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Sinastría: una guía de compatibilidad entre planetas y signos desde la perspectiva de la astrología clásica

AlterCultura

Por: pijamasurf - 05/17/2019

Como disciplina predictiva y radiografía de la personalidad, la astrología tiene importantes cosas que decir sobre el posible éxito de una pareja o una relación afectuosa

La sinastría en la astrología tradicional no tenía mucha importancia, se argumenta que porque antes los matrimonios eran mayormente arreglados. En realidad, la importancia de esta rama de la astrología (sinastría literalmente significa "unión o relación de estrellas") ha crecido por la inclusión de la astrología en las revistas del corazón y la obsesión moderna por el amor romántico y la pareja como acto que define y redime la existencia.

Aunque muchos quisieran simplificar la astrología para que se puedan conocer los misterios de la existencia con sólo saber el signo solar, esta compleja disciplina ha perdurado en el tiempo justamente por su complejidad y multifactorialidad; no puede reducirse la compatibilidad de dos personas a un signo solar. En la astrología bien entendida, cada uno de los siete o nueve planetas (si se practica el sistema moderno) tiene un peso importante, y no se puede formar una imagen calificada si no se analizan las relaciones de todos estos planetas, e incluso no sólo en el momento del nacimiento sino en sus respectivas progresiones. De hecho, algunos astrólogos tradicionales señalan que lo más indicado es utilizar astrología horaria, esto es, a grandes rasgos, hacer un horóscopo del momento en el que se genera la interrogante sobre una posible pareja. 

Dicho eso, como disciplina predictiva -los astros no obligan, sólo inclinan, se dice- y radiografía de la personalidad, la astrología ciertamente tiene importantes cosas que decir sobre el posible éxito de una pareja o una relación afectuosa. Los factores principales utilizados por la astrología para deducir la sinastría vienen de Claudio Ptolomeo, probablemente el astrólogo más importante de la historia, quien sugiere que se busque la conjunción entre Sol y la Luna en las cartas natales, entre la Luna y la Luna o entre el ascendente y la Luna. La conjunción Sol-Luna es quizás el aspecto clásico de la astrología e incluso de la alquimia, marcando la perfecta conjunción de los opuestos, lo masculino y lo femenino, el espejo que transmite la luz templada por el filtro curativo de la alteridad. De manera menos determinante, se pueden buscar aspectos suaves o incluso duros entre estas luminarias como indicadores. Carl Jung, en su libro Sincronicidad, planteó intrigantes resultados al analizar la presencia de estos aspectos en cientos de matrimonios.  

El astrólogo británico John Frawley marca que un punto a considerarse en la sinastría es que exista un mismo emplazamiento en el regente del ascendente. Por ejemplo, si una persona tiene Géminis como ascendente, deberá encontrar la ubicación de su Mercurio y compararlo con el Mercurio de su posible pareja. El ascendente es utilizado en gran medida puesto que marca los aspectos del cuerpo y la personalidad en su sentido inicial, no desarrollado, y por lo tanto sirve como predictor de una compatibilidad física y de una atracción sin posibles improntas y contaminantes psicologistas. Frawley señala que otro factor a considerarse es el balance de elementos en una pareja. Esto es la presencia dominante de agua, tierra, fuego o aire, lo cual determina en la medicina antigua el humor de la persona. Se cree que las personas que tienen, por ejemplo, mucha agua (signos como Pisicis, Cáncer y Escorpio) se pueden beneficiar de personas con planetas bien posicionados en signos de fuego o que tengan un humor colérico, complementándose y completándose. "Los opuestos en realidad se atraen; también lo similar, pero los similares se aburren el uno del otro", dice Frawley, y es necesaria "la correcta combinación para que se complementen y al mismo tiempo se identifiquen el uno con el otro". Esto sugiere que si bien para que se produzca la alquimia del amor es necesario que una persona tome de la otra lo que carece, como Poros y Penia en el mito que relata Platón, esta relación no puede ser tan radicalmente opuesta como para que no tengan elementos comunes para facilitar el diálogo y poder tener ciertas dulzuras y descansos; de otra forma, ocurre solamente un encuentro volcánico, una fricción incesante. La unión de los opuestos es explicada en su contexto alquímico -la unión del Rey Sol y la Reina Luna- en la obra Mysterium Coniunctionis de Jung.

