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Una crítica de la metafísica de bajo calibre de Eduard Shuré, autor del texto 'Los grandes iniciados'

Eduard Shuré afirma:

Había alcanzado el Nirvana. Si Sakia Muni hubiese tenido la voluntad y la fuerza de ir más allá, hubiera visto, oído y sentido algo más todavía: hubiera oído la divina Palabra que crea la luz, escuchando la música de las esferas que impulsa a los astros y a los mundos; hubiera contemplado la reverberación del Sol espiritual, del verbo Creador. (…) En su iniciación, él se detuvo en la muerte mística sin llegar a la Resurrección. El Nirvana, que se interpreta como estado divino por excelencia, no es más que el umbral. Budha no logró trasponerlo (…).

A lo que respondo:

La mística que Eduard Shuré pueda tener es limitada y no alcanza el nivel metafísico por excelencia, como queda evidenciado en la cita de él que has expuesto. Esta no apunta directamente a la diana y se desvía hacia círculos periféricos que rodean el punto nuclear al que debería dirigir la saeta de su conciencia. Permanece sumido en el mundo de la manifestación y la multiplicidad (ser/no-ser, sí/no, vida/muerte), y es incapaz de comprender el genuino sentido del Nirvana, que trasciende toda dualidad y es por ello Absoluto, Infinito e Incondicionado.

Puesto que el Nirvana es Absoluto, Infinito e Incondicionado, pretender que puede existir algo «más allá» de Él es suponer que tiene un límite, es desposeer al Nirvana de su Nirvanidad y trocarlo en lo que no es: algo relativo, finito y condicionado. El Nirvana contiene en sí mismo todos los «más allá» imaginables e inimaginables, es la Realidad Fundamental que acoge todas las realidades y todos los límites, y que es su raíz posibilitante, pero que a su vez está más allá de todos ellos porque los trasciende en su Infinitud e Incondicionalidad. Shuré, pues, no departe sobre el Nirvana, sino que llama con ese nombre a lo que no es tal, a lo que a él le conviene para justificar su apología cristiana en la que sitúa a la propia religión por encima de la otra, de cuya doctrina hace un «hombre de paja» (es una falacia lógica conocida).

Si el Nirvana fuese sólo extinción y no «resurrección», implicaría un límite y no podría ser tenido por tal. La realidad, no obstante, es que el Nirvana no implica mera extinción en el sentido en que Shuré la comprende, sino también «resurrección» -si empleamos la terminología y simbología cristianas para expresar una misma realidad-: en el budismo se llama «despertar» o «iluminación». Es así, puesto que se muere a la ilusión para resucitar en la Verdad; puesto que el yo ilusorio se extingue para que lo Real despierte en lo Real; puesto que la ilusión toda cesa para que lo Real se ilumine en lo Real. Y esa Realidad Inconcebible e Inenarrable es el Nirvana.

Desde el mismo Nirvana, empero, ya no existe una división entre real/irreal, entre extinción/despertar, entre ser/no-ser, puesto que los límites que establecen los dos términos de un binomio entre ellos han sido abolidos por lo que es Ilimitado. Esta Ilimitación del Nirvana no niega dichos límites, puesto que si lo hiciera encontraría su límite en lo que excluye, sino que los acoge y trasciende, y es en esta trascendencia donde dichos límites cesan en lo que de ilusorios tenían para que la Realidad que encerraban, que es Una y la Misma en todo, resplandezca.

Lamentablemente el cristianismo, por lo general, no ha tenido la envergadura metafísica de las religiones extremo-orientales.

 

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