*

X

La estafa del arte moderno: Duchamp le robó a esta mujer la obra que lo hizo famoso

Arte

Por: pijamasurf - 06/08/2019

¿Es momento de reescribir la historia del arte moderno y contemporáneo? Así lo sugieren estos indicios en contra de Marcel Duchamp y a favor de la baronesa Elsa von Freytag-Loringhoven

Este es, sin duda, el urinario más famoso del mundo. Lo ha sido desde 1917, cuando Marcel Duchamp lo presentó ante la Sociedad de Artistas Independientes para formar parte de la exhibición que ésta organizó en el Grand Central Palace de Nueva York.

Ya entonces y en los años posteriores, la pieza fue celebrada como uno de los gestos más disruptivos del arte moderno. Con Fountain, el nombre que Duchamp le dio a la obra, el artista francés abrió el camino del llamado "arte conceptual", esto es, la obra de arte cuyo sentido no se ofrece directamente al espectador, sino que descansa en un entramado teórico del cual es necesario estar advertidos para entenderla. 

En ese sentido, Fountain ha sido considerada históricamente como el ready-made mejor logrado de Duchamp, siento aquel una forma de arte definida por André Breton como "un objeto ordinario elevado a la dignidad de una obra de arte por la mera elección de un artista". En oposición al "arte retinal" (el arte que entra fácilmente por los ojos), Duchamp ideó otro recurso en el que la experiencia estética se construye a partir de la manera en que el artista percibe tanto la realidad en sí como el arte en particular, lo cual exige un proceso continuo de examen sobre las ideas que determinan la percepción.

Por estos y otros motivos, el mingitorio de Duchamp fue celebrado tanto en su tiempo como en años posteriores. En general se le considera un punto de quiebre en la historia del arte, en buena medida por la originalidad de su propuesta. 

Sin embargo, todo esto podría estar sustentado en un engaño, pues algunas investigaciones recientes ponen en duda la autoría de Duchamp sobre la famosa pieza, atribuyéndosela en cambio a la baronesa Elsa von Freytag-Loringhoven, artista y poeta que según parece fue su artífice original, tal y como fue presentada en Nueva York.

Las sospechas en torno a este asunto comenzaron a levantarse a partir de una carta que Duchamp escribió a su hermana en abril de 1917, en la cual escribió: 

Una amiga mía, bajo un seudónimo masculino, Richard Mutt, había enviado un urinario hecho de porcelana como escultura. No era en absoluto indecente, no había razón para rechazarlo. El comité decidió negarse a exponer esta cosa.

Por muchos años se creyó que esa “amiga mía” que cita Duchamp (y de quien no se tienen más datos) era una invención del artista para disimular ante su hermana la polémica que despertó la pieza. De hecho, en cierta época Duchamp usó un pseudónimo femenino para firmar sus obras, "Rrose Sélavy", por lo cual también se creyó que dicha amiga era en realidad una referencia a sí mismo.

No obstante, con el tiempo hubo quienes quisieron saber más al respecto y despejar la duda. ¿Y si, después de todo, esa amiga existiera? Por otro lado, la descripción de la pieza hecha en la carta fue casi exacta; si Duchamp era el autor original, ¿por qué "inventar" ese misterioso envío?

Las dudas se multiplicaron luego de que el artista dijo que el pseudónimo R. Mutt, cuya firma es un elemento distintivo de la obra, se le ocurrió por el nombre del fabricante del urinario, J. L. Mott Iron Works, pero investigaciones posteriores (especialmente las del historiador del arte William Camfield) han mostrado que dicha fábrica no producía el modelo presentado por Duchamp. En una labor todavía más dedicada, Camfield ha examinado otros catálogos de urinarios comercializados en Estados Unidos en aquella época y en ninguno ha encontrado el modelo de Fountain.

La evidencia parece jugar en contra de Duchamp, ¿pero cuáles son los elementos que apoyan la atribución de la obra a la baronesa Von Freytag-Loringhoven?

Elsa von Freytag-Loringhoven en su departamento en Nueva York, en 1915 (Archivo Bettmann)

Algunas de las investigaciones que apoyan esta hipótesis se basan en la cercanía entre Duchamp y Freytag-Loringhoven, quienes, además de ser amigos y vivir en Nueva York más o menos en la misma época, compartían ciertas ideas en torno al arte y la manera de realizarlo. La baronesa, que fue poeta y artista plástica, suscribió el movimiento dadá y en general siempre mantuvo una posición vanguardista frente al arte.