Otro factor a considerarse siempre es la casa 7, que rige el matrimonio. Una persona tendrá una tendencia a unirse con beneficio (o al menos cumpliendo su destino astrológico) con una persona que esté regida o que tenga una fuerte presencia del planeta o el signo que rige la casa 7 de la primera. Es decir, si una persona tiene a Sagitario como regente de su casa 7, deberá observar el Júpiter de la pareja prospectada o incluso una importante presencia de Sagitario en esa persona (lo cual marca, de todas maneras, una presencia importante de Júpiter). También se deberá mirar al huésped de la casa, esto es, si un planeta aparece en la casa 7; por ejemplo, casa 7 en Sagitario y Mercurio también en los grados que abarca esta casa. 

En el caso de la atracción sexual, naturalmente se debe observar la posición de los planetas sexuales, Venus y Marte. En la mitología griega, estos ardientes amantes simbolizan la seducción y el placer (Venus) y la acción y la excitación que genera la seducción, la energía libidinal (Marte). Si una persona tiene a Marte donde la otra tiene a Venus o viceversa, esto es considerado favorable, al igual que aspectos entre estos dos planetas o entre Venus-Venus, que es finalmente el planeta de lo placentero, la belleza y la armonía. En cambio, Marte simboliza también la división y el conflicto; sin embargo, provee la pimienta y el fuego necesario para cierto tipo de pasiones. Asimismo, se puede atender al regente de la casa 5, que determina la sexualidad y la diversión. 

William Lilly, uno de los astrólogos más reconocidos de la historia, señala que para observar la tendencia a la amistad de dos personas se puede buscar que existan paralelos entre las posiciones de las Fortunas o Gracias en las cartas, esto es, los planetas "benignos": Sol, Venus y Júpiter (y en este caso Lilly incluye a la Luna, que siendo el planeta de la generación en la tierra, tiene que ver especialmente con el matrimonio y la fecundidad). De aquí también que los aspectos entre los maléficos (Saturno y Marte) sean poco auspiciosos.

Un estudio realizado por el astrólogo Paul Westran sugiere que no existe ninguna relación entre el signo solar y la tendencia de dos personas a casarse, pero sí existe una relación estadística significativa entre las progresiones secundarias de Venus y el Sol en una pareja.

De manera general, si se quiere determinar una afinidad por signos astrológicos -entendiendo que esto sólo ofrecerá un aspecto limitado de la totalidad de factores a considerarse y generalmente indicará solamente una compatibilidad amistosa no necesariamente profunda, algo así como la facilidad con la que dos personas de entrada se llevan por similitudes-, podemos entonces utilizar el siguiente esquema: Tradicionalmente, la astrología considera que los planetas entran en relación cuando se encuentran a una distancia de ciertos grados exactos (o dentro del orbe de estos grados, generalmente menos de 8 grados); esto es lo que se conoce como aspectos y son mediados por la geometría de los 360 grados de un círculo, bajo la noción antigua expresada por Platón de que "dios geometriza". Así, la relación de 60 grados es llamada sextil y es considerada un aspecto suave y benevolente; 120 grados es un trígono y es un aspecto benevolente; 90 grados es una cuadratura y es considerado un aspecto duro y tenso; 180 grados una oposición, y es un aspecto duro. La conjunción depende de qué planetas y en qué signo se encuentren, y puede potenciar la energía de los dos planetas en una aleación o hacer que uno se ahogue en los rayos del otro, como ocurre especialmente con el Sol. 

Los aspectos suaves están determinados por una identidad entre elementos o ángulos geométricos suaves. Los sextiles son entre planetas cuyo signo es de la misma carga; los signos negativos forman relaciones de 60 grados, agua y tierra; los signos positivos de aire y fuego se encuentran a 60 grados también, por ejemplo: Géminis (aire), Leo (fuego), Libra (aire), Sagitario (fuego), Acuario (aire) y Aries (fuego) -esto excluye solamente a los signos que están en un grado de oposición-. Los trígonos son formados por planetas que se encuentran en signos del mismo elemento, por ejemplo Capricornio, Tauro y Virgo a 120 grados, siendo su elemento la tierra. Esto se refuerza porque los planetas tienen su exaltación en signos con los que los signos que rigen forman sextiles (en el caso de los planetas diurnos) y trígonos (en el caso de los planetas diurnos). Por ejemplo, Venus, que rige Tauro, tiene su exaltación en Piscis; Marte, que rige Escorpio, tiene su exaltación en Capricornio;  Saturno, que rige Acuario, tiene su exaltación en Libra; Júpiter, que rige Piscis, tiene su exaltación en Cáncer. Hay que señalar que esta regla no es perfecta para nuestro cometido, ya que debido a que la mayoría de los planetas rigen dos signos, uno de los que rigen entra en cuadratura con la exaltación, por ejemplo, Saturno y Capricornio con Libra.  Los siguientes signos en estado puro (debemos entender que todos tenemos diferentes signos y no somos meramente Aries o Virgo) tienden a relacionarse sin sobresaltos, pues forman ángulos suaves. Podemos decir que los siguientes signos viven en amistad:

