.  Curiosamente, este "valor" de autoexpresión es el mejor combustible para el capitalismo digital en el que que el nuevo combustible de la economía son justamente los datos que producen las personas en línea, opinando y consumiendo entretenimiento.