Por la biografía que realizó Irene Gammel se sabe también que la artista tenía un sentido del humor especialmente escatológico. Al poeta William Carlos Williams lo llamaba “WC" (las mismas siglas en inglés para "sanitario") y a Marcel Duchamp le cambiaba el nombre por "Marcel Dushit" (que con cierta licencia podríamos traducir como "Marcel del Caño", para conservar el sentido de la broma). Dicho rasgo sumamente subjetivo también se reflejó en sus piezas de arte, que frecuentemente estaban hechas de tubos, lavabos y otras piezas de cañería y plomería.

Dios, 1917, una escultura atribuida durante muchos años únicamente a Morton Livingston Schamberg. Actualmente se considera que Elsa von Freytag-Loringhoven fue coartífice de la pieza, pero numerosos historiadores creen que la única aportación de Livingston fue fotografiarla

De hecho, también desde un punto de vista subjetivo, Gammel encontró otro rasgo biográfico que podría ser sumamente elocuente en relación con el urinario en cuestión: la madre de Freytag-Loringhoven murió de cáncer uterino, de lo cual la baronesa siempre culpó a su padre por una enfermedad venérea que él se negó a tratar. No son pocos los críticos que han visto en el urinario de Duchamp cierto simbolismo uterino, lo cual podría tener cierta significación si se toma en cuenta que se trata de un objeto destinado al uso masculino pero invertido para figurar de otra manera. Si a esto añadimos que la inscripción añadida al urinario a manera de firma, "R. Mutt", pareciera tomada de la palabra en alemán para "madre", "mutter", la balanza de la polémica y la duda parece inclinarse más a favor de Freytag-Loringhoven que de Marcel Duchamp. 

Recordemos que si bien esto puede parecer una suma de especulaciones, en el arte la subjetividad, el inconsciente y la historia de la vida se combinan de manera indirecta, azarosa, imprevisible y hasta enigmática. ¿Qué tanto en la biografía de Duchamp podría explicar la creación de Fountain? ¿Y qué tanto la pieza parece más coherente con la trayectoria y aun con la biografía de Freytag-Loringhoven?

Por si esto fuera poco, algunos exámenes grafológicos han establecido que la firma en el urinario coincide con la letra manuscrita de la baronesa.

Cabe mencionar que materialmente es imposible comprobar estas u otras hipótesis, pues la pieza original de Fountain se perdió o fue destruida. Curiosamente, su influencia se basó en una fotografía también célebre y ampliamente apreciada que realizó Alfred Stieglitz al poco tiempo de que Duchamp llevara el urinario ante la Sociedad de Artistas Independientes. Para 1935, André Breton adjudicó la autoría de la pieza a Duchamp y en 1950, 4 años después de la muerte de Freytag-Loringhoven, el francés comenzó a autorizar en nombre propio reproducciones de la obra.

Marcel Duchamp, Fountain, 1917, fotografía de Alfred Stieglitz tomada en la galería de arte 291

En un artículo reciente en el que Siri Hustvedt hace el recuento de esta historia de equívocos, la escritora utiliza este posible robo por parte de Duchamp para preguntarse por qué en general nos cuesta tanto admitir la autoridad intelectual y creativa de las mujeres en campos como el arte y la literatura. Hustvedt señala, justificadamente, que al enfrentarnos con una obra de arte tendemos a concederle mayor valor cuando nos enteramos de que su autor es un hombre y, en cambio, cuando sabemos que su autora fue mujer, la subestimamos. 

Se trata de un prejuicio que forma parte de nuestra percepción, nos dice la escritora, pues en buena medida es efecto de la cultura en la que vivimos. Con todo, ello no significa que debamos dejarlo así, inamovible, sino más bien, como todo prejuicio, es necesario hacerlo consciente y preguntarnos si el cristal que impone sobre nuestra mirada es el correcto. ¿De verdad una obra vale menos por el solo hecho de haber sido realizada por una mujer? ¿De verdad una mujer no pudo ser la autora de una pieza que revolucionó el arte moderno? ¿De verdad es preferible ver las cosas bajo el prejuicio del engaño y la farsa?

Es momento de reescribir la historia, dice Hustvedt, y al menos en el caso del arte parece haber elementos más que suficientes para emprender esa tarea.

 

También en Pijama Surf: ¿Las mujeres no tienen creatividad científica? El ‘efecto Matilda’ lo explica