 

Aries: Géminis, Acuario, Sagitario, Leo

 

Tauro: Cáncer, Piscis, Capricornio, Virgo

 

Géminis: Aries, Leo, Libra, Acuario

 

Cáncer: Tauro, Virgo, Escorpio, Piscis

 

Leo: Libra, Aries, Géminis, Sagitario

 

Virgo: Cáncer, Capricornio, Tauro, Escorpio

 

Libra: Géminis, Leo, Sagitario, Acuario

 

Escorpio: Virgo, Capricornio, Piscis, Cáncer

 

Sagitario: Acuario, Aries, Libra, Leo

 

Capricornio: Piscis, Tauro, Virgo, Escorpio

 

Acuario: Aries, Géminis, Libra, Sagitario

 

Piscis: Capricornio, Cáncer, Escorpio, Tauro

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El tapas védico, descrito como un fuego o un ardor, es el origen del misticismo contemplativo de la India

Junto con Grecia, la India es el gran caudal de la sabiduría de nuestra civilización, ya en plena "globalización". Una de las grandes aportaciones de los pensadores védicos fue descubrir que la atención podía controlarse y cultivarse, que la mente cuando se concentraba en un punto, sin distraerse, producía una cierta luminosidad. Llamaron a esto tapas, literalmente "ardor", y generalmente traducido como "ascetismo". Este tapas era la cualidad esencial de los rishis, los poetas santos que revelaron los mantras de los Vedas y con ellos fundaron toda la tradición espiritual de la India, que derivaría en escuelas filosóficas tan brillantes como el vedanta o el budismo (que a fin de cuentas es una heterodoxia), entre otras.

En gran medida todas las técnicas contemplativas -desde el shamata y el vipassana budistas, el samadhi de Patanjali y el bhakti-rasa del krishnaísmo, hasta el mindfulness moderno- están basadas en la noción de que concentrar la atención unifocalmente (ekagrata, single-pointedness) permite que la mente se purifique y perciba con mayor claridad el mundo. Se suele usar la imagen de una superficie de agua que al estar agitada no refleja nítidamente la Luna. Cuando la turbulencia del agua se aquieta -cuando la mente se calma-, la Luna se refleja nítidamente. Se percibe la realidad, en toda su dimensión luminosa. El salmista igualmente dice: "Quédate quieto y conoce que yo soy Dios". Pese a la obviedad y simpleza de este pensamiento, para el hombre moderno no parece ser tan obvio o no le da demasiada importancia al hecho de que para percibir la realidad debe primero calmar, purificar y entrenar su mente; limpiar, como si fuere, el polvo del espejo y pulir su superficie. "La psicología india se dio cuenta del valor de la concentración y la consideró como un medio para la percepción de la verdad," nota S. Radhakrishnan en su importante Indian Philosophy. De la misma manera que el fuego quema los metales impuros dejando sólo el oro, la concentración quema las aflicciones e improntas kármicas, dejando sólo la luz pura de la conciencia. Unos 2 mil 500 años o más después, el psicólogo William James escribiría que la atención es la facultad mental más importante. Entrenar la atención, según James, sería la más alta educación; sin embargo, el psicólogo de Harvard se preguntaba si tal cosa era posible. 

En su libro Ardor, Roberto Calasso, observa que tanto los rishis védicos como el Buda tienen en común la cualidad de estar despiertos, de estar ardientemente atentos a lo que sucede. El verbo "budh", del cual se deriva el término "buddha", significa "despertar", pero también tiene una acepción de "observar" o "atender". Calasso escribe:

La primacía de despertar sobre cualquier otra actividad mental no es una innovación del Buda, quien simplemente ofreció una versión de esto que era a la vez radical y mayormente destructiva de lo que le antecedía. La preocupación sobre el despertar y su importancia siempre había estado presente en los textos védicos. Despertar estaba incrustado en el ritual, en los momentos en los que era más frágil y estaba más expuesto a desmoronarse. Atención profunda (la nuestra a lo que está pasando y la de los dioses en torno a nosotros) es el soporte que el oficiante necesita.

