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Cofundador de Facebook dice que su monopolio debe ser dividido y advierte que el poder de Zuckerberg es peligroso

Medios y Tecnología

Por: pijamasurf - 05/21/2019

Chris Hughes sugiere que Mark Zuckerberg está obsesionado con seguir creciendo Facebook, sin importarle mucho cómo ese crecimiento está afectando a la sociedad

Existe un consenso entre los expertos de la industria en cuanto a que Facebook se ha convertido en un monopolio. Con Instagram y WhatsApp sumados a la enorme cantidad de usuarios que tiene Facebook, es difícil ver cómo Facebook pueda tener competencia relevante en las redes sociales. Esto es importante porque su influencia es enorme, y si no tiene una motivación para cambiar y mejorar, es difícil que lo haga, lo cual significa poner en riesgo cosas como la democracia e incluso la salud mental del mundo.

Desde hace 1 año, el profesor Tim Wu ha argumentado que es indispensable "dividir" (break-up) Facebook y obligar a la compañía a que se deshaga de WhatsApp y de Instagram, con el antecedente de lo que ocurrió con AT&T en 1984, cuando esta compañía tenía un monopolio telefónico. A esta opinión se ha sumado, en un importante artículo publicado en el New York Times, el cofundador de Facebook, Chris Hughes, quien vendió sus acciones antes del escándalo de Cambridge Analytica. 

Hughes conoció a Mark Zuckerberg en Harvard, fue su compañero de cuarto y amigo cercano durante casi 15 años. Según Hughes, Zuckerberg tiene mucho mayor influencia que cualquier persona en el sector privado o en el gobierno de Estados Unidos, pues controla las tres plataformas con las que apila miles de millones de usuarios al día. Estas redes sociales están, además, generando una gran cantidad de datos para crear perfiles de sus usuarios y vender publicidad personalizada que puede incluso persuadir la conducta. Zuckerberg controla el 60% de los votos accionarios y es el único que puede definir cómo configurar los algoritmos de Facebook, determinar qué ven las personas en sus News Feeds o modificar la configuración de privacidad del sitio.

Aunque Hughes señala que Zuckerberg es una buena persona, siente que está rebasado por la situación. El problema, señala, tiene que ver con su obsesión por seguir creciendo el sitio y "dominar" el mundo corporativo, aunque esto tenga efectos en la seguridad o en el estado de la sociedad civil. En su artículo en el NYT escribe: 

Estoy decepcionado conmigo mismo y con el equipo de Facebook por no pensar más en cómo el algoritmo del News Feed podía cambiar la cultura, influir en las elecciones y empoderar a líderes nacionalistas. Y me preocupa que Mark se ha rodeado de un equipo que sólo refuerza sus creencias en vez de desafiarlas.

En otras palabras, Zuckerberg parece sufrir del síndrome del dictador. Hughes advierte que pese a que se espera próximamente una multa de 5 mil millones de dólares de parte del gobierno, esto no es para nada suficiente. El año pasado, su testimonio en el Congreso de Estados Unidos terminó dejando la impresión de que los congresistas simplemente no entienden cómo funciona la tecnología digital, y eso es exactamente lo que le conviene a Facebook. Sólo algunas multas y otras reglas, pero nada que atente contra su monopolio.

Pese a la crítica generalizada y la cada vez más grande conciencia sobre los efectos de Facebook en el mundo, nada de esto le ha propinado un golpe importante a la compañía. En 2018, el año terrible de Facebook, sus ganancias por acción aumentaron un 40%. Hughes calcula que la compañía detenta el 80% de las ganancias en el mercado de las redes sociales. Así que una multa o algunas regulaciones, como el nombramiento de un zar de privacidad, no son suficientes. Sólo una medida más drástica puede transformar el ecosistema de las redes sociales actuales y quizá enviar una señal a los otros dos grandes monopolios de la Web: Google y Amazon. Quizá habría que recordar lo que suele decir Douglas Rushkoff: un esquema de crecimiento infinito no produce prosperidad, es algo antinatural y sólo se encuentra en el cáncer.

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El gobierno de los algoritmos no es una cosa del futuro

Es evidente que vivimos en la era del algoritmo. Casi todos los espacios en los que nos movemos están siendo determinados por un algoritmo, ya sean los altos de la calle, la distribución de productos en un supermercado o el newsfeed de una red social. El ser humano confía en que los algoritmos son más eficientes y tomarán mejores decisiones, pero esto no es necesariamente cierto y, además, los algoritmos son reflejos de un sistema capitalista que no tiene un control central pero que está programado para seguir creciendo de cualquier forma, sin tregua, como un cáncer. Como sugieren Douglas Rushkoff y Mark Pesce, en tanto que los algoritmos "se alimentan de tu energía (tu atención: datos), conocen tus debilidades, y pueden influir en tus estados emocionales para que actúes de formas que no están en consonancia con tus mejores intereses", podemos llamarlos demonios, o esto es lo que era llamado algo así hace algunos siglos.

En una investigación científica, Allen Lee y Dionysios Demetis concluyeron que "los roles de la tecnología de la información y los seres humanos se han invertido", pues ahora "la tecnología ha avanzado al punto de que nos está usando y hasta controlando". Esto resulta paradójico, ya que los algoritmos no tienen agencia; los humanos somos los que tenemos agencia, pero los algoritmos ahora nos han eliminado de la toma de decisiones. Somos ahora "artefactos humanos" que existimos en el medioambiente de los algoritmos.

Los ejemplos que citan los investigadores son los siguientes: analistas legales están siendo reemplazados por inteligencia artificial; se le permite a softwares predecir futuros criminales e influir en las decisiones de los jueces (aunque éstos ni siquiera entienden la complejidad de estos mecanismos). Las compañías más grandes del mundo ya filtran los currículums a través de un software, lo cual impide que sean humanos los que revisen ciertos detalles de candidatos potenciales. Como notan los investigadores, esto hace que algunas compañías, como Amazon, sigan ciertos sesgos indeseados en sus políticas de contratación -y es que los algoritmos suelen ser discriminatorios-. Por otra parte, el 85% de las transacciones financieras en mercados internacionales son hechas únicamente por algoritmos. Y estos algoritmos toman decisiones en base a complejos mecanismos que no entendemos del todo. Se cree que la crisis de 2010 llamada Flash Crash, en la cual el Dow Jones cayó 9% en unos minutos, fue provocada por algoritmos. La gente que controla los mercados y las políticas financieras cree que las decisiones humanas son un obstáculo para la eficiencia del mercado, pero esto ha demostrado que los algoritmos son impredecibles. Demetis y Lee concluyen:

Al tiempo que nuevas fronteras son delineadas entre humanos y tecnología, necesitamos pensar cuidadosamente sobre a dónde nos está llevando nuestra extrema dependencia al software. Mientras las decisiones humanas son sustituidas por decisiones algorítmicas, y nos convertimos en herramientas cuyas vidas están moldeadas por máquinas y sus consecuencias impensadas,  nos estamos orillando a ser dominados por la tecnología. Necesitamos decidir, mientras todavía podemos, lo que esto significa para nosotros como individuos y como sociedad.

Cabe preguntarnos si la humanidad no se estará convirtiendo en ese conductor de Uber que sólo sabe ir por donde le dice su app, y deja de saber pensar y decidir por su propia cuenta. La fe ciega en el algoritmo es el peor de los fanatismos. Al final, todos los conductores de Uber serán reemplazados por robots.