La "atención profunda" o la "atención plena" (como se traduce el mindfulness, aunque el término pali sati remite a recordar) que caracteriza al Buda puede encontrarse ya en el tapas de los rishis y de los sannyasins de las Upanishad. "Los rsis alcanzaron un grado de conocimiento inaccesible, no ya porque pensaron determinados pensamientos, sino porque ardían", dice Calasso. En la cosmogonía védica, el universo se manifiesta, pasa del asat al sat debido a este misterioso tapas, el ardor del Ser en sí mismo; la concentración del deseo en un único punto, como el Sol en una lupa, produce un rayo fecundo que insemina las aguas.

Los hombres védicos lo que querían era alcanzar el estado de los dioses. Para los védicos los dioses no eran seres radicalmente distintos, lo que los distinguía era su estado de conciencia, algo que sabían. No siempre habían sido dioses. Pero habían logrado un cierto conocimiento, habían encontrado las claves del altar de fuego y habían sacrificado. Pero ni siquiera el sacrificio y ni siquiera el soma (la bebida que confería la inmortalidad y que era utilizada en el sacrificio) eran suficientes. Para que el sacrificio fuera eficaz debía hacerse con tapas, con una cierta intensidad de la mente, que era como un fuego, como el mismo Agni, que era el dios que gozaba del soma y que llevaba el deseo del hombre a lo divino. Explica Calasso:

"Los dioses están despiertos": acercarse a los dioses significa estar despierto. No hacer el bien, no satisfacer a los dioses con homenajes y ofrendas. Simplemente estar despierto. Eso es lo que permite que cualquiera se vuelva "más divino, más calmado, más ardiente", en otras palabras más rico en tapas. ¿Y acaso no fue el tapas lo que permitió que los dioses se convirtieran en dioses en un principio? [...] Todo puede ser trazado de regreso a esto. Y todo puede ser eliminado, excepto esto.

Esta cualidad despierta, este ardor, va más allá de los dioses. Pues los dioses mismos sólo son dioses por el tapas, por la luminosidad de su conciencia. El tapas es previo a los dioses. Es la fuente impersonal de donde los mismos dioses beben. Una historia budista cuenta que unos hombres se encontraron con el Buda poco después de que éste hubiera alcanzado la iluminación bajo el árbol Bodhi. Al observar que su cuerpo emanaba una cierta luminosidad le preguntaron si era un deva, un demonio o sólo un hombre. El Buda les contestó: "Estoy despierto". Algo similar se podría decir de los rishis, cuya naturaleza elude definición. No son ni dioses (éstos a veces temen su terrible tapas) ni demonios, ni hombres ni alguna otra categoría, aunque se les liga con las estrellas de la Osa Mayor. Lo que los define es su estado de conciencia, su tapas. Son, según Louis Renou, lo que llegarían a ser luego los jivanmuktas, las almas liberadas que siguen recorriendo el mundo y a las cuales se puede reconocer por una cierta luz en su mirada. Esto que no puede ser eliminado, el tapas, el ardor, el estar despierto, es lo que une al Buda con la tradición védica de la cual el budismo se desprende como una heterodoxia o como una democratización de la sabiduría védica, según Radhakrishnan.

Es cierto que el budismo busca eliminar el deseo, el fuego que incendia el mundo y lo convierte en una hoguera de muerte y renacimiento. Pero sólo puede hacerlo usando el fuego de la mente, el fuego de la atención, ese mismo tapas que crea el mundo deseando. El Hevajra Tantra, un tantra budista, luego diría: "por la pasión el mundo está encadenado; por la pasión también el mundo se libera". El nirvana es apagar una vela, pero ese aliento que apaga la vela también es un fuego (el fuego que el agua no apaga... tan fuerte como la muerte, como dice el Cantar de los Cantares). El estado de extinción del sufrimiento, el nirvana -por más inefable que haya querido mantenerse-, desde la época de los textos palis tiende a ser descrito como una cierta luminosidad, un cierto deleite más allá de lo mutable. En el Mahayana alcanzará una cierta formulación paradójica que mantiene siempre esta cualidad: "la mente es no-mente, la naturaleza de la mente es luminosidad" (Pañcavimsati Prajñaparamita Sutra). La cualidad de estar despierto, de vigilar, es siempre una luz, la conciencia misma. Incluso aunque no haya sujeto, no haya un yo, hay una luz que no cambia, un cierto ardor.

 

Twitter del autor: @alepholo